La hipótesis de la tata: ¿y si las abuelas salvaron a la especie humana de la extinción?
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La hipótesis de la tata: ¿y si las abuelas salvaron a la especie humana de la extinción?

El paleontólogo español de Atapuerca José Mª Bermúdez de Castro tiene nuevo y fascinante libro, 'Dioses y mendigos', del que ofrecemos a continuación un adelanto

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¿So las abuelas el secreto del éxito del homo sapiens? (EFE)

El incremento evolutivo del volumen del cerebro fue ciertamente muy rápido en las primeras fases de la evolución del género Homo, por lo que cabe preguntarse si ese proceso fue paralelo a las modificaciones en el desarrollo. Por supuesto, ya hemos visto que la duración total del crecimiento de Homo habilis era similar a la de los chimpancés. Pero algunos investigadores siguen porfiando en la idea de que su patrón de desarrollo no fue idéntico al de estos primates. Me explico. En las especies primigenias del género Homo se podría haber producido un acortamiento de la infancia y, por tanto, una reducción del tiempo de lactancia. De ser esto cierto, habría que reflexionar sobre las consecuencias de un destete precoz. La investigadora Gail Kennedy, de la Universidad de California, piensa que las crías de especies como Homo habilis tuvieron una infancia y una lactancia más cortas y habrían sobrevivido gracias a que sus miembros fueron capaces de conseguir alimentos más calóricos y digeribles para sus crías de corta edad. Esos alimentos, quizá procedentes de la caza y la pesca, habrían sido un complemento perfecto para la dieta de los individuos infantiles. Los nuevos alimentos habrían permitido un destete temprano y un incremento significativo del cerebro.

Por mi parte, prefiero pensar que el destete en Homo habilis tuvo una duración tan larga como en los chimpancés y que la infancia de esta especie fue tan prolongada como en estos primates. La niñez aún no habría aparecido, y Homo habilis fue en realidad un primate bípedo de cabeza algo más grande que la de los australopitecos. Pero no mucho más. El crecimiento del cerebro puede explicarse de una forma diferente, simplemente con cambios en los genes que determinan la evolución del tamaño de este órgano, sin necesidad de modificar el desarrollo. Lo veremos más adelante.

[Esto es un avance editorial del libro 'Dioses y mendigos. La gran odisea de la evolución humana', de José María Bermúdez de Castro, que publicará Crítica el 24 de marzo]

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'Dioses y mendigos' (Crítica)

Si para Gail Kennedy el principio del éxito del género Homo pudo tener relación con la posibilidad de que las madres ofrecieran a sus crías alimentos adecuados para conseguir un destete prematuro y tener más descendientes, James F. O’Connell piensa que las hembras tuvieron un papel esencial en la continuidad de nuestro progreso evolutivo. En la actualidad, O’Connell es profesor emérito de la Univeridad de Utah, en Estados Unidos, y sus teorías provocadoras han tenido mucha repercusión en el pensamiento de los estudiosos de nuestros orígenes. Para este investigador, el papel de los machos cazadores fue secundario en el éxito del género Homo. A O’Connell no le importa tanto la posibilidad de que fuéramos desde el principio notables cazadores o miserables carroñeros a la búsqueda de un poco de carne en cadáveres matados por depredadores. O’Connell considera que el papel de las hembras fue mucho más importante en la alimentación de las crías, puesto que la mayor parte de las calorías diarias procederían de la recolección de todo tipo de alimentos tanto de origen animal (huevos, pequeños vertebrados, etc.) como vegetal (frutos, raíces, tubérculos comestibles, etc.). Este veterano científico sabe de lo que habla, porque tiene mucha experiencia en el conocimiento de los cazadores-recolectores que aún persisten en la actualidad. Ciertamente, la caza de un animal de tamaño mediano o grande no es tan habitual en estos grupos, que sobreviven, sobre todo, gracias a la recolección de recursos menos peligrosos. En ese sentido, estoy de acuerdo con él, aunque no podemos viajar en el tiempo para saber cómo se las arreglaban aquellos humanos del Pleistoceno Inferior.

La selección natural habría favorecido a las hembras con mayores expectativas de vida

Pero O’Connell llega más allá en su pensamiento sobre las sociedades del pasado. Para él, la selección natural habría favorecido a las hembras con mayores expectativas de vida o, lo que es lo mismo, habría posibilitado la existencia de una vida posmenopaúsica. Puesto que en las especies más tempranas del género Homo, como Homo habilis, Homo ergaster y Homo erectus la primera gestación podía suceder hacia los trece o catorce años de manera habitual, las hembras que consiguieran sobrevivir durante más tiempo habrían llegado a ser abuelas hacia los treinta años. Las abuelas «erectus», como las llama O’Connell, se habrían encargado no solo de ser buenas recolectoras, sino de ser buenas cuidadoras de las crías de sus hijas o quizá de las de otros parientes. De ese modo, las hembras jóvenes habrían tenido tiempo de ocuparse mejor de sus vástagos lactantes, mejorando de este modo el éxito reproductor del grupo y, por ende, el de la totalidad de la especie. Esta reflexión de O’Connell es lo que se ha denominado «la hipótesis de la abuela». Si las hembras podían llegar a tener una vida posmenopáusica, las especies de Homo habrían tenido una ventaja indudable. Aquellas abuelas, tan jóvenes para nuestro modo de entender la vida en la actualidad, habrían posibilitado que las mujeres de menos edad pudieran tener tiempo para criar con más tranquilidad a un mayor número de descendientes. Este sería el origen primigenio de la vida posmenopáusica, tan común en las poblaciones recientes.

Las ideas de Kennedy y O’Connell son muy interesantes, pero no dejan de ser especulaciones mientras no puedan ser contrastadas de manera fehaciente. En mi opinión y como dije antes, la niñez se ha desarrollado en épocas más tardías de nuestra evolución. Quizá es aventurado afirmar que la niñez es una etapa exclusiva de nuestra especie, pero son necesarias investigaciones adicionales para saber cuándo sucedió un cambio tan importante para el devenir de la humanidad. Faltan evidencias y datos que refuten o soporten el inicio de esta etapa del desarrollo en épocas tan tempranas.

El cuidado a los más pequeños habría sido una labor de todo el grupo

Por otro lado, O’Connell emplea el método del actualismo, que consiste en proyectar hacia el pasado lo que conocemos de la época actual. En sí mismo, el actualismo no es un método ortodoxo para apoyar o refutar una hipótesis, sino una manera interesante y válida para aproximarse a un problema. Pero no para resolverlo. Por ejemplo, encontramos un fallo muy evidente en la hipótesis de la abuela. O’Connell se olvida de que una hembra de la especie Homo erectus todavía podía ser madre a los treinta o treinta y cinco años. Aunque esas hembras llegaran a ser abuelas, se habrían tenido que ocupar de sus propias crías y no tendrían tiempo para ocuparse de las de sus hijas. En mi opinión, el cuidado a los más pequeños habría sido una labor de todo el grupo y no solo de las posibles abuelas. Además, la propuesta de O’Connell tendría forzosamente que contemplar la posibilidad de que un número relativamente elevado de hembras de aquellas especies del Pleistoceno alcanzaran y superaran con bastante holgura los cuarenta años, cuando decaía la capacidad de sus posibilidades reproductoras.

Es entonces cuando tenemos que preguntarnos por la longevidad de nuestros ancestros. Parece una pregunta necesaria antes de proponer hipótesis como la de O’Connell. Si utilizamos a los chimpancés como referencia, no tenemos reparos en aceptar que la longevidad de las primeras especies del género Homo pudo llegar a los cuarenta años, o quizá a los cincuenta años en las más recientes. Pero ¿cuántos individuos alcanzaban esas edades? Cuando se examina el registro fósil, solemos encontrarnos con restos de individuos jóvenes que no llegaban a los treinta años de vida. ¿Se trata de un sesgo del registro fósil?, ¿o quizá los humanos de aquellos períodos solían fallecer antes de cumplir esa edad? En realidad, se trata de una cuestión probabilística.

Sin duda, algunos individuos alcanzaban edades más avanzadas. Pero su número era tan reducido que la probabilidad de encontrar sus restos fosilizados en un yacimiento es muy baja.

Si el registro fósil no nos engaña, la probabilidad de llegar a ser abuela o abuelo en el Pleistoceno Inferior era mínima y, en todo caso, los posibles abuelos no disfrutaban durante mucho tiempo de sus nietos. Tampoco parece que esa probabilidad fuera mucho mayor en ninguna de las especies conocidas del Pleistoceno Medio. Así que la interesante hipótesis de O’Connell podría aplicarse a épocas mucho más recientes del Holoceno, cuando los humanos pudimos pasar con cierta holgura la barrera de los cincuenta años. En la actualidad, las mal llamadas clases pasivas pueden cumplir un papel esencial en el mantenimiento de las sociedades, porque en muchas ocasiones pueden hacerse cargo de sus nietos y permitir que el talento de las mujeres pueda desarrollarse. Pero no soy partidario de extrapolar ese modelo al Pleistoceno.

*José Mª Bermúdez de Castro es doctor en Biología por la Universidad Complutense de Madrid, donde fue profesor titular de Paleontología. Es profesor de investigación del CSIC, y desde 1991 co-director de las excavaciones de la sierra de Atapuerca. Dirigió el Centro Nacional de Investigación sobre Evolución Humana desde su fundación hasta 2012. Posee una amplia trayectoria en divulgación de la ciencia. Ha recibido, entre otros, el Premio Príncipe de Asturias de Investigación Científica y Técnica y es Doctor Honoris Causa por la Universidad de Burgos.

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