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Los mayores traidores de la historia de España

Adelantamos uno de los capítulos de 'La traición en la historia de España' (Akal), el estupendo ensayo del historiador gallego Bruno Padín Portela que llega esta semana a las librerías

Foto: La familia de Carlos IV, de Francisco de Goya.
La familia de Carlos IV, de Francisco de Goya.

A comienzos del año 1807, Carlos IV nombraba gran almirante de España e Indias a Manuel Godoy. Este hecho molestó a una gran parte de la población española y también a Fernando, hijo del monarca, que por aquel entonces era príncipe de Asturias. Por otro lado, dicho nombramiento significaba una muestra más de que al rey le interesaba dedicar más tiempo a sus aficiones, como la caza, que a las tareas de gobierno, que prefería delegar.

Ante esta situación, temiendo que el ascenso político de Godoy pusiese en entredicho su condición de heredero al trono, Fernando decidió hablar con Juan Escoiquiz, su mentor, para que urdiese un plan con el objetivo de salvar a España de las tramas de Godoy. Desde luego, lo que no iban a proponer para destronar a Carlos IV era un pacto amistoso paternofilial por el bien de España, sino que el proceso para intitularse rey bajo el nombre de Fernando VII se llevaría a cabo, más bien, por la senda de las intrigas, las mentiras y, en definitiva, la traición. Comienza de este modo la conocida 'conspiración de El Escorial'.

'La traición en la historia de España'.
'La traición en la historia de España'.

Carlos IV comenzó a tener sospechas de su hijo por las insinuaciones que de un lado y otro le llegaban. La marquesa de Perijáa, por ejemplo, le dio noticia, según algunas versiones, de que el príncipe pasaba las noches en vela escribiendo hasta la madrugada, pero el rey otorgó poco crédito a esa insinuación. Lo que sí comenzó a preocupar a Carlos fue el pliego que encontró en su pupitre, donde denunciaban que en el cuarto del príncipe heredero se tramaba una conjuración y se preparaba un movimiento que hacía peligrar tanto la corona como la vida de la reina, que corría peligro de ser sacrificada.

Tenían los soberanos españoles cierta costumbre de entrar en las habitaciones de sus hijos. Lo había hecho Felipe II casi dos siglos y medio antes, cuando temía que su hijo don Carlos, de apenas 20 años, se confabulase con unos rebeldes flamencos. Y es lo que hizo Carlos IV a comienzos del siglo XIX ante la sorpresa de su vástago, cuyos ojos, según nos dicen algunos testigos, fueron la mejor guía para que el monarca procediera a un registro más pormenorizado que puso en sus manos varios papeles acusadores. En efecto, encontró varios documentos, pero el último fue especialmente significativo. Se trataba de una carta en forma de nota, con letra de Fernando, fechada aquel día, ya cerrada, pero sin sobrescrito, firma ni nombre, en la que decía que, guiado por la vida de san Hermenegildo, estaba dispuesto a pelear por la justicia, y que si llegaba a estallar el movimiento, cayese la tempestad solamente sobre Sisberto y Goswinda (Godoy y la reina María Luisa) y que a Leovigildo (Carlos IV) procuraran atraerle con vivas y aplausos.

Aquel documento constituía sin lugar a dudas un llamamiento directo a la rebelión por la fuerza, una amenaza abierta de traición

Este documento, que recoge Godoy en sus Memorias, constituía sin lugar a dudas un llamamiento directo a la rebelión por la fuerza, una amenaza abierta de traición a Carlos IV. San Hermenegildo era un caso de rebelión de un hijo contra su padre, el rey, tal y como estaba sucediendo entre nuestros protagonistas. Leovigildo había asociado al trono a sus dos hijos, Recaredo y Hermenegildo. Envió al segundo a la Bética para que incorporara este territorio a la monarquía goda, que por entonces pertenecía al Imperio bizantino. Una vez que Hermenegildo se puso al frente de los béticos, se declaró rey y pidió el apoyo de los bizantinos porque no reconocían a Leovigildo como monarca. Cuando el soberano logró hacerse con el control de la situación, mandó hacer prisionero a su hijo y ordenó a Sisberto que lo ejecutase.

El rey Carlos IV tomó la iniciativa de dar aviso al pueblo de lo que estaba sucediendo por medio de un manifiesto que se publicó en la Gaceta de Madrid, órgano oficial del gobierno. Escribió, también, una carta a Napoleón que algunos juzgaron “imprudentísima”, relatándole el intento de traición de su hijo. En ella se podían leer fragmentos como los siguientes: “Mi hijo, primogénito, el heredero de mi trono, había formado el horrible designio de destronarme”. Sin embargo, Napoleón no se puso precisamente de parte de Carlos, sino que tomó bajo su protección a Fernando, amenazando que, si se le tocaba en la menor cosa, declararía al instante la guerra a España.

Carlos IV y Fernando VII.
Carlos IV y Fernando VII.

El rey decidió interrogar a su hijo, pero las respuestas que le daba no satisfacían su curiosidad. Fernando quiso apelar al sentimiento materno para ver si podía salir del paso, pero hasta María Luisa se negó a oírle por considerarlo un traidor. Los reyes envían, entonces, al ministro de Gracia y Justicia para ver qué decía su hijo, quien optó por echar balones fuera y hacer lo más fácil, culpar a otros, a unos “pérfidos consejeros”, de la conjura. Al contrario, él había luchado con todas sus fuerzas y había intentado mostrarse íntegro siempre, aunque claro, al final, había cedido en un momento de debilidad que puede tener cualquiera. Carlos verificaba, así, que su hijo era un traidor. Sin embargo, tenía muy claras sus prioridades y el gobierno, como dijimos anteriormente, no era precisamente una de ellas, por lo que le dijo a Godoy que se encargase de la resolución del asunto. El gran almirante redactó un decreto de perdón y Fernando se disculpa ante sus padres, presentándose como la víctima de un complot que no supo parar.

El príncipe Fernando no se quedó ahí. Carlos IV había decidido abdicar su corona en el decreto de 19 de marzo de 1808, ya que padecía una incapacidad física derivada de su frágil estado de salud. Indicaba el monarca, además, que no había recibido coacción alguna a la hora de tomar su decisión, porque el Real Decreto que estaba firmando era de libre y espontánea abdicación. En virtud de esta renuncia pasaba a ser rey de España Fernando VII. Sin embargo, la opinión de los reyes sobre su hijo no podía ser peor. Decía la reina: “Mi hijo ha hecho una conspiración para destronar al rey, su padre”. Y añadía: “Mi hijo es de muy mal corazón, su carácter es sanguinario, jamás ha tenido cariño a su padre y a mí, sus consejeros son sanguinarios…”.

El 23 de marzo, Carlos dirige una carta a Napoleón donde expone que la abdicación no es válida al haber renunciado por la fuerza

La situación cambia en menos de una semana. El día 23 de marzo Carlos dirige una carta a Napoleón donde expone que la abdicación no podía ser considerada válida porque, según él mismo dice, había renunciado por la fuerza de las circunstancias, es decir, porque temía el estruendo de armas y los clamores de una guardia sublevada. En otras palabras, le obligaban a escoger entre la vida o la muerte.

Mientras, Fernando seguía a lo suyo, decidiendo salir al encuentro de Napoleón para que lo reconociese como rey de España, lo cual allanaría mucho el camino para que hiciesen lo propio el resto de cortes europeas. Napoleón solo ponía una condición para ese reconocimiento: debía ser cierto que la abdicación no había sido forzada, y en caso de que se pudiese demostrar, no tendría dificultad en admitirla y reconocerlo como rey español.

El 20 de abril llega Fernando VII a Bayona, donde conoce los planes que el emperador Napoleón tiene para España: destronar a la dinastía borbónica. Diez días más tarde hacen acto de presencia Carlos IV y la reina María Luisa. La diferencia entre el trato recibido por estos y el que había recibido con anterioridad Fernando resultó humillante para él. Al segundo se niega en todo momento a darle tratamiento de alteza o de majestad. En cambio, a los primeros se les reconocía cierta dignidad, ya que el duque de Plasencia salió a cumplimentarlos en Irún, el príncipe Neufchatel los esperó en la orilla francesa del Bidasoa con el mismo objeto y desde que pisaron tierra francesa, los acompañó una numerosa escolta de tropas imperiales, que reemplazó luego una guardia de honor de caballería del departamento.

La abdicación de Bayona de 1808.
La abdicación de Bayona de 1808.

La diferencia entre padre e hijo era tal que, ante la queja formulada por Fernando de que Francia no le hubiera reconocido todavía como monarca, Napoleón, con su condescendencia habitual, solo contestaba llamándole alteza y diciendo rey a Carlos IV, su padre. En la primera conferencia celebrada en Bayona la tensión se hizo patente en varias ocasiones, dando lugar a escenas verdaderamente vergonzosas. Napoleón obliga a Fernando a reconocer a su padre como rey legítimo de España y a hacérselo saber a Madrid. De lo contrario, sería tratado como un rebelde y fusilado.

Pero es que el 5 de mayo Carlos IV pone dos condiciones para ceder sus derechos al trono español a Napoleón: que se respete la integridad del reino y que la religión católica, apostólica y romana será la única de España. A cambio, el emperador debía comprometerse a dar asilo en Francia a Carlos IV, a la reina y restante familia, así como a Godoy, poniendo a su disposición el palacio de Compiègne, concediéndole en propiedad el castillo-palacio de Chambord con todas sus tierras de labor, y, por supuesto, fijando una lista civil de treinta millones de reales, pagaderos directamente en plazos mensuales.

Napoleón se hace cargo de la corona el 25 de mayo, un hecho que es valorado como una verdadera traición a España

Ese mismo día 5 de mayo Fernando VII entregaba, con fecha del día siguiente una carta a Carlos IV donde no dejaba de ser un poco sarcástico, ya que le decía a su padre que esperaba que pudiese gozar la corona “por muchos años”. En compensación, Fernando tampoco se iba de vacío. Obtenía la propiedad de los palacios, parques y tierras de la hacienda llamada Navarra, y se le asignaba una pensión alimenticia de 500.000 francos, más una renta de 600.000. Por otro lado, para que no fuesen menos, los infantes Antonio, Carlos y Francisco de Paula recibirían el título de alteza real, gozarían de las rentas de las encomiendas que poseyeran en España y percibirían una pensión alimenticia de 400.000 francos.

Napoleón se hace cargo de la corona el 25 de mayo, un hecho que es valorado como una verdadera traición a España. No en vano, los sucesos de Bayona son narrados como uno de los agravios más importantes hechos a la nación. La entrega de España a Napoleón, además de ser una traición en toda regla tanto del padre como del hijo, simbolizaba un bochorno absoluto. Miguel Morayta y Sagrario, un catedrático de historia y masón, autor de una de las Historias generales de España más relevantes del siglo XIX, se desahogaba de la siguiente manera: “¡Qué castigos tan marcados otorga a veces la Historia! El príncipe de la Paz y el arcediano Escoiquiz, ambos los consejeros que disfrutaron de la omnímoda confianza de sus respectivos amos, mancharon sus propios nombres, escribiéndolos al final de estos desdichadísimos tratados”. El interregno dura hasta el 6 de junio, cuando Napoleón nombra rey a José, su hermano. Pero eso ya es otra historia.

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*Bruno Padín Portela es doctor en Historia por la Universidad de Santiago de Compostela y ha publicado diversos trabajos en las revistas especializadas en los temas de historiografía española. Su último libro, del que extractamos aquí uno de sus capítulos, es 'La traición en la historia de España' (Akal). Sus páginas se ocupan de un tema omnipresente: la traición y los traidores. Ya en la Antigüedad clásica tenemos los casos de Viriato o Numancia; en la historia medieval nos encontramos con el tema de la pérdida de España y la traición del conde don Julián y con los grandes poemas épicos de la traición, como el Cantar del Mío Cid, y en los periodos moderno y contemporáneo tenemos numerosos ejemplos de traidores, individuales o colectivos, que rompen su pacto o juramento de fidelidad al rey y en muchos casos quieren apartarlo del trono, sean estos el príncipe Carlos, Antonio Pérez o movimientos sociales como los comuneros y las sucesivas revueltas que tuvieron lugar en Cataluña.

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