así era carlo pedersoli

Bud Spencer, el gigante que asfaltó la Panamericana

El gigante de las tollinas nunca quiso ser actor y sus escenas preferidas eran aquellas en las que no tenía que abrir la boca. Fue nadador, vendedor de coches y cantante

Foto: Bud Spencer y Terence Hill, icono del cine de mamporros
Bud Spencer y Terence Hill, icono del cine de mamporros

En Via del Umiltà había un restaurante chino muy barato, con una moqueta que olía a pis de gato, y donde solíamos pedir rollitos de primavera y agua Ferrarelle. Bud Spencer pasó por delante una mañana de 2005, vestido de traje pero descamisado, como si acabase de salir del rodaje de Joe Banana. Caminó cien metros mirando los números de la calle y se metió en la sede de Forza Italia, el partido de Silvio Berlusconi. Algunos nos enteramos ese día de que era napolitano y se llamaba Carlo Pedersoli. Al día siguiente, leyendo Corriere della Sera, supimos además que era de derechas y que estaba planeando presentarse en las listas con Francesco Storace, por entonces presidente de la región de Lazio.

Lo vimos pasar dos o tres veces más desde los ventanales de la Stampa Estera (el Club de la Prensa Extranjera) y acabamos saltando las escaleras de piedra, de tres en tres, para pedirle una entrevista. Escribí la fecha y la hora en mi agenda y me olvidé de todo hasta el día que hospitalizaron a Juan Pablo II. Esa misma tarde, en los retretes del hospital Dei Gemelli, el móvil vibró para avisarme de que tenía un mensaje en el contestador. Era él. “Villarino, ti sto aspettando da mezz’ora. Dove cazzo sei? Fatti vivo!”. Valoré mis opciones, visualicé el clásico pescozón de arriba a abajo, con el puño cerrado, y decidí no acudir a la cita. Me arrepentí en menos de una hora. Porque ¿quién es Juan Pablo II comparado con Bud Spencer?

Bud Spencer, el gigante que asfaltó la Panamericana

Su carrera fue, en el fondo, un malentendido alargado en el tiempo. Carlo Pedersoli tenía más de 30 años cuando decidió ganarse un dinerillo participando como extra en las superproducciones de entonces. “Tenía que pagar unas facturas y me presenté. Me preguntaron si sabía montar a caballo, hablar inglés con fluidez y si me había dejado alguna vez barba. Les dije que no a las tres cosas, pero les dio igual porque necesitaban a alguien con mi físico”. Poco después le sugirieron que se buscase un nombre artístico y él eligió Bud, por la cerveza Budweiser. Y Spencer, por Spencer Tracy. “No me lo tomaba en serio. Sobre todo al principio, lo hacía odiando aquel mundo. Me ponían nervioso y pensaba: mira todos estos cabrones que para hacer una sola escena se meten un siglo”.

Era un italiano atípico que presumía de no haber engañado nunca a su mujer y que hacía las cosas sin pensarlas demasiado. Se enorgullecía de haber vivido siempre bajo la máxima del 'futtetinne' (la versión napolitana del 'fregatene', que a su vez es la versión romance del 'Hakuna Matata'). Contaba que, durante un rodaje en Colombia, aprendió a volar por la vía expedita. “Nos llevaban a comer en avioneta y eran todos los días diez minutos. Yo siempre me fijaba en lo que hacía el piloto. Un día, cuando habían bajado todos, me quedé rezagado, me senté en su sitio y despegué. Nunca había cogido un avión. El productor de la película se quería suicidar del susto”.

Bud Spencer, el gigante que asfaltó la Panamericana

Un editor de Il Messaggero decía que el de Bud Spencer iba a ser el obituario perfecto. Siendo niño vivió la Segunda Guerra Mundial y los bombardeos de Nápoles, pasó la pubertad entre Brasil y Argentina, fue campeón de natación (el primer italiano en bajar del minuto en los 100 metros), compitió en tres Olimpiadas, trabajó vendiendo Alfa Romeo en un concesionario Caracas, asfaltó la carretera Panamericana, diseñó pantalones vaqueros, compuso canciones y grabó discos, fundó una compañía aérea (Mistral), escribió libros (uno de cocina, para el público alemán), estudió varias carreras y aprendió seis idiomas. Incluso protagonizó un anuncio de Bancaja. Dice Ivan Zazzaroni que en Alemania, donde sus guantazos son especialmente aplaudidos, también inspiró un verbo. “Sich Budspenceren significa 'pegar como Bud Spencer'”.

Aunque fue yerno de Peppino Amato (el productor más célebre de Italia), nunca le interesó demasiado el cine. Se definía como "un diletante de alto nivel" y decía que prefería rodar escenas sin diálogos, para no tener que aprendérselos. Prefirió siempre nadar antes que ponerse delante de una cámara y una de sus secuencias preferidas es en la que aparece durante más de un minuto de metraje braceando elegantemente, perseguido por un cocodrilo y acompañado por la melodía juguetona de algún imitador de Nino Rota. En sus entrevistas solía repetir que preferiría ser recordado por el deporte que por el cine. “Mis logros personales son míos, una cosa mía, algo personal, nadie te puede que no le gusta, tiene que estar callado porque yo soy un campeón. Lo otro lo ha creado el público”.

Bud Spencer, el gigante que asfaltó la Panamericana

Hay que admitir que su filmografía es en muchos sentidos insuperable. Por su aspecto, sus tollinas y por el carisma de la pareja que formaba con Terence Hill. Pero también por el THC cannabico de algunos de los guiones que le tocó interpretar. Todos tenemos presente de ‘Le llamaban Trinidad’ o ‘Quién tiene un amigo tiene un tesoro’, pero nos olvidamos de que tuvo que luchar contra un malvado acróbata enano (caracterizado de mulato) o salir de una lámpara mágica, vestido de Aladino, en el Miami de los años 80.

Pedersoli vivió sus últimos años tocado de salud pero satisfecho por haber recibido el reconocimiento que durante décadas le negó el pueblo italiano. Y dejó dicho, en una de sus últimas entrevistas, a lo que se dedicará a partir de ahora. “Cuando me llame el Padre Eterno, me gustaría ir a ver qué pasa. Y si no pasa nada me voy a encabronar. Es decir, me has hecho levantarme cada mañana durante casi noventa años para, al final, no ir a ningún sitio”.

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