Elizabeth Duval: "El obrero racista y machista merece que la izquierda no lo demonice"
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Elizabeth Duval: "El obrero racista y machista merece que la izquierda no lo demonice"

La joven de 19 años con una voz poderosa y genuina publica 'Después de lo trans' y consagra una carrera literaria y ensayística que ya está dando, con justicia, mucho que hablar

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Elizabeth Duval. (Hannah Waheed)

Elizabeth Duval es famosa. Con apenas 19 años ya había publicado dos libros, 'Reina' y 'Excepción', y se la paseaba de la Zeca a la Meca, de la tele al 'couché', sin haber terminado siquiera la carrera. Su condición de mujer trans y su carisma despertaba admiraciones y también suspicacias. Por ejemplo, las mías. ¿Se la promocionaba por su talento o por los otros parámetros, banales y extraliterarios? ¿Era otro muñeco de moda para una época que idolatra la juventud y a los oprimidos de la tierra? Bien, después de leer su obra tengo una respuesta, y debo presentar mis respetos. No ante una persona trans, no ante una joven autora, sino ante algo más raro: un talento literario descomunal y una mente heterodoxa.

Duval rompe los esquemas y desafía los prejuicios del lector más hosco ante los éxitos demasiado tempranos. No ha cumplido los 21 y publica su tercer libro, 'Después de lo trans' (La Caja Books), que es un ensayo de complejidad endiablada que penetra hasta la cocina del meollo de lo trans, y consigue despertar el interés en un lector tan poco proclive a la escolástica de género como yo. Su valor no radica solo en los temas o la flexibilidad con que la autora maneja conceptos complicados, puesto que esto se puede encontrar en textos cadavéricos escritos desde la absoluta mediocridad estilística, sino en el pulso literario que se adivina a cada párrafo.

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'Después de lo trans'.

Duval tiene una voz poderosa y genuina, y 'Después de lo trans' consagra una carrera literaria y ensayística que ya está dando, con justicia, mucho que hablar.

PREGUNTA. ¿En qué medida has escrito un libro con vocación polémica, con vocación académica y con vocación pedagógica?

RESPUESTA. La vocación pedagógica se va construyendo a medida que empiezo a escribir. No está en el origen del texto, pero me doy cuenta de que, para que un libro así tenga algún tipo de éxito más allá de los círculos de enterados, no se pueden dar los conceptos por sabidos. Lo segundo es que, para que un ensayo así de denso funcione, sí que ha de contener un componente polémico, pero no por epatar, sino porque los temas que trato son polémicos en sí, y yo digo lo que pienso, y creo que hay que poner en cuestión muchas ideas preconcebidas. Respecto a la vocación académica es difícil porque, sobre todo en relación con el feminismo filosófico español, en los espacios académicos se han abierto muy poco las ventanas y huele a cerrado.

En el feminismo filosófico español se han abierto poco las ventanas y huele a cerrado

P. He notado también una vocación más explícita: la de liberarte de las cadenas de tu identidad de grupo, ya desde esa frase del arranque: “Estoy hasta el coño de lo trans”.

R. Esto viene porque el año pasado, cuando publicaba libros que no tenían nada que ver con el tema trans, al final los titulares o lo que te acaban preguntando era sí tenía que ver con ello, debido al peso de lo identitario. Por ejemplo, concedí una entrevista con un medio catalán sobre 'Excepción', que es un poemario que habla de las manifestaciones en Cataluña, y titularon con “el género no se abolirá”. Joder, ¡sois un medio catalán y escribo sobre lo que sucede en Barcelona, pero lo que os interesa es lo trans! Así que mi intención es sacar este libro, decir lo que tengo que decir sobre el tema, dar este periodo de 2021 para hablar de ello, y luego referir a quien me pregunte en el futuro a este libro y a estas entrevistas. Me parece la única salida posible...

P. Son tenaces los guetos.

R. Estos espacios identitarios acaban construyendo microguetos editoriales de autoconsumo. La gente que consume textos de esa temática específica pertenece a estas identidades y forma un gueto cultural. Citando a Pasolini, yo digo que esto desemboca en un gueto mental. Algunas personas que forman parte de ello acaban instalándose muy cómodamente en su posición, porque se les da espacio y dinero si hablan de este tema, y no si hablan de otros. Los dos culpables son el mercado, que requiere que se creen nichos para ciertos temas con sus propias dinámicas mercadotécnicas, y luego lo que llamo la posición identitaria en el discurso.

placeholder Elizabeth Duval.
Elizabeth Duval.

P. De eso que dices se quejan muchas autoras. Por ejemplo a Sabina Urraca la he oído decir que tenía la impresión de que la invitan a sitios por ser mujer joven, y no por el contenido de su obra, y que se la lee desde este parámetro restringido. Digamos que no puede entrar al torrente de lo universal, al que sí accedemos automáticamente los hombres.

R. Sí, pero ese supuesto “universal” es otro gueto. Piensa en Houellebecq: un hombre blanco, insatisfecho. Esto al fin y al cabo es otra identidad. Pero se hace pasar por el punto de vista universal, porque es lo que hemos bebido en el canon literario, que nos instruye y según el cual nos formamos, y que hace que la posición de la subjetividad masculina parezca de repente universal. Así, se establece una diferencia, más mercadotécnica y mediática que otra cosa, entre el ensayo masculino y el femenino. Se supone que el masculino tiene la objetividad y está menos intervenido por la vida del autor, mientras que el femenino tiene que ver con lo confesional, con lo memorialístico, la sensibilidad y la experiencia propia. Es una dicotomía que no me interesa, y contra la que me rebelo.

Tendrían que llamarme “activista fumadora”: fumo más de lo que hablo de lo trans

P. A mí, de hecho, me interesa más cuando hablas de impuestos que cuando discutes con Paul B. Preciado sobre el ano. Pero tienes razón en lo de los medios. A ver luego qué titular te pongo, ¿no? ¿Te titularé como activista trans o como pensadora?

R. A mí, de todas maneras, tendrían que llamarme “pasivista”, porque activismo no hago nada, ni formo parte de ninguna organización. Alguna vez he bromeado con que tendrían que llamarme “activista fumadora” por el mero hecho de fumar: fumo más de lo que hablo de lo trans. Pero, claro, los medios funcionan como funcionan, y ninguno escapa a la lógica de qué es lo que va a dar los clics.

P. Bueno, dado que ahora sí que has escrito sobre lo trans, vamos a por ello. En algunos textos de Paul B. Preciado, y en otros como 'Regina & Celeste: una correspondencia' (La uña rota), las disquisiciones sobre el género me recuerdan a la poesía de vanguardia. Una vanguardia hecha no tanto con el combustible de la palabra, sino con la 'performance' del propio cuerpo. ¿Crees que hay alguna relación entre movimientos como lo trans o lo 'queer' y una vanguardia literaria?

R. Esos movimientos, en particular lo 'queer', se han acercado mucho a la estética y a los desarrollos del arte contemporáneo. Muchas de esas ideas filosóficas tienen primero un recorrido en el arte y más tarde entran en la política. Creo que es sano concebir muchas de las cosas que Paul B. Preciado dice o escribe, aunque él las haga pasar como manifiestos políticos emancipadores, como un conjunto de prácticas estéticas. Básicamente, porque a nivel político no se sostienen. Creo que eso se ve muy claro en el caso de 'Regina & Celeste', porque Regina y Celeste son, las dos, personas vinculadas al mundo del arte, y porque su intercambio es claramente una cuestión artística. El activismo 'queer' comete un error al asimilar prácticas de vanguardia artística con lo político. Una cosa son los proyectos artísticos y otra cosa es lo que vive la gente en su día a día, y creo que intentar confundir estas esferas no tiene sentido.

P. En la confusión entre lo estético, lo político y lo identitario hay algo que me preocupa. Es el hecho de que algo como el movimiento trans pueda funcionar como una tribu urbana. ¿Dirías que está ocurriendo algo así?

R. Más allá de eso. El transfeminismo en España no consiste en una práctica del feminismo elaborada por personas trans, sino, sobre todo, en una reformulación de términos feministas hecha por gente de la teoría 'queer'. Es algo que yo critico. El transfeminismo no se ocupa de la realidad de las personas trans, sino de estas cuestiones más estéticas que decíamos antes, que a mí me parecen muy ridículas. “Libera tu ano para abrir tu mente”, esas cosas. Claro, estos proyectos no tienen una manera real de realizarse, sino que son ideas que tú lanzas al viento, y hay una especie de conversión, sobre todo 'queer', en los términos de tribu urbana, porque crea un sentimiento de pertenencia. La gente tiene necesidad de lealtad y la pueden encontrar ahí. Pero una de las cosas que me parecen un mayor sinsentido en los debates actuales son precisamente esas equiparaciones de lo trans a la teoría 'queer', que incluso son relanzadas desde sectores trans. Comenté en un momento dado que no hay que hacer una defensa de lo trans desde su componente revolucionario, sino como algo que sucede a ciertos individuos y a lo que la sociedad debe dar una respuesta.

No hay que hacer una defensa de lo trans desde su componente revolucionario

P. Pregunto lo de la tribu urbana porque dijiste que te parecía tránsfobo el libro de Abigail Shier, 'Irreversible Damage', que cuenta la historia de chicas que se vieron seducidas por el magnetismo del movimiento trans en Reino Unido, se sometieron al tratamiento hormonal irreversible y luego se arrepintieron. Me gustaría que desarrollaras por qué te parece tránsfobo este libro y preguntarte además si esta confusión, que puede darse, es algo que te preocupa.

R. Hay algunos problemas fundamentales en ese libro. Plantea que no se presta suficiente atención a las preocupaciones de los padres y demasiada a la comunidad científica. En ese sentido, entra en una corriente conspiranoica. Pero creo que, si hablamos del tema de fondo, el discurso sobre lo trans sí que debe incorporar el análisis de cómo aumenta el número de personas trans en los últimos años. A mí es algo que me parece algo natural si se empiezan a visibilizar existencias. Pero también deberíamos hablar de la gente que, por algún motivo, “detransiciona”. Desde el discurso de lo trans no se ha insistido suficiente en esto. Pienso en Keira Bell (una mujer que ha ganado una demanda contra el hospital público británico que le proporcionó el tratamiento hormonal a los 16 años, del que se arrepintió más tarde). Ella dice en entrevistas que uno de los motivos por los que hizo esa detransición fue la transfobia social y el discurso del feminismo radical transexcluyente, que también funciona como una tribu urbana.

P. No solo el feminismo transexcluyente plantea esta cuestión.

R. Desde luego. La detransición es algo que puede suceder, a lo que hay que ofrecer respuesta y también un acompañamiento. Pero hay que establecer una distinción entre aquellas personas que se aproximan a lo trans desde el miedo o el odio, y aquellas que puedan hacerlo desde la duda y la incerteza, o desde la reticencia. El discurso que hemos visto recientemente sobre el uso de cuartos de baño es, por ejemplo, un falso dilema que viene del miedo. La realidad no funciona así, no es por lo que ponga en tu DNI que vas a entrar en un baño o en otro. Son discursos que parten de un pavor y de la demonización de todo hombre como potencial violador. Pues bien, pienso que a esos discursos hay que ofrecerles también cierta empatía. El miedo expresa una vulnerabilidad.

P. En eso se suele poner poco énfasis. A veces, el discurso de las feministas radicales es atacado como tránsfobo, pero más bien parece responder a la misandría, un pavor no a la mujer trans de verdad, sino a ese malvado hombre que se disfraza de mujer para entrar a un baño a violar a las mujeres...

R. Hay un discurso que cala y que provoca efectos adversos. Veía ayer un tuit especialmente bárbaro, de un hombre que decía que, estadísticamente, era muy probable que él acabara matando a su mujer, o maltratándola, o violándola. Creo que una cosa son los datos estadísticos y otra el engranaje del miedo, que va más allá de deconstruir posibles conductas machistas para acabar formando esta idea de que todo hombre es un potencial agresor. Esto es contraproducente. Nos encontramos en una sociedad en la que tenemos que convivir. La demonización del otro es una herramienta muy peligrosa.

Tenemos que convivir. La demonización del otro es una herramienta muy peligrosa

P. Volviendo al miedo real, o al asco que algunas personas tienen hacia la gente trans pienso, con Arnold Van Gennep, que el trans es la figura liminar por excelencia: recibe la marginación, como el inmigrante, por haber atravesado una frontera prohibida. Es un poco como el vampiro, que es tabú por haber atravesado las fronteras de la vida y la muerte. ¿Qué peso crees que tiene este sustrato antropológico?

R. Para mí está muy claro en declaraciones como las de Carmen Calvo, que decía que el hecho de que unas pocas personas pudieran elegir su género iba a poner en cuestión la identidad de 47 millones de españoles. Ante el encuentro con las identidades liminares, hay un tambalearse extraño de la identidad propia y de las certezas. Desde luego que esto está presente, sobre todo ante las personas trans que empezaron su tránsito más mayores, aquellas que no pueden ocultarlo. Sin embargo, creo que las personas que empiezan su transición más jóvenes son diferentes y causan menos reacción, menos pavor. En este sentido, creo que es un error agrupar a todo el colectivo de la misma forma. Cuando se habla, por ejemplo, de cuotas para gente trans, ¿a quiénes nos referimos? Porque hay grandes diferencias entre nosotras. A veces en la asimilación se está ocultando al segmento más machacado, a personas vinculadas al mundo de la prostitución y la marginalidad, a la mendicidad, incluso.

P. Dices que tú eres una mujer trans privilegiada comparándote con esas viejas mujeres trans que han tenido una vida miserable. Con esto rompes una regla de oro del identitarismo, y renuncias a equipararte con la víctima. ¿Tienes calculadas las consecuencias?

R. Es una posición un poco vertiginosa. Va a salir un anticipo del libro, precisamente el capítulo tercero, donde discuto la estadística (falsa) que dice que el 80% de las personas trans están en paro. Y es un poco difícil prever cómo va a ser recibido. En este tipo de debates, si entras a cuestionar algo que se entiende como sagrado, eres acusada de cuestionarlo todo. Pero esa estadística del 80% sale de un estudio sobre 33 mujeres trans de Barcelona, de las que un 40% eran migrantes. No es una muestra nada representativa. Sin embargo, usan esta estadística para elevar el discurso de la víctima. Esas voladuras son muy difíciles. Quiero que se comprenda que la mía es una crítica que no implica otros cuestionamientos. No necesitamos datos falsos ni discursos victimistas para defender lo que es justo. No es necesario decir que el 80% de las personas trans están en situación de exclusión social o no tienen acceso a un trabajo, no es necesario mentir. Estaríamos mejor sin usar datos sesgados.

No necesitamos datos falsos ni discursos victimistas para defender lo que es justo

P. Respecto a la esclavitud de las identidades, a veces me gusta preguntarme cómo hubiera sido hoy la vida de Freddie Mercury, por ejemplo: gay, miembro de una minoría étnica, se convirtió, sin embargo, en lo que hoy se llamaría un emblema de la cultura imperial. No estuvo limitado por sus identidades pequeñas. ¿Crees que lo tendría más difícil hoy día?

R. Lo realmente difícil de salir del discurso identitario es que, si no estás todo el rato promocionando tu diferencia, ese discurso también corre el peligro de convertirse en otro identitarismo. Porque lo identitario no es solamente que te etiqueten como tal, sino que te etiqueten en contra. Estamos hablando de etiquetas, y de posiciones mercadotécnicas recuperadas por intereses particulares. A esto es muy difícil sustraerse. Creo, no obstante, que sigue siendo posible hacer cosas más allá de esos etiquetajes, aunque desde una posición menos cómoda.

P. David Chappelle comparaba en un chiste al movimiento LGTBQ con un coche donde las cuatro letras se llevan regular, y para colmo recogen a la Q haciendo autostop. Venía a decir que es un colectivo inestable, de identidades que no tienen mucho que ver.

R. La vinculación de lo trans al movimiento LGTB se debe a una cuestión histórica, hay luchas comunes. No hay nada que vincule lo trans al resto, que son orientaciones sexuales. En un momento dado, la lucha los une.

P. Bien, pasemos ahora a otro colectivo inestable: la izquierda. En tu libro criticas a Daniel Bernabé y “La trampa de la diversidad” porque lo acusas de “fetichismo de lo material”. ¿Podrías explicar a qué te refieres?

R. Estoy de acuerdo en que las condiciones económicas priman, porque todas las identidades discriminadas están bajo una misma estructura económica. En lo que me distancio de Bernabé es este fetichismo de lo material que está presente en cierta izquierda y también en la reacción transexcluyente. Es una bastardización de lo material, donde ya no hablamos de las condiciones económicas, sino de todo aquello que yo veo, todo aquello que yo puedo tocar. En esto también cae la izquierda cultural. Yo cito, por ejemplo, a Alana Portero, que habla de lo trans como realidad material. Para mí es un discurso que no tiene sentido.

P. Tampoco te gusta el obrerismo de Bernabé.

R. Es otro fetiche, el de la clase social. Cae en eso que critica Richard Rorty: creer que, porque a los obreros se les hable de sus condiciones materiales, ellos van a responder y la izquierda va a lograr su éxito. Yo creo que esas fantasías no tienen sentido, porque a los trabajadores les importan muchas cosas más, aparte de la cuestión material. No se explican los resultados en Cataluña si a los trabajadores no les importase España, por ejemplo. Es cierto que hay que construir una especie de lealtad superior donde sí que puedan identificarse, y no dividirse, los colectivos a los que apela la izquierda. Y creo que la izquierda suele caer en esa cosa mesiánica de decir al trabajador cómo tiene que pensar. En ese sentido sí comparto parte de la crítica que hace Bernabé. De hecho, yo digo en mi ensayo que el obrero misógino, racista y machista merece que la izquierda trabaje para él y no lo demonice.

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