UN LIBRO REVISA EL HOMENAJE DE HOLLYWOOD AL DIRECTOR ARAGONÉS

Buñuel, Hitchcock y Dalí, una relación tortuosa

Imagine que le montan una fiesta/comida sorpresa en una mansión decadente y rococó y aparecen por la puerta John Ford y Alfred Hitchcock. No dos tipos

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Buñuel, Hitchcock y Dalí, una relación tortuosa
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Imagine que le montan una fiesta/comida sorpresa en una mansión decadente y rococó y aparecen por la puerta John Ford y Alfred Hitchcock. No dos tipos que se parecen mucho a Ford y Hitchcock, sino Ford y Hitchcock. Qué pasmo, ¿no? No si uno se llama Luis Buñuel, tiene su carrera encarrilada en Europa y está un poco de vuelta de todo… 

Una fotografía inmortalizó ese histórico evento de noviembre de 1972. Atentos a la alineación. De pie: Robert Mulligan, William Wyler, George Cukor, Robert Wise, Jean-Claude Carrière y Serge Silverman. Sentados: George Stevens, Rouben Mamoulian, Luis Buñuel, Alfred Hitchcock y Billy Wilder. John Ford no salió en la foto porque se retiró a las postres. Resumiendo, si alguien hubiera puesto una bomba en la comida en la que Hollywood homenajeó a Buñuel, habría acabado con la Historia del cine clásico. Lo cuenta Manuel Hidalgo en El banquete de los genios(Península), que llega a las librerías unas semanas antes del 30 aniversario de la muerte de Buñuel.

El director aragonés, del que el 29 de julio se cumplen 30 años de su fallecimiento, estaba en Los Ángeles para asistir a la presentación de El discreto encanto de la burguesía en el Filmex. George Cukor, director de Historias de Filadelfia y La costilla de Adán (que se dice pronto), le invitó a comer en su mansión en las colinas de Hollywood. Y llamó a toda la tropa del cine clásico que aún estaba en pie.  

Cukor venía celebrando saraos allí desde de los años treinta. Una finca de dos hectáreas y media que, según Hidalgo, “disponía de patios, terrazas, fuentes y estatuas de mármol procedentes de Grecia e Italia” y parecía un “abigarrado decorado rococó”. “Como dijo Joseph L. Mankiewicz, en el 9166 de Cordell Drive se reunía ‘la flor y nata’ de Hollywood y de más allá en fiestas y comidas en las que George Cukor era, en palabras del director de Eva al desnudo (1950), ‘la reina del gallinero’”.

Cukor, que no bebía alcohol, solía convocar a las vacas sagradas de Hollywood los domingos a mediodía. Según avanzaba el día, se calentaba el ambiente: “Cukor, en guateques más discretos todavía, convocaba también los domingos, al caer la tarde, en torno a un bufé  y al borde de la piscina, a sus amigos gays junto a jóvenes extras, figurantes, actorcillos, modelos de revistas pornográficas o, directamente, chaperos de mayor o menor tronío. Los invitados del mediodía ya se habían ido y el servicio tenía la jornada libre”, se explica en el libro.    

Cukor, que no conocía a Buñuel, le invitó a comer sin ofrecerle más detalles. El director se presentó con Serge Silberman, Jean-Claude Carrière  (productor y guionista de El discreto encanto de la burguesía) y su hijo Rafael Buñuel.  Llegaron los primeros. Luego entrarían por la puerta Hitchcock, Ford y compañía. Buñuel lo resumió así en sus memorias: “Una extraña reunión de fantasmas que nunca se habían encontrado así reunidos y que hablaban todos de los good old days, de los buenos tiempos”.

“Creía que Ford ignoraba mi existencia”, narró Buñuel en Mi último suspiró (1982), donde describió al rey del wenstern como “un viejo espectro vacilante, con un parche en el ojo”.

Ford estaba consumido, en la fase final de un cáncer que le fulminaría pocos meses después. Hitchcock, por su parte, pidió sentarse junto a Buñuel y le habló de vinos, de dietas y de su fascinación por la pierna amputada de Catherine Deneuve en Tristana (1970). Preguntado una vez por los directores a los que más admiraba, Hitchcock respondió: “Aparte de mí, Buñuel”.De todos los presentes el que mejor conocía la obra de Buñuel era Hitchcock

“De todos los presentes el que mejor conocía la obra de Buñuel era Hitchcock”, explica Hidalgo a El Confidencial. “Compartían fetichismo y mirada vidriosa hacia la mujeres. También algunas coincidencias biográficas: educación católica, paso por los jesuitas, obsesión por el sexo, la religión y la muerte”.

Con todo, Buñuel había asegurado años antes que Hitchcock no le gustaba “nada”. Un declaración que Hidalgo interpreta, “con cierto riesgo”, en clave de resentimiento personal. “Buñuel era a veces irascible y rencoroso. Puede que aún le cabreara que Hitchcock contratara a Dalí para los decorados oníricos de Recuerda (1945). Quizás seguía picado con Hitchcock”, razona.

Buñuel y Dalí, la extraña pareja

La historia del desencuentro entre Buñuel y Dalí es la historia del desencuentro entre Buñuel y Hollywood. La comida de 1972 fue el irónico final feliz de una relación tortuosa.  

Buñuel intentó hacer las Américas en diciembre de 1930, a los treinta años, cuando el delegado en Europa de la MGM le invitó a Hollywood tras ver La edad de oro. Un contrato de 250 dólares a la semana por seis meses en los que podría merodear por estudios y rodajes. Nada en claro salió de todo aquello y Buñuel volvió a Europa con las manos vacías. “Tenía expectativas de hacer carrera ahí, sino no hubiera ido. Se mostró entre gamberro y despreocupado; luego lo intentaría con más ahínco”, aclara Hidalgo.

Más desencuentros. Tras estallar la Guerra Civil, Buñuel aterrizó en Hollywood con unos pocos duros. Corría el año 1938. Fue acogido por Frank Davis, su antiguo jefe en la MGM y simpatizante comunista, que le contrató para supervisar el guion y el rodaje de un filme sobre los niños de la guerra evacuados desde Bilbao: Cargo of Innocence. Nunca se rodó. Washington decretó que “Hollywood debía abandonar la producción de películas sobre la Guerra civil española”. Otra vez en la meca del cine sin nada que hacer.Una extraña reunión de fantasmas que nunca se habían encontrado así reunidos y que hablaban todos de los good old days, de los buenos tiempos

Y el colofón. A principios de los años cuarenta, el MoMA contrató a Buñuel para seleccionar películas de propaganda antinazi. También se encargó de supervisar documentales para la OIIA, agencia de asuntos interamericanos que dirigía Nelson Rockefeller. La cosa acabó como el rosario de la aurora. “En el clima político previo a la ‘caza de brujas’, los comentarios de Salvador Dalí sobre el anticlericalismo de Buñuel en su libro La vida secreta de Salvador Dalí (publicado en inglés en  octubre de 1942), las campañas de sectores ultracatólicos y un artículo de la revista Motion Picture Herald contra La edad de oro y su director crean una situación de acoso y escándalo que lleva a Buñuel a dimitir, el 30 de junio de 1943, de su puesto en el MoMA, pese al criterio del director del museo, que le aconseja resistir…”.

La amistad entre Buñuel y Dalí, que en 1929 habían escrito mano a mano Un perro andaluz, se vino abajo. “Buñuel cita a salvador Dalí en el bar del Hotel Sherry Netherlands, dispuesto a pegarle. Cree que está en la calle por su culpa, una imputación excesiva a juicio de los historiadores. Dalí le dice: ‘Escucha, he escrito ese libro para hacerme un pedestal a mí mismo. No para hacértelo a ti’. Buñuel escribe en sus memorias que, con ayuda del champán y de los recuerdos, se separan ‘casi amigos, pero la ruptura es profunda’. Solo volverían a verse una sola vez más en sus vidas”, escribe Hidalgo.

Reencuentro con Hollywood

Luego llegaría la resurrección de su carrera como director de cine en los años cincuenta. Primero en México y luego en Francia. Convertido en un icono del cine de autor en los setenta, se dejó caer por la mansión de Cukor.

El país y la industria del cine que no supieron aprovechar su talento cuatro décadas atrás consagran por fin a Buñuel“El país y la industria del cine que no supieron aprovechar su talento cuatro décadas atrás consagran por fin a Buñuel como un gran director, como uno de ‘los nuestros’, con muchas comillas. Es una culminación, un colofón. Una victoria tardía después de una sucesión de contratiempos, sinsabores y  desaires. Buñuel, en varios momentos de su vida -en otros, no-, hubiera querido ser uno de aquellos directores que ahora le acompañaban en el comedor de Cordell Drive, haber llegado de fuera -como varios de ellos- y haber podido desarrollar una carrera personal en Hollywood. 

Buñuel no reconocerá eso con claridad jamás. Y, desde  luego, si lo pensó y se lamentó en su día por ello, hacía mucho tiempo que, al hilo del curso inevitable y crecientemente positivo de las circunstancias, había dejado de tenerlo en la cabeza.  De cualquier modo, lo aceptara o no, aquella  calurosa acogida de sus colegas contenía abundantes dosis de resarcimiento de los infortunios de un imposible ya remoto”, zanja el libro.

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