75 años de un hito de la poesía española

Lorca está en Nueva York

Este jueves se cumplen 75 años de la aparición de un poemario decisivo en la historia de la literatura española: ‘Poeta en Nueva York’, un viaje que cambió su vida, su obra y la del resto

Foto: El poeta, a la derecha, en el campus de la Universidad de Columbia, otoño de 1929, con María Antonieta Rivas y dos amigos sin identificar. (Fundación García Lorca)
El poeta, a la derecha, en el campus de la Universidad de Columbia, otoño de 1929, con María Antonieta Rivas y dos amigos sin identificar. (Fundación García Lorca)

Han pasado 75 años y Federico García Lorca sigue en Nueva York. Llegó en junio de 1929, junto a Fernando de los Ríos, profesor, mentor y amigo desde 1915. El poeta huye de Granada y de “un duelo a muerte” con su corazón. Por primera vez sale de “este país amado, donde tantas ilusiones han nacido y muerto”. Y en los nueve meses que vivió en la capital del mundo se gestó uno de los episodios fundamentales de la historia de la literatura española: Poeta en Nueva York, publicado cuatro años después de su muerte, el 2 de abril de 1940.

“He hecho lo más difícil: ser poeta en Nueva York”, cuenta la anécdota –quién sabe si verídica o apócrifa– que Lorca respondía a quienes le preguntaban a su regreso, con escala de tres meses en La Habana. Pero lo más difícil era ser poeta aquí, en la España de los que le asesinaron. Su muerte anunció de manera cruel cuatro décadas sin poetas en las ciudades de este país.

Todavía hoy su memoria está sin resolver y su reconocimiento pendiente, un tabú forzado al silencio por su ideología y su condición sexual. ¿Dónde está Lorca entre nosotros? ¿No le habrán dejado allí, lejos, en Nueva York? Su familia ha tratado de evitar que su memoria terminara en folclorada política y acompañamiento potosí de la España más cañí. La última charlotada de nuestros gestores es la apertura del Centro Lorca de Granada, terminado hace más de dos años y paralizado por los tiras y aflojas de unos y otros.

Pasaporte personal de Federico García Lorca
Pasaporte personal de Federico García Lorca

“La política está interfiriendo en la puesta en marcha del Centro, gestionado por mi hermana con toda la dedicación y el conocimiento, con un programa puntero y moderno…”, Gloria García-Lorca de los Ríos muestra su hartazgo al final de una charla emotiva, en la que los recuerdos de su tío van y vienen por la piel. “No lo conocimos [se refiere a sus hermanas], pero hemos estado con él toda la vida. Te encuentras con él en las conversaciones, los recuerdos. En la familia siempre se ha tenido muy presente su lado familiar, su carácter alegre, divertido y disfrutón. Son rasgos que siempre han estado presentes en nuestras vidas”, cuenta a este periódico.  

'Los poetas no necesitan monumentos, los poetas lo que necesitan son lectores'

“Los poetas no necesitan monumentos, los poetas lo que necesitan son lectores”, explica Gloria, que acepta con lucidez. En estos momentos ultima en su taller una exposición sobre el exilio español, que mandará a una galería de Londres. Es traductora y artista. Su padre, Francisco García Lorca, hermano de Federico, contrae matrimonio con Laura de los Ríos Giner (hija de Fernando de los Ríos), y en el exilio educan a sus tres hijas, Gloria, Isabel y Laura. Esta dirige la Fundación Federico García Lorca tras recoger el testigo de su tía Isabel García Lorca (la hermana pequeña de Federico).

Gloria define Poeta en Nueva York como un hito para lo que había y lo que iba a venir. Aquel viaje cambió la vida del escritor granadino, la dirección de su obra y la del resto. Vivió Nueva York como la experiencia más importante de su vida y la contempló como una vasta necrópolis, donde dibujó a la muerte como “pequeñas golondrinas con muletas"; “Embozo de horizonte, latido y sepultura”; como “dolor que se acaba y amor que se consume”. No en vano, si se hubiera aceptado el consejo de Pablo Neruda, Poeta en Nueva York debería haberse titulado Introducción a la muerte.

Alegre y aterrorizado

“Nueva York le volvió del revés. Tanto como para empezar a escribir de otra manera. Una escritura más moderna, más propia de la ciudad”, aunque ve en ese libro y en sus cartas a una persona aterrorizada por la máquina de destrucción de derechos y creación de desigualdades que es el capitalismo. “Por otro lado, se lo pasó genial. ¡Era una persona muy alegre! Siempre comentamos cómo debió organizarse para escribir tanto, con tantas inauguraciones, fiestas, teatro…”

En el libro queda radiografiado el entorno y su ánimo –poeta y testigo–, desde la soledad a la depresión, la conciencia del paso del tiempo, la moralidad, la infancia o el grito de horror contra el capitalismo: “Las calles, o mejor dicho, los terribles desfiladeros de rascacielos, estaban en un desorden y un histerismo que solamente viéndolo se podía comprender el sufrimiento y la angustia de la muchedumbre”. Federico escribe a su familia esta carta a los pocos días sobre el crac de Wall Street, jueves y martes negro.

En el reloj de sol de la Universidad de Columbia, otoño de 1929. (AFFGL)
En el reloj de sol de la Universidad de Columbia, otoño de 1929. (AFFGL)

“En medio de la gente y los gritos y el histerismo insoportable, me encontré a una amiga mía que me saludó llorando porque había perdido toda su fortuna, que eran 50 mil dólares. Yo la consolé y otros amigos. Así por todas partes. Gentes desmayadas, bocinas, timbres de teléfono. Son 12 billones de dólares lo que se ha perdido en las jugadas. Se ve y no se cree”, se puede leer en el libro de Christopher Maurer y Andrew A. Anderson, Federico García Lorca en Nueva York y La Habana: cartas y recuerdos (Galaxia Gutenberg).  

Entre 1931 y 1935, Lorca pronunció una conferencia-recital sobre el poemario sin publicar. Aclaraba al arrancar que, en realidad, él sentía Nueva York en un poeta, más que Un poeta en Nueva York. “Los dos elementos que el viajero capta en la gran ciudad son arquitectura extrahumana y ritmo furioso. Geometría y angustia. En una primera ojeada, el ritmo puede parecer alegría, pero cuando se observa el mecanismo de la vida social y la esclavitud dolorosa de hombre y máquina juntos, se comprende aquella típica angustia vacía que hace perdonable, por evasión, hasta el crimen y el bandidaje”, cuenta el poeta, “agotado por el ritmo de los inmensos letreros luminosos de Times Square”, por el “ejército de ventanas donde ni una sola persona tiene tiempo de mirar una nube”.

La dureza sin concesiones en el lenguaje de Poeta en Nueva York es lo que más llama la atención de Gloria, que nació en la ciudad y allí estuvo hasta los 22 años.

¡Ay, Harlem! ¡Ay, Harlem! ¡Ay, Harlem!
No hay angustia comparable a tus rojos oprimidos,
a tu sangre estremecida dentro del eclipse oscuro, 
a tu violencia granate sordomuda en la penumbra, 
a tu gran rey prisionero, con un traje de conserje. 

Los poetas nunca están de más en las ciudades. Que vuelvan los poetas a las calles, a resistir, a cantar las vidas de los ciudadanos. “No se puede hacer desaparecer a Lorca. Es una figura tan poderosa que sigue influyendo en las personas que se acercan a él”. Cuarenta años en silencio no son nada, un pequeño efecto en el alcance universal de una poesía indestructible.

Gloria se despide, en su estudio la luz lo baña todo. El próximo enero se cumplirán 85 años de gran parte de la obra de Lorca, que quedará libre de derechos de autor, aunque la familia asegura que nunca estuvo retenida. Entonces, ya no habrá excusas: “La segunda oportunidad de Lorca dependerá de lo que nosotros queramos que sea nuestro país. Está en nuestras manos, aunque en nuestras manos haya poco”. 

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