¿El hombre más peligroso del mundo? Barthes, el arma secreta de Laurent Binet
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'la séptima función del lenguaje'

¿El hombre más peligroso del mundo? Barthes, el arma secreta de Laurent Binet

El escritor francés Laurent Binet que sorprendió hace una década con su novela 'HHhH' publica nueva novela, un policial sobre Roland Barthes y su arma definitiva: la semiótica

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Barthes

Delincuentes internacionales, tiranos, terroristas, políticos demenciados... Seres peligrosos cuya amenaza sin embargo palidece al lado del artífice del arma definitiva: el semiólogo Roland Barthes. ¿Qué inventó aquel indolente pensador de los años dorados de la filosofía francesa, aquel movimiento llamado 'French Theory' de los Foucault, Althusser, Deleuze, Derrida y compañía que tomó al asalto las facultades de Humanidades de todo el planeta? Un dispositivo secreto por el que quizás fue asesinado en un atropello en París el 25 de marzo de 1980: la séptima función del lenguaje.

Foto: Arturo Pérez-Reverte
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'La séptima función'

'La séptima función del lenguaje' (Seix Barral, 2016) es el segundo libro del escritor francés Laurent Binet (París, 1972), su esperada confirmación literaria desde que en 2010 deslumbrara a la crítica, ganara el premio Goncourt y colocara miles de ejemplares de su primera novela de singular título: 'HHhH'. En ella relataba el intento de asesinato en la Praga ocupada de Reinhard Heydrich, jefe de la Gestapo, considerado el hombre más peligroso del Tercer Reich y una de las figuras más enigmáticas del nazismo. Una historia intervenida a cada página por el propio autor para sopesar la autoridad de cada fuente citada, de cada hecho, en un intento por lograr una novela histórica radicalmente real, en la que no cupiera un sólo átomo de ficción.

Y seis años después, aquel obseso realista ha dado un salto al vacío para ejecutar la operación inversa: usar el accidente banal de un profesor de semiología, la ciencia que estudia los signos e indicios, para construir una novela policial desbordante de ficción. En sus páginas fantasea con una conjura internacional para acabar con Barthes que deben resolver un inspector de policía reaccionario y un profesor ayudante de izquierdas. ¿Qué ha ocurrido en estos cinco años en la cabeza de Laurent Binet?

Pregunta. Cuando escribió 'HHhH' no sólo se prohibió incorporar la ficción en su historia sino que criticaba a los escritores de novela histórica que mezclan ficción y realidad. Y ahora se presenta con un libro sobre la muerte de Barthes en el que hace exactamente lo contrario. ¿Nos toma el pelo?

Respuesta. Para mí los dos libros se ocupan del mismo problema pero desde ángulos opuestos: la relación compleja y fecunda entre la realidad y la ficción. En 'HHhH' busqué de manera neurótica la veracidad histórica y, en este caso, lo que quería era más bien jugar con ella y deconstruir esta relación entre realidad y ficción. ¿Por qué soy coherente y por qué no me estoy burlando de ustedes? Porque esta deconstrucción la exhibo, es decir, yo no doy pie en ningún momento a creer que Barthes ha sido asesinado. A mí el tema que me interesa, el que me mueve en la literatura, es la relación entre realidad y ficción. Diez años después de escribir ‘HHhH’ quería tratar el mismo tema pero desde otro ángulo.

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Laurent Binet

P. Precisamente, en España acaba de tener lugar una polémica a propósito de una novela sobre la escritora Adelaida García Morales en la que su autora, Elvira Navarro, le inventaba una vida a partir de algunos hechos reales. El ex marido de Adelaida, el cineasta Víctor Erice, denunció el libro por mezclar realidad y ficción y hacer daño a la familia. Según él cuando la literatura se ocupa de la verdad debe ser para enfatizarla, no para corromperla. ¿No corrompe usted también la verdad?

R. No, no, en ese caso estoy de acuerdo con Víctor Erice. Yo no creo haber corrompido la verdad en mi novela, tengo la impresión de que lo que he hecho es, más bien, un homenaje a Roland Barthes al intentar convertir la realidad en mitología. Ya sabe que ‘Mitologías’ es uno de los libros principales de Barthes. He buscado hacer de la historia un cuento filosófico pero en ningún momento he querido entrar en la intimidad de los personajes reales, más allá de lo que ellos revelaron en su momento de sí mismos. Es cierto que hay en este libro personajes reales de los que me he burlado pero nunca aludiendo a aspectos de su vida personal, siempre ciñéndome a sus obras.

P. ¿Por qué Barthes? No es el representante más conocido de la 'French Theory'. ¿Por qué no Foucault, Deleuze, Lacan o Derrida…?

R. Es que en Francia Barthes se estudia más que todos los que cita. Cuando era estudiante de Literatura leí mucho a Barthes mientras en la Universidad me hablaban muy poco de Deleuze o Derrida. Desde el momento que quise escribir una historia de inspiración policial basada en su figura y su entorno -en el que por supuesto figurarían Foucault y compañía- me sumergí apasionadamente en la historia.

Aunque parezca increíble en Francia no sospechamos hasta que punto Foucault o Derrida son estrellas en el resto del mundo

P. En España, y en otros países diría, Barthes no es tan conocido como los demás.

R. Lo sé, lo sé. En Francia todo el mundo me advirtió que el personaje de Barthes funcionaría bien allí pero no en el exterior. Aunque parezca increíble en Francia no sospechamos hasta que punto Foucault o Derrida son estrellas en el resto del mundo.

P. Tengo la sensación de que lo que de verdad le apetecía era escribir una historia de Sherlock Holmes bizarra y postmoderna. Aquí Sherlock es Simón Herzog, un profesor de estudios culturales de izquierdas, y Watson, el inspector Bayard, un policía de derecha dura.

R. Absolutamente. Fíjese que Simon Herzog y Sherlock Holmes comparten las mismas iniciales. Lo que ocurre es que yo invierto las personalidades. Aquí el inspector viejo hace de Watson y el joven profesor semiólogo ayudante es Sherlock Holmes.

P. ¿Qué le vino antes a la cabeza? ¿La forma, una novela policial, o el contenido, el lenguaje?

R. Estaban bastante mezclados en mi cabeza. Este libro existe porque Barthes, además de crítico literario, era semiólogo. Me interesaba Barthes como semiólogo, como oportunidad de introducir la semiología, la ciencia de la decodificación de los signos, en una novela. No fue solamente una rama de la lingüística restringida al medio universitario sino que también era la ciencia de los indicios, la del propio Sherlock Holmes. Y así, la conjunción entre la muerte de Barthes en circunstancias novelescas, saliendo de una entrevista con Mitterrand, y la semiología me dieron la idea de la novela.

P. ‘La séptima función del lenguaje' es una historia policiaca en clave de sátira en la que convierte la semiología en una arma definitiva, un arma que sirve para dominar a los demás. ¿No es precisamente eso lo que hace el lenguaje?

R. El lenguaje es el arma más poderosa que hay en el mundo. Un ejemplo español. Cuando hay un golpe de estado en un país, ¿cuáles son los lugares a controlar para que el golpe funcione? El parlamento pero, sobre todo, la televisión. Y siempre cito en este caso el golpe de Estado en España en 1981. En ese momento el rey paró el golpe saliendo en televisión pese a que los militares habían tomado el parlamento. El que manda siempre es el que puede dejarse ver dando las órdenes. En el reciente golpe de estado en Turquía ocurrió lo mismo cuando Erdogan salió en televisión.

El lenguaje es el arma más poderosa que hay en el mundo. El que manda siempre es el que puede dejarse ver dando las órdenes

P. Usted opone a la filosofía francesa postestructuralista la reacción de derechas encarnada por el inspector Bayard, pero algunos de los mayores críticos de aquella ola fueron filósofos como Habermas o científicos como el Sokal de ‘Imposturas intelectuales’ que eran gentes de izquierdas.

R. La crítica de izquierdas a la filosofía francesa está presente en mi libro en la figura de Noam Chomsky, el inspector sólo representa el primer nivel. El núcleo filosófico del libro, para mí, gira en torno a esa séptima función del lenguaje que sería la función performativa alrededor de la cual John Searle y Derrida, analíticos y continentales, enfrentaron sus posiciones filosóficas.

P. Tuvo lugar de hecho un debate televisivo mítico en aquellos tiempos entre Chomsky y Foucault que es fascinante.

R. ¡Cierto!

P. Y Chomsky contó al salir de aquel debate que nunca había conocido a nadie tan amoral como Foucault.

R. ¿Eso dijo? No lo sabía.Yo debo confesar que soy más de Foucault, en Chomsky veo emanar algo puritano.

P. ¿El viejo puritanismo del movimiento obrero clásico?

R. ¡Eso lo ha dicho usted! Jajaja.

P. Su novela es un policial pero un policial muy divertido que bromea acerca de lo oscuro de la French Theory. Cuando el inspector Bayard pasa por una clase de Foucault no se entera de nada. Y se enfada porque ese impostor gana más que el. ¿Es habitual en Francia reírse de las oscuridades de sus más célebres filósofos?

R. Sí, pero hoy en día es más bien una constante de las tendencias más conservadoras de la sociedad: despreciar todas las ideas nuevas mediante la burla. No sólo en Francia. En Francia el debate ahora es muy violento en torno a los estudios de género y existe un movimiento conservador muy fuerte contra, por ejemplo, el matrimonio gay. Y así, cuando hay pensadores que intentan pensar cosas nuevas, nos burlamos de ellos. Es un mecanismo de defensa de la reacción.

P. Aquí en España, uno de los países que primero legalizó el matrimonio gay, nos sorprendió la intensidad de las masivas protestas francesas. ¿Francia es hoy un país más conservador que España?

R. Eso que usted dice podría probar que sí pero prueba también otra cosa, que la identidad nacional, con la que nos llenan las orejas en Francia todos los días, y que se ha convertido en una obsesión en mi país… ¡en realidad no existe! Si en la España católica que teníamos en la cabeza la reacción al matrimonio gay fue muy inferior a la que se ha dado en la libertina Francia... pues es que ni los franceses, ni los españoles ni los alemanes son lo que fueron antes. La gente cambia y menos mal.

La identidad nacional, con la que nos llenan las orejas en Francia todos los días, y que se ha convertido en una obsesión… ¡no existe!

P. De hecho, la identidad nacional parece constituir en este momento en Francia el eje del debate político llevado por políticos como Sarkozy hasta el extremo y alimentando así al Frente Nacional. ¿Cómo escapar de semejante eje maligno?

R. Sería necesario que la izquierda, o lo que en Francia llamamos así, dejara de seguir a la derecha en estos temas. La izquierda tiene una gran responsabilidad en esta deriva porque que la derecha hable de la identidad nacional forma parte de su rol, pero si la sigue la izquierda, tenemos un problema, Es cierto que vivimos momentos difíciles, que hemos sufrido terribles atentados y que el islamismo radical ha provocado una presión asfixiante.

P. ¿Usted cree que escritores como Houellebecq que en su novela ‘Sumisión’ imaginaba una Francia sometida al Islam tienen responsabilidad en ese protagonismo de la identidad nacional?

R. Uffffff, no tanto Houellebecq. Houellebecq es un novelista que trata de pintar la sociedad como es, en todas sus facetas, y lo hace bastante bien. Él describe síntomas, no es tanto causa como consecuencia.

P. Los pensadores franceses de aquellos años pronto dominaron el mundo académico con especial fuerza en Estados Unidos. Algunos dicen que aquella fue una enfermedad que liquidó definitivamente la capacidad de las humanidades para entender el mundo y que hoy solo queda la ciencia. ¿Qué opina?

R. Jaja, no, no estoy en absoluto de acuerdo. Eso es lo que piensan Sokal y otros como él. En aquel momento el pensamiento francés fue tremendamente fecundo y abrió muchos caminos. Algunas pistas se revelaron cerradas, otras confusas, otras no tan productivas como se habían previsto. Pero también hubo reflexiones apasionantes. La deuda de las universidades americanas la vemos por ejemplo en los estudios postcoloniales que nacieron de aquel movimiento y que han permitido un enfoque transversal de las ciencias humanas. Hoy en Francia ya no somos tan influyentes, de hecho, hemos reaccionado a ese virus que nosotros mismos generamos con nuestros anticuerpos de franceses clásicos.

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