ENTREVISTA CON EL ESCRITOR RUSO PIOTR SILAEV

"En los noventa la izquierda eran viejos estalinistas y frikis"

El escritor perseguido por Rusia Piotr Silaev, alias Dj Stalingrad, firma un libro de memorias juveniles sobre subculturas, corrupción institucionalizada y violencia

Foto: Una mujer sostiene un retrato dStalin durante un desfile militar en la Plaza Roja de Moscú (Efe)e
Una mujer sostiene un retrato dStalin durante un desfile militar en la Plaza Roja de Moscú (Efe)e

Cuando el escritor ruso Piotr Silaev entró en aquella habitación de un modesto hostal granadino no sabía que horas después saldría de ella esposado. Había llegado a España de vacaciones el 20 de agosto de 2012 procedente de Finlandia. Este país le había concedido definitivamente el asilo politico el 2 de marzo de 2012. A pesar de que dice que Finlandia “se parece a cómo sería Rusia si no hubiera existido el Partido Comunista: superaburrida”, se refugió allí después de que la policía rusa dictara una orden de busca y captura internacional en agosto de 2010. Sin embargo, cuando hizo check in en ese hostal no sospechaba que la policía española tiraría la puerta abajo en la madrugada posterior, lo esposaría y lo conduciría a la cárcel madrileña de Soto del Real.

Nacido en Moscú en 1985, a Silaev la imagen le debió parecer especialmente pesadillesca. Éxodo, traducido a diversos idiomas y publicado ahora en España por la editorial Automática, es su libro de memorias juveniles, crónica de algaradas, gamberradas y de una lucha antifascista más guiada por la autodefensa que por la ideología. En este libro ya avisa: “Todo el que es soviético de verdad odia a los polis”. Y también: “Uno es lo que viste: no tengo ninguna duda al respecto. Si vas de uniforme, eres un madero; me importa muy poco de quién seas amigo, camarada o hermano: ‘Abono de transporte gratuito, vacaciones pagadas, un traje gratis”.

En Rusia es que a menudo cuando protestas desde la legalidad es cuando afrontas verdaderos problemasSi uno es lo que viste, Silaev ahora no es ese cantante de grupos de punk-rock y hardcore que berreaba descamisado en los conciertos que celebraba en sótanos de toda Europa. Repeinado con la raya al lado, la camisa a cuadros cerrada hasta el penúltimo botón, extrae una porción de snu, ese tabaco oral inspirado en el rapé tan popular en los países escandinavos, y lo coloca debajo del labio superior. “Sí, soy una persona algo diferente. Ahora hasta doy entrevistas”, bromea en una bodega barcelonesa.

Con ese aspecto de doctorando aparentemente amable aparece también en los vídeos de Fairtrials.org, organización desde la que se le ha defendido. Todo esto le ha sucedido a Silaev, que a menudo firmó los primeros textos de este libro en internet como DJ Stalingrad, por participar en julio de 2010 en una manifestación ante el Ayuntamiento de Jimki, al noroeste de Moscú. Protestaban por un proyecto corrupto y contraproducente: la construcción de una autopista que afectaría de forma masiva una zona forestal, principalmente poblada de abedules, en aquella zona.

“Aquella marcha fue totalmente legal. Pero lo que sucede en Rusia es que a menudo cuando protestas desde la legalidad es cuando afrontas verdaderos problemas”, cuenta. Fue acusado de “hooliganism”, algo así como “gamberrismo”, una figura del código penal ruso de difícil traducción (por el momento) en las leyes españolas y por la que puedes afrontar hasta siete años de cárcel. Un ejemplo conocido: cuando en febrero de 2012 las Pussy Riot dieron un concierto en la Catedral de Cristo Salvador de Moscú fueron acusadas precisamente de lo mismo. “No tengo nada que ver con ellas. No me veo como un activista”, sentencia.

Piotr Silaev en una de sus juergas juveniles
Piotr Silaev en una de sus juergas juveniles

La Sala de lo Penal de la Audiencia Nacional dictó un auto en el que denegó la extradición a Rusia de Silaev, apelando al asilo concedido por Finlandia. “Ahora puedo moverme con tranquilidad por Europa, sin miedo”, explica. Por eso está aquí sentado sorbiendo un café y hablando de unas memorias brutales sobre la violencia como único lenguaje.

En ellas, se lee: “Pero entonces, de pronto, lo entendí: fue como si me lo hubieran soplado. Bastaba con agredir a todo el mundo. A todo el mundo”. Y también: “Cualquier mentecato, gánster, nazi, madero o simple palurdo que se llevaba una hostia en todos los morros sin mediar palabra parecía iluminarse de repente”. Y: “Escribo. Recuerdo para olvidar”.

Infancia (o demasiado preparados)

Cuando, el 8 de diciembre de 1991, los presidentes de rusia, Ucrania y Bielorrusia firmaron el Tratado de Belavezha que sellaba la disolución de la Unión Soviética, Silaev tenía apenas seis años. Sin embargo, esa rúbrica marcaría su vida. En su relato personal (la peripecia del personaje siempre desafía al mito oficial) el frío de verdad empezó cuando acabó la Guerra Fría.

En Moscú todo el mundo puede tener carrera universitaria, pero también es pobre. Lo triste es que toda una generación muy preparada rechazó degradarse a la version white trash capitalista y permanecen absolutamente autistasCuando Mijaíl Gorbachov inició su glasnost y su perestroika, Silaev miraba a su alrededor. No entendía, explica en Éxodo, “por qué mi abuelo catedrático de Universidad era tan pobre y por qué los chicos de mi ciudad esnifaban pegamento y querían ser bandidos de mayores”.

“Moscú es una ciudad artificial de científicos. Todo el mundo puede tener carrera universitaria, pero también es pobre. Lo triste es que toda una generación muy preparada rechazó degradarse a la version white trash capitalista y permanecen absolutamente autistas. No quieren intervenir en una vida pública tan siniestra y cutre. Culturalmente mucho más pobre que la de los ochenta. Así que prefieren quedarse en casa. Eso también explica el éxito de internet en Rusia desde un principio, como vía de evasión”, explica.

Según Silaev, de hecho, el mito de la transición hacia el capitalismo es eso: un artefacto de ficción (como el de otras transiciones): “Simplemente las elites se percataron de que era más provechoso ser un magnate neoliberal que un líder comunista”. ¿Explica todo esto una cierta nostalgia por el pasado basada en la ausencia de un futuro halagüeño? “Yo no lo llamaría nostalgia: simplemente quieren que les devuelvan la idea de “vida normal” de la que gozaban a finales de los setenta y en los ochenta”.

Adolescencia (o la necesidad de ser un hooligan)

La escritura espídica, incendiaria y contra todo de Éxodo recuerda a la de un compatriota célebre: Eduard Limónov. Emmanuel Carrère, que firmó la estupenda biografía editada por Anagrama en 2013, decía de ese personaje tan tronado como fascinante que la única leyenda viva que le interesaba era él mismo.

Caía de la URSS
Caía de la URSS

De algún modo, Silaev tampoco se quiere alinear con firmas más o menos conocidas en occidente. “Limonov solo es importante para mí porque emigró a Estados Unidos y fue capaz de volver a la literatura rusa con la influencia de la Generación Beat. Así que nos une el amor por esos escritores”.

Carrère esbozaba en cuatro rasgos el difícil retrato Limonov del siguiente modo: “gamberro en Ucrania, ídolo del underground soviético, mendigo y después ayuda de cámara de un multimillonario de Manhattan; escritor de moda en París; soldado perdido en los Balcanes; y, ahora, en el inmenso desmadre del poscomunismo, viejo jefe carismático de un partido de jóvenes desesperados”.

Importamos todo desde Inglaterra. Por ejemplo las tácticas de guerrilla. Éramos mucho más metódicos que los policías, así que era fácil ganarles la partidaBien, Silaev estaba, como tantos otros, en las manifestaciones del Partido Nacional-Bolchevique. Y así es como lo recuerda: “Uno de esos engendros nacidos de la terrible fractura, del abismo que separaba nuestra refinada educación de las tinieblas de la vida real: Hitler y Salin, la esvástica y la hoz y el martillo se fundían en un éxtasis fantasmagórico en la mente del líder del partido, el escritor Limónov. Era incomprensible, intelectual y brutal”.

Así que el ahora escritor frecuentaba, por inercia, esas manifestaciones del 1 de mayo donde la gente apretaba filas menos por convicción ideológica que porque “iban tan pedo que podrían caerse redondos”. “En los noventa, el movimiento izquierdista estaba representado por viejos estalinistas que habían perdido el juicio y por frikis con opiniones incomprensibles”, explica. Así que iban, casi por matar el tiempo, y desfilaban rodeados “de psicópatas de todo pelaje”. Esto es: cosacos con uniformes falsos y condecoraciones caseras, miembros de las centurias negras, estudiantes ortodoxos escuchimizados.

Silaev nació justo el año que los hooligans del Liverpool se avalanzaron, un 29 de mayo de 1985, contra sus contrincantes de la Juventus y dejaron 39 muertos. Era la consagración pública de la subcultura de los vándalos de las gradas.

El escritor ruso Piotr Silaev
El escritor ruso Piotr Silaev

Todo eso llegó a Rusia más tarde, en los 90. Los hooligans futboleros de Moscú eran de extrema derecha, aunque en muchos casos no vestían las marcas europeas (Lacoste, Ellesse, Sergio Tacchini) de las firmas británicas elegidas en la Europa occidental por la subcultura casual. “Todos entramos de cabeza en la escena hooligan de derechas. Piensa en casi 200 millones de personas desesperadas y sin futuro. Era necesario involucrarse en cualquier tipo de comunidad. Incluso en comunidades criminales o de sectas religiosas raras. Piensa que en esa época estaba de moda por ejemplo la cosa de los Krishna, donde ingresaban hasta delincuentes peligrosos”.

Cuando Silaev tenía 14 o 15 años ser nazi estaba de moda. Muchos de ellos al hacerse mayores entraban en la policía. “Importamos todo desde Inglaterra. Por ejemplo las tácticas de guerrilla. Éramos mucho más metódicos que los policías, así que era fácil ganarles la partida”, dice. Explica el autor que ser de una subcultura en Rusia es casi como un trabajo. Muchas de ellas estaban formadas por universitarios sin blanca que gracias a pertenecer a determinadas comunidades gozaban de más movilidad social y posibilidades de trabajo: “Eso es diferente que en el resto de Europa. En Rusia te daba autoconciencia, protección e incluso posibilidades de futuro”.

Rusia es ese país donde te encarcelan o cosas peores por operar dentro de la legalidad con un discurso crítico. Casi es más efectivo escorarse a lo ilegal y buscarte tu propia protecciónSin embargo, a gente como Silaev todo lo nazi le parecía un “repugnante delirio burgués”. Hasta que al fin entró en escena una alternativa: “A principios de la década del 2000 conocí a los primeros redskins. Empezaron a surgir subculturas antifascistas. Yo no lo dudé. Pero eso sí: los nazis eran decenas de miles y nosotros solo unas docenas”. Ya no abandonaría esos círculos. También ahí afianzó su vocación periodística: “Todos teníamos fanzines, revistas autoeditadas, porque en 2003 o 2004 internet todavía no era masivo. Yo tenía un fanzine de hardcore que llegó a repartir más de un millar de copias. Más adelante algunos grupos multinacionales vieron en Rusia un buen mercado e invirtieron. Parece raro, pero durante mucho tiempo era muy fácil entrar en un medio de comunicación y ganar un buen sueldo”.

 

Madurez (o las subculturas en la red)

Cuando sucedió el episodio que le valió la orden de captura internacional y el dudoso honor de ingresar en la lista de más buscados de su país, Sliaev ya trabajaba como periodista. Pese a su labor en los medios de comunicación, no se siente cercano a víctimas de Vladimir Putin como Anna Politóvskaya: “Rusia es ese país donde te encarcelan o cosas peores por operar dentro de la legalidad con un discurso crítico. Casi es más efectivo escorarse a lo ilegal y buscarte tu propia protección”.

Algo parecido sucede con la cuestión ucraniana y con la anexión rusa de Crimea. Silaev lee ese conflicto con una óptica tan personal como insólita, tan estrambótica como lúcida. Pone el acento, por ejemplo, en las comunidades online que crecen en una sociedad cada vez más atomizada. Por ejemplo, en un foro de armas masivo donde se discute tanto sobre escopetas de caza como sobre drones o sobre coleccionismo de la Segunda Guerra Mundial. “En ese tipo de comunidades fluye el dinero porque compran y venden. Y comparten mucha información. En conflictos como el de Ucrania hay chalados de ese tipo de foros y subculturas de la red poniendo en práctica todo lo que han aprendido. Es como si quisieran jugar al World of Warcraft, pero en la vida real”. 

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