una de sus representantes carga contra la mitificación racista del artista

Basquiat, el triunfo de un artista gracias al racismo

Annina Nosei, una de sus representantes, critica el poso racista de la leyenda en torno a este artista de cuya muerte se cumplen ahora 25 años

Foto: Andy Warhol y Jean-Michel Basquiat, retratados en 1985.
Andy Warhol y Jean-Michel Basquiat, retratados en 1985.

Tuvo lugar el pasado mayo en Nueva York y se reseñó como "la mayor subasta de la historia", nada menos. Con este entusiasmo se expresó ante la prensa Marc Porter, portavoz de Christie's Americas, después de hacer 495 millones de dólares de una sentada, vender 66 de los 70 lotes que sacó y batir todos los records con piezas de Pollock, Picasso o Lichtenstein. La gran estrella de esta orgía del arte, sin embargo, no fue ninguna de ellas, sino el Dustheads de Jean-Michel Basquiat, que se revalorizó durante la puja hasta el límite mismo del ridículo. La pintura de 1982 estaba valorada en 25 millones de dólares, pero se vendió a un comprador anónimo por 48,8 millones –36,5 millones de euros–.

'Dustheads', de Jean-Michel Basquiat, es expuesto durante su subasta en Nueva York el 15 de mayo de 2013. (EFE)
'Dustheads', de Jean-Michel Basquiat, es expuesto durante su subasta en Nueva York el 15 de mayo de 2013. (EFE)

Porque Basquiat era un gran pintor, claro, porque este año se cumplen 25 años de su muerte y sobre todo, por qué no decirlo, porque era negro. Al menos es lo que sostiene su descubridora, Annina Nosei, en una entrevista concedida a la agencia Efe para conmemorar el 25 aniversario de su muerte en 1988, a los 27 años, por sobredosis de heroína. "Piensan que era grafitero porque era negro y los estadounidenses son racistas. Piensan que al ser negro tenía que ser pobre, cuando en realidad venía de una familia de clase media-alta".

Y no, dice Nosei. Ni pobre, ni pionero del graffiti art ni demasiado relacionado con la leyenda que empezó a fraguar tras su muerte pero también durante la propia vida del artista, cuando uno de los mayores críticos de la época, Rene Ricard, le llama "el otro Van Gogh" y dijo que “hemos encontrado el niño radiante del siglo” al exponer Basquiat en la Documenta de Kassel de 1981.

"No había nada de fábula social en su vida y alrededor de su figura se dicen un montón de estupideces", recuerda hoy la galerista italiana. "Sus hermanas iban a la escuela más cara de Nueva York, y su madrastra era una mujer inglesa que escribía sobre jardines". El prejuicio racista, según la experta, conjugado con los intereses de sus patrocinadores eventuales, han sido los que han consolidado la leyenda en torno a la figura de Basquiat.

Una leyenda que, por supuesto, le atribuye casi tantos particulares como cabría esperar del malditismo aplicado a la figura de un joven artista negro, empezando por el grafiti. "No era un artista de grafiti", aclara Nosei. "Escribía poesías sobre el muro, pero no tenía nada que ver con los grafiteros del Bronx, que eran de una generación precedente. Su lenguaje pictórico era arte moderno del siglo XX en estado puro. Como Picasso o Matisse".

Como Picasso o Matisse, de hecho, el neoexpresionista también hizo máscaras con las caras de sus retratos y se dejó influenciar por la estética de las culturas africanas, pero a diferencia de los dos primeros, en Basquiat se dio siempre por sentado que tenía que ver con su origen étnico, algo que por cierto llevaba bastante mal, según su descubridora. "Le ponía de los nervios, se enfadaba. Era muy inteligente y muy sensible a esta discriminación. Todo aquello le generaba un sentido de culpa respecto a otros artistas negros que no tenían dinero".

"Los grandes artistas son también profetas"

"Debería habérmelo esperado dada su última exposición, que era muy dura", dice Nosei sobre la muerte de Basquiat. "Tendría que haber entendido que era el final. Los grandes artistas son también profetas".

Riding with DeathCabalgando con la muerte– fue la última exposición del pintor, que en agosto de 1988 acabó con su vida víctima de una sobredosis a los 27 años de edad. Solo un año antes había muerto su mentor, Andy Warhol, que patrocinó a Basquiat tras su explosión de fama y se convirtió en su valedor en los ambientes artísticos de Nueva York. "Sin él ya no tenía con quien hablar", recuerda Nosei.

Tras años en la segunda fila de la contracultura neoyorquina participando casi exclusivamente en exposiciones colectivas, Basquiat recibió el beso de la Academia de los labios de Rene Ricard al escribir en 1981 The Radian Child, una apología rendida a sus virtudes artísticas. El artículo le catapultó a la fama y le abrió las puertas de las primeras galerías de arte de Estados Unidos, aunque hoy la relación del artista y el crítico se pone en entredicho. Por aquel entonces Basquiat salía con Suzanne Mallouk, entonces asistente de Ricard.

Lo cierto, en todo caso, es que el mismo Dustheads que este mayo se vendió en Nueva York por casi 50 millones de dólares ya marcó otro hito ese año, cuando Nosei lo vendió en su galería de la calle Prince del SoHo neoyorquino por 20.000 dólares, todo un triunfo cuando se trataba de un artista prácticamente desconocido. "Siempre pensé que era un genio, pero nunca que se produciría esa explosión mercantil de su obra".

Basquiat, de ascendencia hatiana por parte de padre y puertorriqueña por parte de madre, partió de su experiencia en las calles –en donde vivió sin techo dos años, no tanto por necesidad como por bohemia, y en cuyas paredes pintó frecuentemente– para hablar de temas sociales y de la actualidad con una estética no rendida, pero sí influenciada, por la del grafiti urbano. También fue en esta primera época, y en particular en sus obras en la calle, cuando Basquiat comenzó a tratar la cultura del consumo, que le acercarían a los postulados de la vanguardia pop.


 

Aunque seguiría hablando de lo mismo, el joven artista derivaría después estéticamente y se preocuparía más por las referencias, bebiendo del africanismo pictórico a través del cubismo y rescatando de su misma biografía la estética del vudú y del indigenismo del Caribe. A través de estas influencias Basquiat comenzó a incorporar temas más universales a sus pinturas y la angustia comenzó a hacerse patente en sus cuadros, en ocasiones piezas complejas y herméticas cargadas del simbolismo que más que leerse, hay que descifrar.

En 1985 Basquiat, cuya adicción a las drogas deteriora su relación con Nosei, comienza a pintar con Warhol en una experiencia no particularmente celebrada por la crítica del momento, pero sí por ambos artistas. Gracias a Warhol el joven hace sus primeras incursiones en el collage, la serigrafía y la pintura mecánica mientras que el consagrado patriarca pop retoma la labor con los pinceles. Warhol también lo introduce en la sociedad neoyorquina y le enseña a dejarse ver por determinados clubes y en la compañía de determinadas personas, una estrategia de autopromoción comercial que llevó al pintor a las portadas –entre otras, a la del dominical del New York Times– y le abrió definitivamente las puertas de estudios, galerías y museos.

Basquiat era grande cuando murió, pero lo fue mucho más después de su muerte, que hizo correr ríos de tinta y alimentó un mito que desde el primer minuto le vendió como un artista maldito. Incluso muchos de los que había renegado de él –su éxito lo fue siempre en oposición al de Keith Haring, un coetáneo salido de la contracultura grafitera, como él, pero intelectualizado y con base teórica– empezaron a alabar el vigor de su obra y la potencia de sus cuadros.

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