MEDIO SIGLO DEL EDIFICIO

Las torres gemelas de Colón que sobrevivieron a Franco y a Rumasa

Cómo el rascacielos más innovador de España —se construyó de arriba abajo— logró mantenerse en pie sorteando todo tipo de obstáculos: órdenes de derribo, expropiaciones...

Foto: Torres de Colón. (Enrique Villarino)
Torres de Colón. (Enrique Villarino)
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Este es un artículo sobre cómo sobrevivir (primero) a las intrigas del franquismo y (más tarde) a los escándalos financieros de la democracia; pero no, no es un artículo sobre Villar Mir, sino sobre las Torres de Colón, de Antonio Lamela, de cuya construcción se cumplen ahora 50 años, celebrados —a partir de hoy— en una exposición en el Fernán Gómez Centro Cultural de la Villa.

Palabra del NO-DO: “Los diversos pisos que las forman están suspendidos... Sucede exactamente al revés que en las edificaciones convencionales, donde las plantas se apoyan unas en otras, aquí los pisos de más abajo irán colgados de los de más arriba”.

Los dos núcleos sobre los que se construyó la torre. (Centro Cultural de la Villa)
Los dos núcleos sobre los que se construyó la torre. (Centro Cultural de la Villa)

En efecto, la construcción de estas torres gemelas madrileñas generó asombro porque la casa/rascacielos se había empezado por el tejado. Primero, la planta 23, y de ahí para abajo: 22, 21, 20… hasta llegar a la -6. ¿Cómo? Se construyeron dos pilares huecos paralelos (los núcleos) del tamaño del edificio (110 metros) unidos por una plataforma en lo alto, y desde ahí siguieron hacia abajo. Todo ello para resolver un problema: la normativa municipal obligaba a proyectar muchas plazas subterráneas de aparcamiento, pero el solar no era suficientemente grande, así que Lamela ganó espacio prescindiendo de los cimientos que, ejem, debían sujetar el edificio. A falta de cimientos, el rascacielos se sostendría… desde arriba.

La exposición incluye la proyección de un documental —‘Torres de Colón. La arquitectura suspendida’— en el que Carlos Lamela (arquitecto e hijo de Antonio Lamela), Amador Lamela (codirector de las torres y hermano de Antonio Lamela) y Javier Manteola (ingeniero de caminos y coautor de la estructura) explican cómo fue aquello.

El ingeniero Manteola recuerda el momento más complejo de la obra: la subida a los cielos del encofrado no se podía detener en ningún momento. “Se hormigonaba mañana, tarde y noche. A las tres, a las cuatro, a las cinco de la madrugada, sin parar, no se podía parar. El hormigón subía por un ascensor que había en el interior del núcleo, y al hacerlo, se helaba, porque entraba el viento por los agujeros a ciento y pico kilómetros por hora. Cuando el hormigón llegaba arriba, helado, no había forma de que fraguara. Había que calentar el hormigón abajo para que llegara templadito arriba”.

No obstante, contra todo pronóstico, la mayor dificultad que tuvo el edificio para mantenerse en pie no fue su estructura, sino una sucesión de gafes políticos y financieros.

El 7 de julio de 1970, con la estructura ya montada para empezar a construir hacia abajo, el Ayuntamiento de Madrid mandó detener la obra “por no ajustarse a la ordenación aprobada y considerar inadmisible un aumento de la altura y del número de viviendas”, cuenta Concha Esteban en el libro ‘Antonio Lamela y Torres de Colón’. En tres palabras: orden de demolición.

Los chismes decían que Antonio Lamela perdió el juicio durante la construcción, fue ingresado en un psiquiátrico y la obra quedó inconclusa por ello

Circularon por Madrid todo tipo de leyendas urbanas sobre la paralización de las obras. Algunas de ellas delirantes. Se decía que solo a un loco se le ocurriría construir un rascacielos por el tejado, y de ahí se llegó al siguiente chisme: el arquitecto Antonio Lamela había perdido el juicio del todo durante la construcción, estaba ingresado en un psiquiátrico y la obra había quedado inconclusa por ello.

Oficialmente, era un problema de altura: el edificio era nueve metros más alto de lo autorizado, tres plantas de más, aunque sus promotores lo negaban. Carlos Arias Navarro —entonces alcalde de Madrid y más tarde (1973) presidente del Gobierno— aseguró después en 'petit comité' que se trató de dar ejemplo: los desmanes urbanísticos se sucedían y el régimen quería enviar una señal de firmeza. Las Torres de Colón como chivo expiatorio.

Hubo alegaciones, paralización del derribo y una sentencia del Tribunal Supremo (tres años después) que dio luz verde a la obra.

Pero quizá no fuera ese el único motivo del follón: que las Torres de Colón estuvieran literalmente pegadas a la Presidencia del Gobierno (paseo de la Castellana 3) tampoco ayudó. “Otra de las causas de la paralización fue la seguridad: desde las torres se podía dejar caer una maleta con explosivos sobre la oficina del vicepresidente del Gobierno, Luis Carrero Blanco. El corazón del Gobierno estaba entre El Pardo y la Castellana. Lo raro es que no repararan en ello antes. Esa es la primera noticia que tuve yo de esas torres”. Huelga decir que la (falta de) seguridad de Carrero Blanco acabaría generando una grave crisis de Gobierno pocos años después, pero esa ya es otra historia...

Eres el periodista más caro de la democracia. Tu pregunta nos costó un billón de pesetas

Lo de que las Torres de Colón generaron paranoia 'securitaria' al franquismo nos lo cuenta un hombre que sabe cosas. Lo más parecido a una persona 'non grata' que hayan tenido nunca las Torres Colón: Mariano Guindal (Madrid, 1951), periodista económico de referencia de la democracia, de Colpisa a ‘La Vanguardia’, que vivió en las torres gemelas uno de esos momentos que definen una carrera: el hundimiento, sainete y expropiación de Rumasa.

Anuncio de Rumasa de las Torres de Colón.
Anuncio de Rumasa de las Torres de Colón.

El edificio no se llamaba entonces Torres de Colón, sino Torres de Jerez, porque a mediados de los setenta había sido comprado por un empresario jerezano: José María Ruiz-Mateos, que lo convirtió en la sede central del 'holding' Rumasa.

Ya no hablamos de arquitectura, sino del uso social de un edificio que, al fin y al cabo, estaba en pleno epicentro del Madrid de los negocios: en el arranque del paseo de la Castellana.

1983. Que las cuentas de Rumasa no cuadraban era algo que se sospechaba, pero faltaban los detalles (en resumen: los grandes bancos ya no querían prestar dinero a los bancos de Rumasa, que a su vez prestaban dinero a las otras empresas del 'holding' en el clásico círculo trucho 'ruizmateostiano'). Rumasa estaba ya en quiebra técnica, pero esta información aún no había salido a la superficie en forma de crisis de Estado, entre otras cosas porque el país estaba en pleno 'impasse', entre el fin de la Transición y el inicio de la era socialista. Quizá por ello, cuando el caso Rumasa reventó, lo hizo a lo bestia y en tiempo récord, un poco por casualidad y otro poco porque no había otro remedio. Siempre con las Torres de Colón de fondo.

Guindal se había enterado por casualidad de que había tomate: el jefe de prensa del 'holding' le había llamado para desmentirle que Rumasa estuviera al borde del colapso por falta de liquidez (le llamó por error: en realidad, Guindal no tenía información sobre ese asunto, pero el empleado de Rumasa pensaba que sí). Así que Guindal pensó: muy mal debe de estar la cosa, y se lanzó a por el ministro de Economía...

Las torres, en construcción. (Centro Cultural de la Villa)
Las torres, en construcción. (Centro Cultural de la Villa)

Viernes, 18 de febrero de 1983: Miguel Boyer, ministro de Economía, pasó la mañana en la comisión del Congreso explicando su política económica. A la salida, a eso de las cuatro de la tarde, Boyer se llevó a comer a varios redactores jefe de economía de la prensa nacional, entre los que no estaba Mariano Guindal, que se coló en la fiesta. O el clásico 'off the record' gastronómico que acaba como el rosario de la aurora. A los postres, Guindal le preguntó “a bocajarro” a Boyer: “¿Qué pasa con Rumasa?”, recuerda.

A Boyer, ya fuera porque tenía la cabeza como un bombo tras tantas horas disertando sobre macroeconomía en el Congreso, ya fuera porque el ambiente se estaba animando con los cafés, las copas y los puritos, le pilló la pregunta de Guindal por sorpresa, se puso nervioso y “se le escapó” un: o Ruiz-Mateos me da los datos de la auditoría interna de Rumasa o le mando a los inspectores del Banco de España. Guindal salió de allí pitando, mandó un teletipo y la bola de nieve ya no pararía de crecer hasta que cinco días después, el 23 de febrero de 1983, el Gobierno expropió Rumasa.

Fui un simple repartidor de pizza que llega un día a un edificio con un escape de gas, toca el timbre y salta todo por los aires

Entre medias, hubo una sucesión de reuniones densas entre Ruiz-Mateos y el Gobierno para tratar de reconducir el asunto. Se quería evitar la expropiación completa de los centenares de empresas del 'holding' (si acaso de sus bancos). Ocurrió que a Ruiz-Mateos se le fue la negociación de las manos el 22 de febrero: cuando aún era posible un acuerdo de mínimos, dio una rueda de prensa incendiaria en el salón de actos de la planta baja de las Torres de Colón.

Guindal se presentó en las torres gemelas a cubrir la que acabó siendo una de las ruedas de prensa más catastróficas de la historia de la democracia. Como es lógico, su presencia no entusiasmó a los 'Rumasa Boys'. “Mi miraban como si fuera un provocador. El periodista que había desencadenado el proceso. El ambiente era muy tenso en las torres; tensos conmigo y tensos en general”.

Ruiz-Mateos dio la rueda para presionar al Gobierno… Pero se pasó de frenada y poco menos que al Gobierno no le quedó más remedio que expropiar. Lo explica Guindal: “Ruiz-Mateos dijo que su 'holding' estaba bien, pero el Gobierno había lanzado la mayor agresión de la historia de las finanzas españolas. Un banco vende confianza, si creas desconfianza, quiebra. En opinión de Ruiz-Mateos, si Rumasa quebraba, la culpa sería de los socialistas”.

Obras de las Torres de Colón en 1970.
Obras de las Torres de Colón en 1970.

El Gobierno se reunió poco después. Según Guindal, se impuso la siguiente lógica: “Debido a la provocación de Ruiz-Mateos, o expropiamos ahora o nos echarán luego la culpa si el 'holding' quiebra”.

Pasadas las 12 de la noche, el Gobierno anunció la madre de todas las expropiaciones de bancos y empresas. Un sector de la derecha lo llamó “el 23-F económico”.

“Los socialistas llevaban apenas unos meses en el poder, todavía se creía que los rojos habían venido a expropiar media España, y, claro, fue como si hubiera estallado la Tercera Guerra Mundial, aunque igual era lo contrario: no se expropiaba para nacionalizar sino para limpiar las deudas y quebrantos de Rumasa”, cuenta Guindal. Expropiar, limpiar y volver a privatizar.

Tras anunciarse la expropiación, Guindal se presentó de madrugada en las Torres de Colón. Vio "salir del edificio a empleados de Rumasa: llevándose papeles, en coches, por el sótano”. Vio “lecheras de los grises rodeando las torres”. “Como no nos dejaban entrar, los periodistas nos dedicamos a fijarnos en los detalles: si alguien arrojaba papeles por las ventanas y cosas así”. La policía acabó sellando el edificio, y se formaron dos concentraciones espontáneas: “Una de las derechas, contra la expropiación, donde se decía que Ruiz-Mateos era un caballero español; y otra de las izquierdas, llamándoles ladrones... Ruiz-Mateos no volvió a pisar el edificio”, recuerda Guindal.

A la mañana siguiente, Guindal se presentó en los bajos de las Torres de Colón, donde había una sucursal del rumasiano Banco de Jerez, a la búsqueda de retiradas histéricas de dinero, pero la sangre no llegó al río: el Estado había garantizado los depósitos, el dinero estaba a salvo y el pánico atajado. Lo máximo que vio fue “viejecitos llegando con cajas de zapatos para sacar su dinero y esconderlo allí. Pensé: dios mío, van a salir a la calle y un chorizo les va a robar la caja de zapatos. Pero no hubo histeria: la gente comprendió rápido que el dinero estaba mejor expropiado y controlado por el Estado que en una caja de zapatos” (o en manos de Ruiz-Mateos, cabría añadir).

Mi miraban como si fuera un provocador. El periodista que había desencadenado la expropiación. El ambiente era muy tenso

Guindal, por cierto, se vio envuelto en un fuego cruzado de conspiraciones: algunos creían que su pregunta a Boyer había sido pactada para precipitar la expropiación. Pactada bien con el Gobierno, bien con el propio Ruiz-Mateos (al que quizás hubiera interesado una expropiación limitada a sus bancos, librarse así de ciertas deudas y quedarse con el resto del 'holding'). “Te juro que no había pacto alguno, yo fui un simple repartidor de pizza que llega un día a un edificio con un escape de gas, toca el timbre y salta todo por los aires”.

Enrique Villarino.
Enrique Villarino.

El hecho es que su pregunta le salió al Estado por un pico, como le reconocería Joaquín Almunia años después: “Eres el periodista que más caro le ha costado a la democracia. Tu pregunta nos costó un billón de las antiguas pesetas”. Guindal razona esa cifra: “No es que el Gobierno expropiara Rumasa, es que expropiaron pérdidas, porque se encontraron agujeros tremendos. Fue el Estado el que cubrió esos quebrantos”.

Portada de un libro de Mariano Guindal.
Portada de un libro de Mariano Guindal.

Desde entonces, cada Navidad, Ruiz-Mateos enviaba a Guindal una tarjeta de ‘felicitación’. Siempre con el mismo texto: “Arrieros somos y en el camino nos encontraremos”. Al periodista le da la risa floja al recordarlo: “Sí, solo la tarjeta, no me mandó los matones”.

La expropiación de Rumasa generó la segunda gran crisis de las Torres de Colón. Volvían a temblar sus cimientos. Finalmente, fueron adquiridas por el grupo británico Heron International. Más tarde, caerían en manos de su actual dueño, Mutua Madrileña.

En los años noventa, las torres sufrieron una modificación arquitectónica relevante: se les colocó un ‘sombrero’. Una cubierta 'art déco' conocida como ‘el enchufe’— para tapar una nueva escalera de incendios situada entre las dos torres. ¿Resultado? Según desde dónde se miren, las Torres de Colón parecen ahora un solo edificio. Muchas voces piden quitar el enchufe y volver al diseño original. Podría tener los días contados.

Pase lo que pase, con escapes de gas o sin ellos, las torres gemelas españolas parecen poder con todo: quizá porque no es fácil echar abajo algo que no se sostiene desde el suelo.

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