Clase alta, familia sospechosa: el retrato robot del criminal mediático
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Clase alta, familia sospechosa: el retrato robot del criminal mediático

La serie documental 'Carmel. ¿Quién mató a María Marta?', estrenada en Netflix, muestra todas las características que convierten a un crimen en objetivo de prensa y audiencias

Foto: María Marta y su marido en un fotograma de 'Carmel. ¿Quién mató a María Marta García Belsunce?'
María Marta y su marido en un fotograma de 'Carmel. ¿Quién mató a María Marta García Belsunce?'

Todos los crímenes mediáticos son parecidos, al igual que todas las novelas de Agatha Christie suelen tener un argumento similar. Y no por ello dejó de ser una bestseller. Un lugar cerrado, sospechosos que se encuentran en el círculo cercano a la víctima, habitualmente mujer y de una clase social alta que también suele tener otros trapos sucios. Todas estas características son las que llenan minutos en los informativos y programas matinales y en los periódicos. Esto es lo que ocurrió en el crimen de María Marta García Belsunce, en Buenos Aires, en 2002, que se convirtió en el mayor crimen mediático de Argentina de las últimas décadas. La historia se ha exportado a todo el mundo ahora gracias a ‘Carmel’, una miniserie documental al estilo de la exitosa fórmula del true crime estrenada en Netflix.

“En su momento estuve muy pendiente como todo el mundo en Argentina. Yo estaba escribiendo ‘Las viudas de los jueves’ y estaba a punto de terminar la novela. Esa historia es también un crimen en un barrio cerrado o country. Yo asistía al taller de Guillermo Saccomanno y le dije: “Voy a abandonar esta novela porque todo van a pensar que la escribí por lo que pasó con María Marta G. Belsunce”. Éll me respondió. “De ninguna manera, vos termina esta novela, y vas a ver que va a ser publicada y leída y aún entonces no sabremos quién la mató”. Y así fue”, cuenta la escritora argentina Claudia Piñeiro a El Confidencial. Ella también participa en la serie otorgando algunos análisis más literarios, al igual que el escritor Guillermo Martínez.

Como si fuera una novela

Porque el crimen se puede explicar como si fuera el argumento de una novela policiaca de gran éxito. Eso sí, al contrario de lo que sucede con las novelas aquí no hay todavía, casi veinte años después, una solución.

Todo empieza el 27 de octubre de 2002 cuando María Marta García Belsunce, una socióloga de familia bien que dedicaba su tiempo a las causas sociales, que vivía en un country -urbanizaciones cerradas que se hicieron muy populares en Argentina a finales de los noventa para salvaguardar la privacidad de las clases adineradas- con su marido, Carlos Carrascosa -un agente de bolsa que se hizo rico y dejó de trabajar a los 50 años- apareció muerta y con la cabeza ensangrentada en el baño de su casa. Fue su marido quien la encontró y, en un principio, se achacó a un accidente: se había tropezado y se había dado un golpe contra el grifo de la bañera. Sin embargo, las cosas no habían hecho más que empezar a ponerse peor. Sobre todo para el marido, el cuñado y la medio hermana de la víctima que fueron los primeros que acudieron a la escena del accidente (o del crimen).

En un principio se achacó a un accidente: se había tropezado y se había dado un golpe contra el grifo de la bañera

La muerte de María Marta se conoció enseguida, puesto que su hermano Horacio tenía un programa de televisión y ella acudía de vez en cuando. El hermano dio la noticia y las primeras semanas fueron un lamento por la muerte. Pero algo no cuadraba. Un fiscal amigo de la familia comentó a otro colega - a la postre el conocido fiscal Diego Molina Pico- que la escena de la muerte era extraña, estaba todo demasiado limpio. Además, otro medio hermano de la fallecida había comentado que encontró un “pituto” -una referencia bastante vaga, como llamar ‘cosa’ a algo, pero una palabra que se hizo célebre después en la prensa- debajo de la cabeza de la víctima. Así, un mes después del entierro, Molina Pico encargaría una autopsia de María Marta (que se debería haber hecho antes al no haber sido una muerte natural). La sorpresa fue mayúscula: tenía cinco balas alojadas en su cráneo y el “pituto” no era otra cosa que la sexta bala, que había rebotado en la cabeza. Según la pistola utilizada, quien lo hubiera hecho había descargado todo el cargador. Por supuesto, la teoría del accidente se disolvió como un azucarillo para la familia, el fiscal y, sobre todo, la prensa.

El show de la prensa

Porque en ese momento se convirtió en omnipresente en los diarios, las radios y las televisiones. Como se detalla en el documental, en el que también participan periodistas de sucesos que siguieron el crimen, durante los siguientes meses -hasta el juicio y después- ocupó la portada de todos los periódicos, no solo los sensacionalistas, como La Nación y Clarín, “hubiera noticia o no”, dice un periodista en un determinado momento. El caso tenía todos los ingredientes para resultar un cebo fantástico para la audiencia: quién había matado a María Marta, había sido alguien de fuera o la familia estaba implicada? No hay que irse muy lejos: en España tuvimos debates parecidos con el caso de Diana Quer y del niño Gabriel Cruz.

La escritora argentina Claudia Piñeiro (EFE)
La escritora argentina Claudia Piñeiro (EFE)

El crimen se había cometido en un entorno cerrado, un lugar privilegiado y en un momento en el que Argentina acababa de vivir el corralito y había dejado a tantísima gente empobrecida. Además, como puntualiza Claudia Piñeiro, “fue el primer hecho de violencia que se conoció perpetrado en un lugar como ese. Hasta ese momento mucha gente no sabía cómo se vivía en lugares así. Este crimen permitió correr la cortina y mirar”.

Fue el primer hecho de violencia que se conoció perpetrado en un lugar como ese. Hasta ese momento mucha gente no sabía cómo se vivía allí

Un crimen de gente rica era extraordinariamente jugoso. En aquellos tiempos y prácticamente en cualquier circunstancia. En España el asunto de la clase jugó su papel en la desaparición de Diana Quer. Y también lo hizo varias décadas atrás con el secuestro de la adolescente Anabel Segura en la privilegiada urbanización de La Moraleja, en Madrid. Los asesinatos de las personas de clase baja suelen importar bastante menos.

Piñeiro tiene varias hipótesis sobre por qué sucede esto: “Porque demuestra que el dinero no te garantiza estar a salvo de nada. Hipótesis dos: porque en barrios humildes la misma gente llama a los medios para contarle qué pasó y que los ayude a obtener la justicia que el Estado no les provee. En un mundo de mucho dinero lo que se intenta, a veces, es tapar algunas cuestiones que prefieren se mantengan “puertas adentro”.

Hubo un momento en el que parecíamos Dinastía. No se hablaba de otra cosa en Argentina

Esto ocurrió en este crimen donde poco a poco surgieron informaciones que señalaban que se había hecho un certificado de defunción “trucho” (falso), que se había impedido que llegara la policía a la urbanización, que no cuadraban las declaraciones de los familiares… El fiscal puso el foco sobre la familia como principal sospechosa -en primer línea, el marido, aunque en aquella época todavía no se hablaba de violencia de género y sí de crimen pasional en la prensa- y los medios también. “Hubo un momento en el que parecíamos Dinastía. No se hablaba de otra cosa en Argentina”, dice Horacio, uno de los hermanos, en el documental.

Informaciones falsas y polarización

Dentro de las informaciones reales, hubo también muchas falsedades. Y noticias sensacionalistas. Un programa hasta metió una medium en la casa del crimen para ver si captaba voces. Y por supuesto que las captó y salieron en el programa. Y como si se tratara de un partido de fútbol, la sociedad acabó totalmente polarizada entre los que creían que era la familia y los que pensaban que había sido el ratero de turno que pasaba por allí (la familia, obviamente, acusaba a un vecino que tenía “malas pintas” y había tenido problemas con la justicia).

La urbanización donde sucedió el crimen
La urbanización donde sucedió el crimen


Para Piñeiro resulta evidente que en estas cuestiones prima la audiencia. “Los medios detectan que estos asuntos “miden bien” y quieren estirarlos. A veces no hay nuevas informaciones y entonces recurren a escritores que argumentan o esbozan teorías. A mi me llegaron a pedir que fuera al juicio con peluca y anteojos y luego escribiera una crónica, algo que por supuesto no hice”, comenta no se sabe si con cierta sorna o tristeza.

A mi me llegaron a pedir que fuera al juicio con peluca y anteojos y luego escribiera una crónica, algo que por supuesto no hice

La serie documental, de solo cuatro episodios y que no se ve, sino que se engulle, hace un desarrollo por los 18 años, dos juicios, 13 personas acusadas, algunas condenadas, la mayoría absueltas, que ha durado el caso. Es como una novela policiaca, que a veces te lleva a pensar en determinados sospechosos y otras veces te gira hacia el otro lado, pero siempre estás pendiente. El espectador puede, incluso, otorgar determinadas características a todos los personajes. Solamente tiene ese final distinto al de las novelas. “Aún no se sabe quién la mató. Las instancias judiciales determinaron quién no. Pero no se siguieron otras líneas necesarias para determinar quién la mató y por qué. El policía literario honra esta pregunta, por lo general. La realidad, no”, zanja Piñeiro. Por eso, quizá, hay que volver a las novelas.

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