Un director de fotografía ciego, una paradoja cinematográfica hecha realidad
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GABOR BENE DEMUESTRA QUE PUEDE RODAR SIENDO CIEGO

Un director de fotografía ciego, una paradoja cinematográfica hecha realidad

Este cineasta perdió la vista hace diez años, a pesar de ello ha vuelto a trabajar en el mundo del séptimo arte valiéndose de sus conocimientos y recuerdos

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El director de fotografía Gabor, marcando un encuadre

Igual que un artesano trabaja con sus manos, o un futbolista se sirve de sus pies, los directores de fotografía utilizan sus ojos como herramienta de trabajo. Un arma fundamental para poder decidir qué tipo de iluminación quiere para determinada escena y qué encuadre o qué lente necesita. Estos profesionales son valorados por el resultado estético de su trabajo, es decir lo que el espectador percibe finalmente con su mirada. Por tanto hablar de un director de fotografía ciego es tal paradoja que parece sacada de una leyenda urbana. Sin embargo nada más alejado de la realidad. Es la historia de Gabor Bene, húngaro de nacimiento y español de adopción, que en 2001 fue diagnosticado de glaucoma y perdiendo gradualmente la vista.

Gabor nació en Budapest en 1953. Su padre, fotógrafo de profesión, le enseñó a trabajar la luz, algo que ha sido fundamental en su vida. Cuando tenía 18 años se escapó de Hungría falsificando su pasaporte y tras largas estancias en Alemania y Praga, vuelve a Budapest para estudiar cine. Finalmente, y casi por azar, recae en Madrid, donde decide asentarse.

Durante muchos años trabaja sobre todo como director de fotografía en televisión y novelas hasta que una infección en el Amazonas hizo que perdiera la visión. En ese momento no se retira del todo del mundo del cine, pero comprende que no puede ser el responsable final del apartado visual de una película sin poder ver. Por ello se dedica al alquiler de cámaras y lentes para el mundo del séptimo arte a la vez que aconseja sobre su uso. Sin embargo, desde que comienza su ceguera Gabor comienza a desarrollar una memoria visual y una capacidad de recordar encuadres e iluminaciones de todas las películas que ha visto que hacen que su mente se haya convertido en una biblioteca con posibles recursos para fotografiar cualquier tipo de escenas.

El destino quiso que la historia de Gabor se cruzara con la de Sebastián Alfie, un director argentino que recibe el encargo de una ONG para rodar un cortometraje sobre la ceguera en Bolivia. Todavía no sabía qué quería contar, pero acude a su local para alquilar un tipo de cámara que solo Gabor poseía. Al conocer su caso, hablar con él y descubrir la increíble capacidad visual que el antiguo director de fotografía todavía poseía, Alfie decide que es el momento de demostrar que una persona ciega todavía puede trabajar en el mundo del cine.

Le ofrece en ese momento encargarse de la iluminación principal de su cortometraje, mientras que paralelamente él rodará un documental sobre el proceso de rodaje de esta misión imposible. El propio director reconoce que muchas veces estuvo a punto de decir a Gabor que se arrepentía, pero en esos momentos descubría como este era capaz de enfocar con su cámara sólo sabiendo la distancia a la que se encontraba el objeto que querían rodar.

Para que Gabor volviera a participar en una película había un elemento clave, como cuenta a El Confidencial el realizador de la película, Sebastián Alfie, la confianza “Yo tenía que confiar en que Gabor, sin ver la localización y con mis indicaciones me dijera qué quería, cómo lo quería y realizarlo, y él tenía que confiar plenamente en que el resultado final era el que él había imaginado, ya que obviamente el chequeo final de la escena no puede realizarlo”.

El documental que ahora se ha podido disfrutar en la Semana Internacional de Cine de Valladolid muestra como Alfie recurre a la plastilina para realizar improvisados planos de los sitios donde iban a rodar y Gabor indicaba dónde quería la cámara, si quería utilizar la luz de la ventana o no y otras indicaciones que hacen que parezca que el fotógrafo se encuentra en plenas facultades para hacerlo. A pesar de la capacidad de imaginar espacios, luces y situaciones esta película también muestra las complicaciones que surgen de esta peculiar y arriesgada asociación, aunque finalmente las imágenes que Gabor consigue siempre satisfacen a su equipo.

Una vida llena de superación personal que demuestra que no hay imposibles cuando existe pasión por lo que se hace. Este director de fotografía, que pensó que su ceguera sería el fin de su carrera profesional ha conseguido unas metas que parecían inalcanzables. Y es que como el propio Gabor cuenta a este periódico no sabe hacer otra cosa en su vida, el cine ha sido su trabajo y su pasión y por eso sigue vinculado al mundo del séptimo arte "Yo obtengo un placer físico rodando, estoy unido físicamente a la cámara, al aparato, para mí es un placer sensorial". El cineasta entiende que la gente vea raro el que una persona invidente sea la encargada del aspecto visual de una película, pero también tiene un respuesta para eso "Hollywood está lleno de ciegos y entiendo que existe un atractivo en este contraste entre dirección de fotografía y que sea ciego. Me gusta ese factor de provocación".

La historia de Gabor es la mejor muestra que como bien decía la frase de La Tempestad utilizada por John Huston en El halcón maltés, el cine está hecho del material con el que se hacen los sueños.

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