Raras y voladoras como mirlos blancos
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LECTURAS RECOMENDADAS

Raras y voladoras como mirlos blancos

No sé por qué será –no, no, no, en realidad creo que lo sé perfectamente-, muchas de las raras aves, de los mirlos blancos, de la

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Raras y voladoras como mirlos blancos

No sé por qué será –no, no, no, en realidad creo que lo sé perfectamente-, muchas de las raras aves, de los mirlos blancos, de la excepciones a la regla, de la literatura son mujeres. 

Raras y voladoras son: Elizabeth Smart y En Grand Central Station me senté y lloré (Periférica) con su desgarramiento, su lenguaje desquiciado de amor y esa visión lírica de una realidad que, lejos de dulcificarse con las metáforas, se hace dolorosa; Joyce Mansour y su aproximación surrealista a la enfermedad, al cáncer, en un extrañísimo libro con título de postre, Islas Flotantes (Periférica); rara y voladora es Uno Chiyo, fashionista y diseñadora de kimonos, y su Historia de una mujer soltera (Lumen); Colette fue rara y voladora en toda la extensión de la palabra pero de modo muy especial en su precioso libro memorístico Lo puro y lo impuro editado por la ya difunta editorial Global Rhythm; raras son Agota Kristof, Ingeborg Bachmann y Brigitte Reimann, autora de quien Bartleby publicó su espléndida novela Los hermanos y que ahora Errata Naturae rescata con la edición de su correspondencia con Hermann Henselmann bajo el título de En la ciudad del mañana. 

Raras y voladoras: a veces, el lenguaje que usamos, sus imágenes, nos traicionan. Porque raras y voladoras son las arpías. Esos animales siniestros que dan miedo. Nadadoras y raras, las sirenas. Seducción y cautela, el irresistible impulso de abrir la puertecita que no debemos abrir. La mujer de Barba Azul. A lo mejor eso es la lectura. Quién sabe. Tampoco es malo provocar desconfianza, incertidumbre, incluso un poquito de temor. Escritoras, arpías, raras, voladoras.

Mirlos blancos

Las escritoras a menudo son los mirlos blancos que se posan en los cables eléctricos. Cantan o pían o hacen lo que hagan los mirlos desde la periferia del canon. Siempre están entre paréntesis o son un paréntesis. Las leyes se escriben en otra parte y resulta muy difícil catalogarlas, pincharles un alfiler en el tórax y escribir su especie y su género en la correspondiente cartulina antes de meterlas en la vitrina expositora. 

También sucede en España que es un hábitat donde abunda esta excéntrica especie ornitológica o entomológica o ictiológica: tengan la curiosidad de leer a Berta Vías (Venían a buscarlo a él, en Acantilado), a Pilar Adón (El mes más cruel, en Impedimenta), a Esther García Llovet (Las crudas, en Ediciones del viento), a Blanca Riestra (Vuelo diurno, en Caja de cartón). Léanlas. A lo mejor, se quedan con la boca abierta.

Más raras que perros verdes 

Más rara que un perro verde fue siempre la Duras con esa prosa quirúrgica, esa fría prosa-bisturí que se mete entre las uñas como una esquirla de aluminio. Y luego está la rara inaugural o madre de todas las raras, Murasaki Shikibu con su Novela de Genji, siglo X, Japón: una saga familiar donde, según Marguerite Yourcenar, están encerradas todas las posibles historias galantes, todas las posibles historias de amor, de la literatura occidental de los siglos posteriores. 

Cada concubina del príncipe Genji tiene un jardín diseñado en sintonía con su carácter: para la esposa preferida, Murasaki, el jardín de primavera; para Hanashirusuato, el jardín de verano. Destino sacó una edición de La novela de Genji llena de erratas. Creo que también Atalanta ha abierto un hueco en su catálogo para el Genji Monogatari

A las poetas ni las menciono porque merecen un capítulo aparte en la enciclopedia de mujeres voladoras y raras -¿raras?, ¿según quién?-. Voladora y rara fue también Kate Chopin que escribió excelentes relatos y una de las más sensuales y desinhibidas novelas decimonónicas de adulterio, El despertar (Alba).

Voladoras y raras son las escritoras que Luis Magrinyà saca a la luz, desempolva, exhibe en el expositor de su colección Rara Avis de la editorial Alba: Florence Marryatt con El mensaje del muerto, un ejercicio de proselitismo espiritista que despierta en el lector la duda de si existe la posibilidad de que los letraheridos, los cienciaheridos, los workaholic, los fanáticos de cualquier disciplina que ensimisme y conduzca a sus practicantes a vivir en un constante plano imaginario –vivir dentro de metáforas y algoritmos sin poner jamás los pies en la tierra- pueden llegar a ser buenas personas; Margaret Drubble, hermana de Antonia S. Byatt, con La piedra de moler, una curiosa novela sobre educación, sexo, maternidad y seguridad social narrada con sentido del humor, que llega a la maravillosa conclusión de que si determinado tipo de persona pidiera más favores, tal vez se sentiría más cerca de la gente y tendría mejor opinión de ella; y Barbara Comyns de quien Rara Avis ha rescatado dos libros: Y las cucharillas eran de Woolworths, donde relata su fracasado matrimonio con un artista; y La hija del veterinario, el libro que hoy ocupa el puesto de honor de estas raras y voladoras -¿volanderas?- recomendaciones. 

La hija del veterinario

Desconcertante es el adjetivo que mejor le cuadra a esta narración donde se funden el relato de las penurias casi dickensianas de infancia y adolescencia, y momentos que bordean el filo de lo sobrenatural con ese tono –otra vez, volador y volandero- de Trilby de George du Maurier, una novela imprescindible que hace algunos años publicó Funambulista. 

En La hija del veterinario se produce una feliz confusión entre realismo mágico y realismo triste: la realidad se retrata sin dramatismo mientras el lector se enfrenta a un punto de vista peculiar, el de la mirada de Alice, la narradora, que nos coloca unos ojos postizos que son como los del Lobo de Caperucita. Para verte mejor. A veces también la ingenuidad es un modo de lucidez que infunde temor.  A veces también la ingenuidad es un modo de lucidez que infunde temor

En La hija del veterinario se palpa la falta de amor, el frío, el carácter ejemplar de esos cuentos que, al menos yo cuando era niña, no quería leer porque me daban demasiada pena: La fosforerita de Hans Christian Andersen y la historia de aquella pobre golondrina exhausta de El príncipe feliz de Oscar Wilde

Una madrastra cabaretera

Me saltaba las páginas de las versiones troqueladas que exhibían el lado poético de la muerte y me estremecía con  la crueldad incomprensible de las madrastras de Blancanieves o Cenicienta, terribles madres postizas llevadas a la casa por padres pusilánimes, muertos, desaparecidos… 

Pero este libro no va exactamente de eso. Aunque haya un padre malvado que odia a su hija por razones que el lector no alcanza a comprender y la hija trabaje mucho y esté rodeada de animalitos a los que no hace tanto caso como esas princesas Disney que charlan con ratones y se quede huérfana de madre y pulule por allí una madrastrona bastante cabaretera, un príncipe azul ineficaz a quien la narradora coloca el mote de “Ojitos” y una asistenta, la señora Churchill, que a veces parece un hada madrina de perfil bajo. 

El mundo que rodea a Alice, la narradora protagonista de esta historia, es tenebroso y asfixiante: se oye el estertor de la madre moribunda; el amor de Ojitos sobra, el de Curthbert es violento y el de Nicholas traumático; la presencia de Rose, la madrastrona, es soez, ominosa; los animales más dulces y vulnerables acaban en el saco del vivisector. En esas condiciones, la única salida posible para Alice sería objeto de un programa de Iker Jiménez. Pero incluso esa salida tan poco convencional, a través de la pluma incisivamente ingenua de Comyns, se comercializa, se abarata, se coloca a ras del suelo, se hace grotesca.  

Me parece que Barbara Comyns con una lucidez y una capacidad de vaticinar el futuro fuera de lo común, nos habla de los friquis. O de cómo acabamos convirtiéndonos en uno de ellos. O de qué factores constituyen la idiosincrasia friqui. A saber: ¿el odio paterno?, ¿algún componente de tipo freudiano?, ¿la edad?, ¿el género?, ¿la clase social?, ¿los oficios?, ¿la orfandad?, ¿ser demasiado rubia?, ¿los fracasos sentimentales?, ¿la conducta sexual?, ¿la facultad para la levitación, la hipnosis o la interpretación de los posos de té?, ¿el amor al circo?, ¿las gafas de culo de vaso?, ¿la belleza?, ¿una joroba?, ¿ser sordomudo? La hija del veterinario nos plantea, además de las anteriores, una pregunta clave: ¿se puede hablar desde el otro lado de la muerte? Demasiadas preguntas interesantes como para pasar por alto este libro.