el lado oscuro de la no ficción

¿Miente Gay Talese? Por qué el gran trolero del periodismo mundial es García Márquez

El escándalo del libro de Talese, que se publica ahora, reabre el debate sobre los bulos del periodismo literario. ¿Quién es el rey del embuste periodístico de prestigio?

Foto: Celebración del aniversario de la Fundación para el Nuevo Periodismo Iberoamericano (FNPI), que García Márquez fundó en Cartagena (EFE)
Celebración del aniversario de la Fundación para el Nuevo Periodismo Iberoamericano (FNPI), que García Márquez fundó en Cartagena (EFE)
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Ni Donald Trump, ni el caso Nadia, ni la posverdad… el evento periodístico más surrealista de 2016 tuvo lugar cuando el ‘Washington Post' dudó de la veracidad del nuevo libro de Gay Talese, ‘El motel del voyeur’, sobre el dueño de un motel (Gerald Foos) que habría espiado durante años a sus huéspedes. Lo verdaderamente surrealista no es que que Talese admitiera el error -”Gerald Foos no es de fiar. Es un hombre deshonesto”, ni siquiera que reculara poco después y defendiera la publicación del libro con leves modificaciones, sino que Gerald Foos saliera a defender su honor asegurando que todo era cierto, que había espiado durante décadas las prácticas sexuales de sus clientes y que para voyeur él... En efecto, por primera vez en la historia alguien se indignaba tras ser exonerado de la acusación de ser un degenerado... Máximo respeto.

‘El motel del voyeur’ se publica ahora en España (Alfaguara) como si no hubiera pasado (casi) nada. Una breve nota de Talese al final del texto informa de lo siguiente: “Como ya dejé claro en la primera edición de este libro, Gerald Foos era un narrador inexacto y poco fiable, pero sin duda fue un voyeur épico. Los sucesos que afirma haber presenciado como voyeur, las escenas relatadas en sus diarios y en este libro, tuvieron lugar en su totalidad antes de la primera venta del motel. Debido al reportaje del Washington Post, en esta edición se han introducido una serie de cambios de escasa importancia. Por lo demás, el libre permanece tal cual”.

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Al margen de si es buena idea escribir un reportaje basándote exclusivamente en el testimonio de alguien que consideras “inexacto y poco fiable”, el caso Talese/Foos vuelve a poner de actualidad un tema inagotable: la resbaladiza relación con la verdad del periodismo literario.

Visto que a Talese no parece haberle pasado excesiva factura el escándalo, cabría pensar que cuando uno tiene cierto estatus está por encima del bien y del mal. O lo poco que afectan ciertos ¿errores? a las vacas sagradas del género periodístico con mayor prestigio cultural: el literario. El Nuevo Periodismo estadounidense suele tomarse licencias impensables para el periodista de a pie; por ejemplo: crear un personaje ficticio basado en varios personales reales. Si este artificio ya valdría para colocar a clásicos de la no ficción del siglo XX -de ‘Hiroshima’ a ‘Despachos de guerra’- en el cajón de las novelas, ¿qué decir del maltrato a “la verdad” perpetrado por ese gran icono del periodismo llamado Gabriel García Márquez? Merece la pena revisar las poco aireadas tropelías periodísticas de Gabo para poner el caso Talese en contexto. Atentos que vienen curvas...

La febril imaginación de Gabo

En 1958, García Márquez escribió un reportaje (‘Caracas sin agua’) sobre las tribulaciones de un ingeniero alemán (Samuel Burkart) en Venezuela en plena escasez de H20. Ante la falta de agua, Burkart, un obseso de la higiene facial, se afeitaba diariamente con jugo de melocotón... en un giro que parece sacado de una novela de, ejem, Gabriel García Márquez… En efecto: lo del jugo había salido de la febril imaginación periodística de Gabo, pero es que la cosa no quedaba ahí: el ingeniero alemán era más falso que un billete de 103 euros...

Lo cuenta Nefer Muñoz Solano en una tesis de la Universidad de Harvard: ‘Novelando en el Periódico y Reporteando en la Novela de América Latina’ (2013). “Al describir el período de García Márquez en la prensa, su colega Mario Vargas Llosa sostiene que lo que seduce a este escritor del periodismo es la labor de reportero que busca la noticia y “si no la encuentra, la inventa’”, escribe Muñoz Solano. ¿Exageran Vargas Llosa y Muñoz Solano? No, el que exageraba era García Márquez, que como periodista se pasó de frenada veinte pueblos.

Mario Vargas Llosa sostiene que lo que seduce a a Gabo del periodismo es la labor de reportero que busca la noticia y 'si no la encuentra, la inventa'

En 1954, ‘El Espectador’ de Bogotá envío a Gabo a cubrir unas protestas en el abandonado departamento del Chocó, que el gobierno (dictadura militar) había decidido eliminar. Tras llegar a a Quibdó, en medio de la selva tropical, el periodista comprobó estupefacto que no había protesta alguna: el corresponsal local del periódico había exagerado la situación. ¿La decisión de Gabo? Subir la apuesta fabuladora. “Tras dos días de viaje por la selva con el fotógrafo, García Márquez se encuentra de frente con la noticia: no hay noticia. Entonces, sin ánimo de regresar a Bogotá con las manos vacías, el escritor decide organizar él mismo la protesta para poder escribir la historia. Se pone de acuerdo con el corresponsal local de ‘El Espectador’ y juntos convocan una manifestación ‘con tambores y sirenas’", escribe Muñoz Solano.

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Pero no se vayan todavía: aún hay más. Puestos a inventar la realidad, ¿por qué no hacerlo a lo grande y a lo loco? La crónica de Gabo sobre la protesta anticipaba desde su mismo título su futuro gusto literario por lo hiperbólico: “El Chocó que Colombia desconoce -Historia íntima de una manifestación de 400 horas”. Según el periodista, la manifestación había durado trece días bajo una lluvia torrencial: “los manifestantes lloraban, escribían memoriales y se lavaban en la vía pública”, escribió Gabo, en todo un ensayo del realismo mágico por venir (recuerden: en Macondo no llovía, diluviaba sin parar durante años y años). Y ahora viene el chiste/la traca final: la crónica inventada generó una ola mediática que obligó al gobierno militar a recular sobre el Chocó... Una cosa hay que reconocerle a Gabo: el tipo mentía con clase.

Sensacionalismo mágico

Conclusión del autor de la tesis sobre los bulos periodísticos: “Cuando García Márquez crea mundos y verdades en sus textos publicados en la prensa incorpora esa forma hiperbolizada de narrar en la que se detecta tanto una firmeza en la convicción de sus descripciones exageradas como también un tono de humor irónico, que unas veces es velado y, otras, directo. El conflicto ético surge precisamente porque estos textos son publicados en la prensa, cuyas normas de escritura estipulan el uso de datos verdaderos, en los que la verdad es concebida como una fidelidad a los hechos. En los textos de García Márquez entran en tensión la responsabilidad por informar fidedignamente, la aspiración de narrar y transmitir sensaciones a los lectores y la necesidad de vender ejemplares en el contexto de la prensa comercial. El sensacionalismo con el que escribe sus textos periodísticos acarrea hábitos que rompen con las reglas periodísticas y busca la complicidad de los lectores”.

Su manera de narrar se centraba en contar historias exageradas con la convicción de que eran veraces

Todo esto ocurrió antes de que el escritor colombiano mutara un mito de la literatura con ‘Cien años de soledad’ (1967), pero no puede decirse que fuera solo un exceso de juventud: García Márquez creía en la capacidad fabuladora del periodismo, la siguió practicando con mayor o menor intensidad hasta el fin de sus días y no se tomó muchas molestias en ocultarlo (“Inventábamos cada noticia”, admitió Gabo en una entrevista en 1968).

“Yo lo único que he querido hacer en mi vida -y lo único que he hecho más o menos bien- es contar historias”, dejó dicho Márquez. “Su manera de narrar se centraba en contar historias exageradas con la convicción de que eran veraces”, zanja la tesis. Historias hiperbólicas narradas con pulso y convicción; maravillosa estrategia para una novela, sí, pero errática a más no poder para un reportaje periodístico.

Aún más chocante es que los que consideran a García Márquez un gigante del periodismo del siglo XX no hayan valorado siquiera cómo afectan sus mentiras a dicho estatus. ¿Debemos seguir riendo las gracias al Gabo periodista/trolero? No se trata de desprestigiarle ahora que ya no puede defenderse, ni de dudar del valor literario de sus textos, sino de algo mucho más importante: ¿Por qué lo llaman periodismo cuando quieren decir literatura?

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