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Todo lo horrible que se esconde tras la risa
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HOLDEN CAULFIELD Y SUS ÚLTIMOS DESCENDIENTES

Todo lo horrible que se esconde tras la risa

En 1951 Salinger publica El guardián entre el centeno (Alianza). La novela narra la bajada a los infiernos de un muchacho de buena familia, Holden Caulfield.

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Todo lo horrible que se esconde tras la risa

En 1951 Salinger publica El guardián entre el centeno (Alianza). La novela narra la bajada a los infiernos de un muchacho de buena familia, Holden Caulfield. En el infierno moran las prostitutas, los músicos de jazz que hacen florituras al final de los compases, los profesores enrollados y el fantasma de un hermano muerto del que se hereda un guante de béisbol. Holden se pierde por Nueva York buscando a alguien con quien hablar. Pero la gente solo suelta chorradas o frases hechas. La sociedad es un conglomerado hostil que pervierte a sus criaturas: Holden tiene miedo de crecer porque crecer es un modo de morir. El crecimiento y el sexo te alejan de un origen en el que el individuo es auténtico: la infancia, ese jardín que debe protegerse a toda costa. Holden mira cómo su hermanita Phoebe da vueltas en el tiovivo. El tiempo queda congelado. Pero es mentira. Holden es un juez demasiado sensible. Un visionario con un particular sentido del humor.

Esta novela es un canto bastante enfermizo a la misantropía. La misantropía no es una opción excelente, sino la única posible para Holden en un mundo que le condena a la neurosis o a la soledad. Tal vez el canturreo que se adivina bajo la verborrea del narrador justifique el gusto por esta novela de ciertos magnicidas y asesinos en serie. Más allá de la leyenda sensacionalista y negra, más allá de la misantropía de Salinger, El guardián entre el centeno nos coloca en la incómoda posición de sentirnos frágiles en una sociedad de vínculos familiares y afectivos falsos, que practica un arte falso cuya máxima expresión se llama cine.

Un paisaje lleno de agujeros

Como Holden, James, el lúcido narrador de Algún día todo este dolor te será útil (Libros del Asteroide), a ratos puede ser sarcástico y divertido, o muy sensible con los seres vulnerables: el papel de la hermanita de Holden lo asume aquí Nanette, la abuela de James. Se ha operado un cambio en la percepción de la vulnerabilidad, que se traslada de la infancia a la vejez en este país donde todos somos viejos. Y estamos solos y desasistidos. 

Igual que Holden, James se ha criado en el seno de una buena y desestructurada familia. Quizá es que lo uno lleva a lo otro como saben todos los que piensan que la máxima de que “los ricos también lloran” se cumple a rajatabla. Tal vez, James sea más exquisito que Holden, pero es que tiene tres años más que el personaje de Salinger y tres años curten mucho ciertas pieles. Tanto Holden como James utilizan la psicoterapia después de haber vivido episodios psicóticos. Ambos tienen tendencia al escapismo académico y a las desapariciones. A James no le gusta hablar, pero lo hace de maravilla; Holden habla por los codos, pero no le sirve de nada. Holden se resiste a perder la inocencia y James es un viejo prematuro.El miedo a la sexualidad y el trauma posbélico son dos temas que emanan de la novela de Peter Cameron

Sin embargo, hay dos temas en Algún día todo este dolor te será útil que salen de la masa sumergida del iceberg de la novela de Salinger para dar entidad a la de Cameron: el miedo a la sexualidad, en general, y al fantasma de la homosexualidad en particular; y, sobre todo, el trauma posbélico que, en el caso de Algún día este dolor te será útil, llega hasta el corazón de Nueva York. El 11-S, como estigma histórico, coloca a James en el brete de buscar una respuesta a la pregunta de cómo seguir adelante. James comparte su trauma con la comunidad y, en este sentido, se aparta de la perspectiva del francotirador.

La rareza no es la de James, sino la de un paisaje que, tras los atentados, se ha quedado lleno de agujeros, espejismos e imágenes fantasmagóricas. Dolorosos fantasmas que no coinciden solo con la memoria de un hermano ausente. Ahora los fantasmas, el borrón, la tachadura, son estructuras de cristal y hormigón gigantes, bomberos asfixiados, oficinistas que se lanzan al vacío desde un piso sesenta.

Nueva York tendrá que ser reconstruido igual que la conciencia de esos moradores que se preguntaron por qué tanto odio y quizá encontraron algunas respuestas desagradables. Respuestas que les desasosegaron tanto o más que el insoportable olor a plástico y piel quemados. Como en el referente salingeriano, tras la apariencia de la levedad, surge el frío. Y toda la incertidumbre.

En mayo aparecerá en Anagrama la nueva novela de Luisgé Martín, La otra ciudad, que partiendo del escenario del 11-S y con una voz que se coloca en las antípodas de la de Holden Caulfield, nos propone una elegante reflexión- como todas las suyas- sobre nuestras señas de identidad y sobre la posibilidad de vivir otra vida, impostarla, convertirla en aventura. Y es que quizá la ficción sea también una forma de la muerte.

Martillazos contra el banco de juegos

Lo primero que llama la atención de Naíf. Súper, la novela del noruego Erlend Loe publicada por Nórdica, es la edad de su narrador. Tiene veinticinco años. Ya no es un muchacho ni de dieciséis ni de diecinueve. Es un tío de veinticinco. El envejecimiento de la voz no es directamente proporcional a la madurez del discurso: solo es una cuestión de fecha de nacimiento que tal vez sea coherente con una sociedad cada vez más infantilizada.

Disfrutamos bailando en los bares con la música de Barrio Sésamo mientras saboreamos una pantera rosa. La infancia y su preservación ecológica no son un jardín precioso, sino una patología social. La precocidad de la voz de Holden se acelera hasta adquirir el timbre adelgazado de las criaturas de Peyo y el complejo de Peter Pan es ahora lo que caracteriza a los narradores de los países privilegiados del primer mundo: los del tercero y el cuarto no pueden permitirse el lujo de ser pueriles y sus niños miran con ojos de viejo mientras piden limosna o se apoyan en la culata de un subfusil.Esa inmadurez como enfermedad colectiva a menudo se asocia a la paternidad

Las declaraciones de Julio José Iglesias –el hijo del cantante- son ejemplares: interrogado por su posible paternidad, dice que no se siente aún maduro dado que los cuarenta de hoy son los treinta de antes. Esa inmadurez como enfermedad colectiva a menudo se asocia a la paternidad. Como en A propósito de Abbott de Chris Bachelder (Libros del Asteroide), una extraña novela, donde se contrapuntean, con una comicidad un poco sádica, la ternura y lo angustioso de la vida familiar: Abbott, un profesor treintañero, está a punto de ser padre por segunda vez. Bachelder habla del tiempo que se va y de la contradicción latente entre lo mucho que pesan los afectos y lo mucho que se necesitan. Una apología destructiva de la vida familiar o una destrucción apologética de lo mismo. No lo sé. Y, por eso, me gusta. 

En Naíf. Súper, igual que en El guardián entre el centeno, se habla de la obsesión por el paso del tiempo y del significado del verbo crecer. De la pérdida de la inocencia en un espacio corrompido, de la inhibición sexual de un tipo que no tiene novia, de los niños y del juego como descubrimiento. El narrador de Naíf. Súper juega con su hermano y con Börre, un niño de nueve años, visita las jugueterías, recuerda canciones infantiles como Lindo Gatito y consigue aliviarse de la violencia que lleva dentro pegándole martillazos a un banco de madera…

La inadaptación y la dificultad para comunicarse del narrador, el primer plano donde se aborda cómicamente una patología depresiva, encubre otra vez un trasfondo de tiniebla común: el caldo de cultivo histórico en el que adquiere sentido el viaje a Nueva York que el narrador hace invitado por su hermano. 11-S, posguerra mundial, hipocresía y doble moral política, libre mercado, dinero, postcapitalismo…

El narrador de Naíf. Súper intenta poner orden en el caos a través de la elaboración de listas que le ayuden a reducir lo inabarcable a una perdida escala humana. Necesita acotar un desconcierto cósmico ante la saturación informativa y ante esa incertidumbre económica que se refleja cotidianamente en la intimidad. El absurdo vital se expresa en términos astronómicos y físicos: la angustia metafísica se convierte en ciencia multiplicándose por cien mil en las mentes razonables. Al final, todo se reduce a procurar ser un hombre de bien. Ahí es donde quizá reside la receta de esa felicidad tan difícil de conseguir por la que Erlend Loe con este libro, modesta, lírica y eficazmente, se ha puesto a trabajar.  

En 1951 Salinger publica El guardián entre el centeno (Alianza). La novela narra la bajada a los infiernos de un muchacho de buena familia, Holden Caulfield. En el infierno moran las prostitutas, los músicos de jazz que hacen florituras al final de los compases, los profesores enrollados y el fantasma de un hermano muerto del que se hereda un guante de béisbol. Holden se pierde por Nueva York buscando a alguien con quien hablar. Pero la gente solo suelta chorradas o frases hechas. La sociedad es un conglomerado hostil que pervierte a sus criaturas: Holden tiene miedo de crecer porque crecer es un modo de morir. El crecimiento y el sexo te alejan de un origen en el que el individuo es auténtico: la infancia, ese jardín que debe protegerse a toda costa. Holden mira cómo su hermanita Phoebe da vueltas en el tiovivo. El tiempo queda congelado. Pero es mentira. Holden es un juez demasiado sensible. Un visionario con un particular sentido del humor.