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La verdad, toda la verdad y nada más que la verdad de Edward Hopper
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EL WHITNEY MUSEUM DE NUEVA YORK REÚNE 200 BOCETOS Y DIBUJOS DEL PINTOR

La verdad, toda la verdad y nada más que la verdad de Edward Hopper

Ningún gran pintor lo es sin ser antes un gran dibujante, y la razón es simple. Aunque en la escuela enseñan que hay que bocetar para

Ningún gran pintor lo es sin ser antes un gran dibujante, y la razón es simple. Aunque en la escuela enseñan que hay que bocetar para acometer debidamente las competencias técnicas de la representación –la composición, la proporción, la perspectiva–, la realidad es que el dibujo sirve de forma determinante para dotar a la obra de su dimensión psicológica, precisamente la que diferencia a un pintor de un gran pintor. Nadie acierta a la primera –al menos, nadie está obligado a hacerlo– con arcanos tan enigmáticos como el tamaño preciso que ha de tener el brillo sobre una pupila, por ejemplo, o el ángulo exacto con el que tiene que mirar un personaje. Y lo que está en juego en ello no es ninguna tontería. Serán esos detalles los que decidan si el cuadro tiene o no tiene vida.

A los artistas, sin embargo, con frecuencia no les gusta enseñar esta trastienda de sus cuadros, quizá porque son técnicamente menores que los mismos, quizá porque los bocetos hablan con más elocuencia de sus autores que los propios cuadros. Fue por esa razón que Edward Hopper guardó para sí sus propios bosquejos en lápiz, carboncillo, tiza y hasta acuarela, o al menos así lo anunció este miércoles Carter Foster, el comisario de la exposición que desde esta semana exhibe 200 de ellos en Nueva York. 

"Estos dibujos eran para Hopper algo que mantenía en privado", explicó Carter a la prensa. "No solía enseñarlos, se los quedó para sí, porque los consideraba un trabajo al que no tenía que dar mucha importancia". 

Tras la muerte del pintor en 1967 su viuda, Josephine Hopper, donó los dibujos de Hopper al target="">Whitney Museum of American Art, el espacio que expuso a Hopper por primera vez en 1920 y al que el artista profesaba un cariño especial. No debe extrañar, por tanto, que sean ellos los elegidos para desnudar su proceso creativo hasta el próximo 6 de octubre u "ofrecer un viaje por su mente", usando las propias palabras del director de la institución, Adam Weingberg.

"Alguien me preguntó hace poco si Hopper no tenía diario y yo le respondí que estos dibujos eran su diario", detalló ayer el comisario, para quien Hopper Drawings, que así se titula la colección, establece un diálogo con algunos de los cuadros del autor de Nighthawks o Despacho en una ciudad pequeña, algunos de los cuales se exponen también justo a sus respectivos estudios. "Si sus cuadros son el músculo de su obra, estos dibujos son los tendones que lo conectan al hueso", añadió.

El gran retratista de la soledad

De esta manera, en las ocho salas que componen la exposición una central ofrece una pequeña muestra de sus distintas aproximaciones al arte del dibujo y las otras siete abren el proceso cronológico de sus bocetos en carboncillo, tinta o tiza, expuestos junto a las obras finales ya sobre lienzo.

Esa aportación suma el elemento hipnótico a Nighthawks, por ejemplo, donde retrataba a ese hombre solitario apostado de espaldas en la barra de un bar. Mientras los bocetos muestran cómo hasta el último salero había sido minuciosamente estudiado y ensayado por Hopper, la luz fría y la distancia impuesta por el cristal creaban el discurso emocional bajo la escena aparentemente aséptica. Y así, otros bosquejos describen a Hopper como "un minucioso trabajador" que no dejaba al azar la perspectiva de New York Movie o la melancolía de una gasolinera vacía.

La exposición del maestro estadounidense también pasea por sus viajes a París, donde se vio influido por el impresionismo en y pintó cuadros como Soir Bleu en 1914 o se detiene en sorprendentes rarezas, como algunos autorretratos o pequeños detalles de su sobria casa en la neoyorquina Washington Square.


Y también estudios de las manos de su esposa, caricaturas grotescas diametralmente opuestas a su estilo habitual o incluso una copia en tinta del cuadro de El flautista, de Edouard Manet.

Desde el Museo Whitney se señalan además la influencia de Hopper en la pintura, la fotografía y el cine posteriores, en artistas como Alfred Hitchcock o David Lynch, así como en el pintor David Hockney, de quien también presentaron este miércoles su videoinstalación The Jugglers, que a través de dieciocho cámaras muestra a doce malabaristas que han sido filmados en Los Ángeles y en Yorkshire, Reino Unido.

Ningún gran pintor lo es sin ser antes un gran dibujante, y la razón es simple. Aunque en la escuela enseñan que hay que bocetar para acometer debidamente las competencias técnicas de la representación –la composición, la proporción, la perspectiva–, la realidad es que el dibujo sirve de forma determinante para dotar a la obra de su dimensión psicológica, precisamente la que diferencia a un pintor de un gran pintor. Nadie acierta a la primera –al menos, nadie está obligado a hacerlo– con arcanos tan enigmáticos como el tamaño preciso que ha de tener el brillo sobre una pupila, por ejemplo, o el ángulo exacto con el que tiene que mirar un personaje. Y lo que está en juego en ello no es ninguna tontería. Serán esos detalles los que decidan si el cuadro tiene o no tiene vida.