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Extrañas familias, sexo y gallinas

Dos autores jóvenes, Matías Candeira y Pelayo Cardelús, se aproximan a las constelaciones familiares, incluso e concepto mismo de familia, a través de dos

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Dos autores jóvenes, Matías Candeira y Pelayo Cardelús, se aproximan a las constelaciones familiares, incluso e concepto mismo de familia, a través de dos filtros que dinamitan los tópicos: el terror y el sexo. El primero nos perturba con los relatos de Todo irá bien (Salto de página); el segundo, tras la estupenda recepción de El esqueleto de los guisantes, cortocircuita algunos de nuestros prejuicios con su segunda novela: Las vacaciones de Íñigo y Laura (Caballo de Troya).

Gallinas gigantes

En Todo irá bien, Matías Candeira aborda el asunto, siempre frágil y combustible, de los lazos de sangre –nunca mejor dicho- a través de la mirilla, angustiada y cómica, del horror. Nos instala en un apocalipsis donde se produce una relación de sinonimia entre miedo y felicidad. Candeira perturba a sus lectores desde ese título donde la promesa de que “todo irá bien” es el anuncio de un peligro inminente: nos acaban de descubrir un tumor cuya sanación depende de mil lanzadas contra las partes sensibles de nuestra carne. 

Candeira sabe construir la morbidez de la carne, la naturaleza de filos y heridas, los líquidos corporales y la descomposición. Todo irá bien es una llamada a la tranquilidad que nos obliga a estar alerta. Porque sabemos que el niño que va a nacer viene de nalgas, que se ha acabado el láudano y que unas gallinas gigantes –las de la portada- han invadido las arterias de la ciudad. 

Las gallinas puedan empezar a picotear los cráneos de los ciudadanos, como si los cráneos fuesen un huevo crudo. El paisaje urbano tiene los letreros al revés. Inversiones malignas y reflejos que nos llevan a concluir que pocas veces un libro se pareció tanto a una casa torcida. Como la de una novela de Agatha Christie. Como la nariz de uno de los niños de Todo irá bien.

Gólgota

De entre todos los relatos, me gusta mucho “Gólgota”. Insensibles (Juan Carlos Medina), una película centrada en el tema de la memoria histórica, comparte con “Gólgota” su acercamiento al tema de la insensibilidad como forma de erotismo: mutilación y laceración son prácticas hedonistas. La proximidad de dolor y placer cristaliza en la paradoja metafórica que a menudo usamos para definir el amor. La insensibilidad como modalidad negativa de esa hiperestesia que caracteriza a alguno de los grandes personajes del horror -¿se acuerdan de Roderick Usher en La caída de la casa Usher?- logra que lo normal se extrañe y se cuestionen los límites que separan las palabras. Candeira nos invita a asomarnos por ventanas peligrosas para nuestra integridad física. Y moral. 

Me parece que en el terror siempre subyace una metáfora política: lo extraño, lo ajeno y lo distópico como síntomas de una enfermedad sistémica. No creo que podamos quedarnos solo en la capita cerúlea que cubre las figuras del museo de los horrores. Estaríamos leyendo artificiosamente. Hipnotizados por una parafernalia que resulta lucida. Hay que arañar hasta el hueso porque en casi todos los relatos de Todo irá bien se habla de instinto de protección, educación y depravación. De dones y carencias. La tara o el regalo. La normalidad o la locura. La salud o la enfermedad. La crueldad y la compasión. 

La familia es un refugio rodeado de esa pelusa con la que el hámster protege los tesoros que encuentra por la casa. Bajo estos escritos se esconden acuciantes signos de interrogación: ¿qué es querer?, ¿son el amor y la familia los espacios privilegiados del horror?, ¿es solo allí donde las cosas familiares se vuelven extrañas dejando que saque la cabecita, entre dos tablones separados del parqué, el gusano de lo siniestro, de lo que no debería ser visto ni nombrado?, ¿es bueno mirar de frente la herida?, ¿meter el dedo dentro de ella?, ¿podemos hacer eso con las palabras o se nos castigará por crueles, por morbosos, por no apartar los ojos de la luz?

No se lo enseñes a nadie

Candeira nos sitúa en un umbral peligroso. Hablamos del tabú, de las palabras que no pueden ser pronunciadas, de lo que no está escrito, de lo que de ser revelado sería devastador: de lo siniestro que debe seguir siendo impronunciable para ser siniestro. La circularidad del pánico. Todo eso que no se puede verbalizar y que, no obstante, da lugar a un montón de relatos. No se lo enseñes a nadie es otro de mis cuentos favoritos. Con los libros de cuentos sucede como con las cajas de bombones. No coges el de chocolate blanco ni el de la avellana encima. Coges el de licor y en esa elección muestras la aguardentosa exquisitez de tu personalidad. 

No se lo enseñes a nadie es un cuento que habla de lo obsceno. De la depravación que no proviene de los extraños, sino de esos alienígenas que habitan nuestra casa y son sangre de nuestra sangre: padres, madres, hijos. Me acuerdo de Miles, el niño de Otra vuelta de tuerca, expulsado del colegio por “contarles historias a sus preferidos”: las mismas historias que tal vez le habían agusanado a él el corazón narradas por Peter Quint… En este relato también hay reminiscencias de El grabado de Montague Rhodes (Valdemar).

Todo eso deviene en una certera crítica familiar y en la lección de que acaso la escritura sea siempre un espejo donde las realidades se reflejan torcidas. Mensajes demoniacos que esconden los acordes de un grupo de rock si oímos el vinilo al revés. Candeira hereda ese tono del Polanski de La semilla del diablo. Sobre todo en Los que vuelven, una mezcla macabra de Nathaniel Hawthorne y estética zombi, ternura de los monstruos y monstruosidad de los tiernos, que produce angustia y nos hace cosquillas en la planta de los pies.

Vacaciones en el mar

Íñigo y Laura son un matrimonio de treintañeros que, después de mucho intentarlo, va a tener una hija. Ella está embarazada y él tiene la sensación de que tal vez de ahora en adelante nada volverá a ser lo mismo. Renuncian a un viaje a Grecia que habían pensado emprender y optan por la tranquilidad playera de Zahara de los Atunes. Hasta aquí todo normal, pero mucho cuidado porque bajo la normalidad anidan los ácaros, las frases hechas del mundo en que vivimos e incluso algún comportamiento sorprendente que no vamos a desvelar. 

La trama que dibuja Cardelús gira en torno a ciertos asuntos de prestigio literario como el deseo y la repetición, la relación entre el sexo y la paternidad, el matrimonio como institución liberadora o restrictiva que neutraliza la pulsión sexual, el hastío o las cosas que no son lo que parecen ser. Sobre si es correcto desear a tu propia esposa. En algún tramo de la narración, se adopta el tono de la novela galante dieciochesca, de esa forma instructiva de la pornografía donde cada hombre se hace Pigmalión de inexpertas mujeres en sus viajes iniciáticos hacia el sexo. 

Y, en este punto, como en casi toda la pornografía ilustrada late el contraste entre naturaleza y civilización que alimenta cualquier proyecto educativo o rito iniciático. Un contraste, que en el caso de Las vacaciones de Íñigo y Laura, nos lleva a reforzar la impresión de que no hay estado más artificioso que el desnudo: así lo comenta también Carlos Pardo en Vida de Pablo (Periférica), en un pasaje donde los protagonistas, igual que Íñigo y Laura, pasan el día en una playa nudista de Canarias.

El pánico de ser grabado

La narración se lleva a cabo desde la metáfora batailleana del ojo: el punto de vista que transforma en objetos los sujetos contemplados. Que cosifica y empaqueta los nombres de las personas que inspiran nuestro amor, de modo que amar es una forma de poseer, celar, poner precio, tener prestigio, verse agobiado por la urgencia de contratar un segurata que guarde como oro en paño las joyas de la corona. Aproximaciones a la teoría del amor que reconocemos en la obra de Sartre, Sábato, Onetti. De Foulcault que censuró el hecho de que el ser humano se comportase cada vez más como una empresa. 

Al lado de todo ello, las reflexiones de Íñigo son grabadas por la cámara de ese narrador omnisciente que le roba el alma cada vez que lo mira. Que lo deja encerrado en su caja negra mientras Íñigo viste y desviste a su mujer decenas de veces en la playa: le desabrocha la parte de arriba del bikini, se la vuelve a abrochar, le da cremita, le mete la parte del bikini entre la raja que separa dos nalgas bien redondeadas. Iñigo manipula el cuerpo de una de esas diosas que se ensucian solo con mirarlas: como Teresa en el Canto a Teresa de Espronceda, otro ejemplo de cómo los hombres más progresistas son insensibles a las cuestiones de género.

Como Landa o Woody Allen

Parece que es Íñigo quien decide sobre la oportunidad y conveniencia del desnudo de su mujer. La viste y la desviste. Como Goya a sus Majas. A veces nos recuerda a Alfredo Landa y, a veces, a Woody Allen: el efecto que provoca en el lector es el de una ternura combinada con un ramalazo abyecto que posiblemente defina el machismo basal de nuestras sociedades. Iñigo, como autor de un esbozo de novela y de una teoría sobre el deseo en la actualidad que se incluyen en este libro, es consciente de la perversidad del capitalismo y de su capacidad para proyectarse en nuestros sentimientos y deseos. 

Pese a ese nivel de autoconciencia, no puede dejar de comportarse como un hombre que cela a su mujer y que para protegerse del dolor, incluso del miedo a perder, opta por la vía del estoicismo a través de las palabras interpuestas de Schopenhauer: el deseo no da la felicidad, sino todo lo contrario. Otro mantra se escucha a lo largo del texto como posible clave interpretativa: atraer lo que se teme, repeler lo que se desea, la maldición magnética de esas profecías de autocumplimiento presentes en Edipo Rey.

Iñigo observa, se autoanaliza, prorratea posibilidades, esboza novelas, teoriza sobre el deseo hoy para concluir que la adicción sexual no es un problema psicológico, sino económico y cultural: el sexo es la única fuente de placer en un mundo cada vez más alienante e insatisfactorio. Iñigo es posiblemente un bobo, una víctima involuntaria de su machismo occipital y genético: en esta novela el lector descubre con cierta satisfacción que Laura no ha sido solo el receptáculo de la hija y el cuerpo parafinado que se deja vestir y desvestir por los caprichos de un amante esposo. 

Al final de leer Las vacaciones de Íñigo y Laura, se me ha formado en la cabeza una gran interrogación que vuelve a expresar la eterna y fructífera contradicción entre Marx y Weber: ¿la propiedad privada nos hace puritanos –ésa sería la tesis marxiana- o es el puritanismo el que apuntala la propiedad privada –ésta sería la tesis weberiana-? Les aseguro que la respuesta no tiene nada que ver con el asunto de la gallina y del huevo. Y qué curioso que, aquí, otra vez, aparezca la gallina... 

Cultura
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