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Nos robaron la juventud: así enviaron a morir al Ebro a los 27.000 de la Quinta del Biberón

El periodista Víctor Amela recuerda a los niños y jóvenes caídos en uno de los episodios más tristes de la guerra civil española

Foto: La quinta del biberón
La quinta del biberón

El suelo que pisamos está empapado de sangre vertida sin sentido. Bajo los ministerios y el parlamento hay esqueletos, bajo la democracia y las leyes, bajo los derechos y los deberes: la paz es una carretera asfaltada con sangre, sudor y huesos pulverizados. En algunos lugares señalados de los mapas de nuestra geografía, los huesos incluso asoman como dientes de leche de la memoria. Es lo que ocurre de vez en cuando en los campos de almendros de las tierras altas del Ebro, provincia de Tarragona.

En estas tierras pasa a veces que, cuando los labradores remueven, desentierran un cráneo humano o un fémur o una falange de los antiguos combatientes de la Guerra Civil. Aquí dejaron la vida muchos jóvenes a los que nadie pudo enterrar, ni siquiera en fosas comunes, debido al fragor de la batalla. Cuando los payeses encuentran huesos saben qué hacer: los depositan con unas flores silvestres en el memorial de la batalla del Ebro de Las Camposillas, en La Fatarella, o en el de la quinta del biberón en lo alto de la cota 705 de la sierra de Pàndols.

Testimonios de los supervivientes

Acompaño al escritor Víctor Amela por estos parajes de la historia de España. Desde el monumento cúbico de la quinta del Biberón se aprecia hoy un paisaje boscoso de valles y riscos. Es una belleza que sobrecoge cuando el autor señala los puntos desde los que disparó hace ochenta años la artillería. En 'Nos robaron la juventud: memoria viva de la Quinta del Biberón', publicado en español y catalán por Plaza y Janés y Rosa dels Vents, ha recopilado sus entrevistas con los supervivientes de la batalla junto con las cartas y diarios confiados por los descendientes de los muertos.

Víctor Amela
Víctor Amela

Su libro hace pensar que la memoria histórica debería enfocarse de esta forma: no como un relato institucionalizado, sino como una medicina reparadora compuesta con voces humanas: un medicamento intelectual contra la amnesia, el odio y la manipulación. No un relato grabado en mármol con caracteres de mausoleo, sino la calidez viva de la voz. El libro de Amela recuerda a los de Svetlana Alexievich porque contiene los retazos de esa intrahistoria que definió Miguel de Unamuno. La que se opone a los titulares de la prensa y los manuales. La que cuenta las cargas de infantería no como un movimiento en un mapa, sino con el olor de los pantalones cagados por el pavor.

No me resisto a transcribir un fragmento recogido por Amela de las memorias, inéditas y garrapateadas en un cuaderno, por otro excombatiente, Enric Sanahuja. Se las confió al escritor su nieta Mónica, quien le dijo que el abuelo había apuntado todo eso para que su familia no olvidase: “Hacíamos apuestas con nuestros amigos los piojos. Hacíamos en el suelo un círculo de cuatro centímetros de diámetro y en el medio otro más pequeño, en donde se ponían los piojos, y ellos arrancaban para escapar, y el primero que salía del círculo ganaba el dinero del depósito. En un piojo podían apostar varios. ¿Cómo se conocían? Muy fácil, teníamos piojos de varios colores: blancos, negros, rojos. Así eran los piojos. Yo tuve uno muy bueno negro con pico rojo”.

Recuerdos de los caídos
Recuerdos de los caídos

Desde el punto de vista de los libros de historia, que no suelen interesarse por estos detalles, sabemos que hacia el final de la batalla del Ebro la República estaba contra las cuerdas. Las posiciones conquistadas caían metro a metro, colina a colina. En este frente, los políticos republicanos decidieron echar el resto enviando a veintisiete mil muchachos nacidos en 1920, entre los que muchos eran niños. Pero desde el punto de vista de la intrahistoria brota la verdad de aquellos movimientos. Por ejemplo, surge la voz de René Gasia, combatiente, que cuenta que cuando unos milicianos intentaron quemar el templo de su pueblo se las vieron con el alcalde, que había sido boxeador.

Niños matando hombres

Los chicos que llegaron aterrorizados para poner el broche a la batalla del Ebro se encontraron en las trincheras con un tipo de su edad que estaba, sin embargo, curtido. Fue Miquel Morera i Darbra, hoy casi un centenario, con quien desayuno en Barcelona. Él estuvo desde el principio: acompañó a su padre, maestro armero de la columna de Esquerra Republicana con 16 años, y cuando los muchachos del biberón aparecieron ya tenía callos en las manos. Cuenta que mató a más de cien hombres que avanzaban con granadas hacia su posición, “cosiendo” con una ametralladora, pero también que intercambió papel de fumar por tabaco con unos nacionales con los que se encontró “lo bastante cerca para ver personas y no objetivos”.

La experiencia íntima de la guerra es el mejor antídoto contra la estúpida polarización de nuestros días, que por desgracia ha hipnotizado a muchos españoles. Sus efectos destructivos se aprecian a simple vista en el término municipal de Vilalba dels Arcs, en la Terra Alta, donde hay dos pequeñas colinas separadas por doscientos metros de depresión. En cada cima hay una cruz de piedra y entre ellas serpentea un breve vía crucis plagado de mojones de piedra.

Los chavales de Arrán, no contentos con hacer pintadas, o con honrar a los muertos del otro bando, han roto las cruces a mazazos

Hasta hace poco tiempo, apenas unos años, en cada mojón estaban grabados los nombres de los 59 requetés muertos en una estúpida intentona de conquistar la colina contraria el 19 de agosto de 1938. Sin embargo, los chavales de Arrán se han dedicado a destrozar estos solitarios recordatorios desde 2015. No contentos con hacer pintadas, o con honrar a los muertos del otro bando, han roto las cruces a mazazos, han borrado con cincel los nombres de los caídos y se han vanagloriado de ello en las redes sociales.

Las piedras, ahora esparcidas por ese campo solitario, adquieren paradójicamente un simbolismo mucho más vívido. Nos dicen que la brutalidad nunca muere, que los odios ideológicos dejan larvas de piojo en las cremalleras de la memoria, y que lo que hoy parece tan lejano, tan remoto, siempre podría llegar repetirse. Para evitarlo, no hay que romper cruces. Para evitarlo hay que leer y recordar.

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