"El descubrimiento de 'La Gioconda' desmonta el holocausto del estado del bienestar"
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PEIO H. RIAÑO DESVELA LAS CLAVES DE LA ÚLTIMA JOYA DEL PRADO

"El descubrimiento de 'La Gioconda' desmonta el holocausto del estado del bienestar"

El 21 de febrero de 2012 el Museo del Prado anunció ante la prensa mundial que una más de las 7.000 pinturas que guardaba en sus

Foto: "El descubrimiento de 'La Gioconda' desmonta el holocausto del estado del bienestar"
"El descubrimiento de 'La Gioconda' desmonta el holocausto del estado del bienestar"

El 21 de febrero de 2012 el Museo del Prado anunció ante la prensa mundial que una más de las 7.000 pinturas que guardaba en sus fondos, y que destacaba por sus barnices ennegrecidos, era en realidad una copia de La Gioconda, la obra maestra de Leonardo da Vinci (compare las obras). El periodista e historiador del arte Peio H. Riaño (1975), que estaba presente en la sala, vio la oportunidad de seguir la pista a las múltiples aristas del descubrimiento. Lo hizo durante un año y plasmó el resultado en La otra Gioconda. El reflejo de un mito (Ed. Debate), obra que su autor define como “un documental escrito, una serie de reportajes literarios que se detienen en las labores de conservadores y restauradores, en sus fuentes, en sus estudios, en su ojo, en su criterio y en las decisiones capaces de desmontar siglos de conocimiento”.

Antes del contenido se impone hablar de la perspectiva que utilizas para construir tu libro. Dices en la introducción que con este formato de reportaje extenso y mirada amplia sí es posible hacer periodismo más libre, más de verdad. ¿Por qué lo crees? 

'La Gioconda' moviliza turismo y visitas. La postal de esta obra generó en una semana 100.000 euros, batiendo todos los récords de la Jornada Mundial de la Juventud y la postal del 'Cristo crucificado' de Velázquez

Mi formación es tanto la de historiador como la de periodista, y el planteamiento que seguí para el libro era una oportunidad para aunar las dos ramas. Desde el momento en que anunciaron el descubrimiento de esta nueva Gioconda, lo vi claro, llamé al editor y le propuse escribir este libro. Era la oportunidad de hacer periodismo cultural en el plazo de un año, de manera libre, aportando la experiencia que tenía de las dos ramas. Pero sobre todo era una forma de dar una segunda oportunidad a un oficio en un año que ha sido decisivo para su muerte y su hecatombe. Creo que ha sido tan trágico el desenlace, que vi en las tapas duras de un libro un salvamento. Así como hay escritores que se pasan a opinar y a hacer periodismo y crónica, creo que el periodista también debe invadir el espacio del escritor. Siempre ha habido lectores de reportajes, que demandan análisis, que prefieren la profundidad y que quieren algo hecho con tiempo y cuidado. Trabajos como este rescatan son una segunda oportunidad al periodismo de largo aliento.

Es curioso porque en Latinoamérica sí se ha reavivado el interés por ese tipo de reportajes en los últimos años, incluso hay publicaciones exitosas dedicadas exclusivamente a ello. En España es todo lo contrario. Por eso llama más la atención que un instante en que el papel parece estar muriendo, y en el que se cree en un periodismo más ligero y en piezas con una menor extensión, tú apuestes por lo contrario, por los textos largos y por el papel. 

Es la única opción que hay, no es tanto una apuesta como un remedio. ¿Dónde podemos encontrar una estructura empresarial en la que publicar un libro en versión digital? En España no existe, aun cuando digan que la industria se ha adaptado al nuevo mercado digital. El propio contrato que firmo con la editorial Debate está a años luz de lo que debería ser el paradigma hoy, es propio de hace 20 años. No, no estamos adaptados. Tampoco sé si se trata de una apuesta por el papel, porque podría haber sido una versión digital, y de hecho estará en ese formato. Lo vemos como una guerra de soportes y no es tanto eso: el soporte no modifica el contenido. Lo importante son las bases del oficio y las cuatro reglas que puede haber en él, y eso no debería estar condicionado para nada porque se publique en papel o en digital. Y lo mismo pasa con este libro, que tampoco variaría si estuviera en un soporte u otro.   

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Y sobre la crónica y la falta de lectores que hay aquí, es un mal endémico que arrastramos desde este siglo, en el que no hemos tenido una educación lectora. Ha habido un parón, una censura de cuarenta años durante la cual el pueblo ha escuchado mucha radio y mucha tele, pero no leía periódicos, que no eran un lugar de crédito. Y la transición del periodismo no ha existido (la transición política todavía…). El lector español de periódicos no existe y todo esto nos ha cogido con el pie cambiado. En los ochenta inauguramos ofertas como los dominicales, donde leer reportajes. Pero hoy son otra cosa, son suplementos no para lectores sino para consumidores, llenos de publicidad y marcas, en productos que abren las puertas a recursos económicos más que periodísticos. El libro, ya sea en formato físico o digital, es una oportunidad para demostrar que el lector existe y no ha muerto. Si alguien le ha matado, hemos sido nosotros. El lector no ha perdido interés por lo que estamos haciendo, pero a base de limitarle, de menospreciarle y de infravalorarle le hemos traicionado. Culpamos al lector de que no nos compra en el quiosco, de que no nos hace caso, de que nos está traicionando, de que nos ha clavado un puñal por la espalda, pero somos nosotros los que no cuidamos el rigor, la dignidad y la información pura y dura.

Coincido contigo que la brecha no se sitúa en el soporte, sino en la generación de ingresos. Hoy puedes escribir lo que quieras, incluso con gran calidad, y podrás tener un espacio donde colgarlo. El problema está en cómo producir los recursos necesarios para seguir haciéndolo. Enlazo con lo que cuentas en el libro. La funcionaria que descubrió la obra de Leonardo en el Museo del Prado pudo hacerlo porque alguien costeó su tarea. La pregunta principal es quién va a pagar ese trabajo.

La protección que debemos dar a una institución como esa debe ser máxima. Que un descubrimiento como este influya en el PIB debería hacer ver a nuestros gestores que el petróleo español es nuestro patrimonio. Pero, no sé por qué, nos empeñamos en no verlo. El Prado, como cualquier otro museo estatal, autonómico o municipal deberían ser pequeñas burbujas que no sufrieran. El recorte a degüello no va a servir para nada. Y tampoco va a servir para nada, y quería que eso fuera el libro, denigrar al funcionario, como están haciendo. Bueno, sólo va a servir para extinguirle y exterminarle, para que deje se ser una carga económica para el Estado. La imagen que la política ha transmitido del funcionario que se baja a tomar un café, se lee todos los periódicos y luego no quiere volver a trabajar es tan minoritaria como su contrario. Un político no puede ser tan irresponsable de dibujarnos al funcionario para que le odiemos y así justificar los recortes. Un funcionario es Ana González Mozo, que baja a la sala a ver un cuadro que estaba completamente depauperado, que ni siquiera es incluido en el catálogo de la exposición que hace el Prado de retrato renacentista, que se preocupa por investigar y por contrastar los datos que hay del original del Louvre, y que descubre qué hay a base de atención y responsabilidad. Este ejemplo desmonta el holocausto del estado del bienestar.

En el caso del funcionario cultural, se le denigra doblemente, en tanto trabaja un sector que no se termina de entender lo suficientemente productivo.

El Prado, como cualquier otro museo estatal, autonómico o municipal deberían ser pequeñas burbujas que no sufrieran. El recorte a degüello no va a servir para nada

Pero su tarea sirve para algo. Podemos justificarlo con el PIB, porque una obra como La Gioconda moviliza turismo y visitas. La postal de esta obra generó en una semana 100.000 euros, batiendo todos los récords de la Jornada Mundial de la Juventud (JMJ) y la postal del Cristo crucificado de Velázquez, y eso que entonces la entrada era gratuita. El milagro laico se impuso al milagro católico.

Pero al margen de esa justificación económica, que parece que hay que hacer obligadamente, hablamos de algo que forma parte de nuestro conocimiento. Nos da a conocer parte del taller renacentista de Leonardo, del que se sabía poquísimo. ¿Cómo valoras económicamente eso? No puedes, no tiene valor, es como cuando te preguntan cuánto cuesta una obra de arte…

Tu libro tiene un planteamiento peculiar.  Dices que La Gioconda es un misterio que lo va a seguir siendo, y que nada nuevo podrá decirse sobre ella. ¿Por qué, entonces, escribes  el libro?

Sí, en realidad, qué interés tiene La Gioconda. Si es la obra más famosa del mundo y está todo dicho sobre ella… Pero te das cuenta de que no sabemos nada. De hecho la gran aportación de este descubrimiento es plantear la posibilidad de que la obra del Prado sea un retrato de la Mona Lisa y la del Louvre de La Gioconda. Hay evidencias que lo confirman, todas las teorías que hemos tenido sobre la atribución a la personalidad retratada ahora encajan. Además, había que hablar de España en 2012 y 2013, el país en el que renace la pintura. Un historiador jamás habría hecho algo así.

El periodista cuenta noticias, el oficio del escritor consiste en narrar y el historiador debe ofrecer rigor científico. En tu obra has querido reunir esos tres aspectos, lo que tiene su dificultad. Además, suele tratarse de elementos contrapuestos. El ámbito académico piensa que el simple hecho de escribir una obra que trata de ser clara y de explicar las cosas es desvalorizar los resultados, mientras que los periodistas no suelen entrar en demasiadas profundidades conceptuales en su trabajo…

Hay una palabra maldita para historiadores, y científicos en general: divulgación. Es nuestra herramienta como periodistas. Los narradores, por su parte, huyen de cualquier gesto que demuestre que están tratando de argumentar, pero los periodistas están obligados a tratar con la evidencia. Entendí fundamental para el libro utilizar las herramientas narrativas para hacer de la historia del arte un género literario. El periodismo debe nutrirse de la experiencia narrativa de otros géneros y eso tampoco lo podemos hacer en el día a día. Pero cuando dispone de tiempo y no tiene límites de extensión, el periodismo se puede mezclar, puede degenerar y multiplicarse y convertirse en otra cosa.

Hablas de un mundo peculiar, el del arte, en el que confluye  el goce estético con elementos simbólicos, políticos  y económicos, y que se define por estar hecho de ilusión, como afirmas. Es un mundo “falso” que produce efectos muy reales y que compone una realidad quizá complicada de vivir pero narrativamente agradecida.

Es que este cuadro es la exacta metáfora de un museo. Nos dice que lo que vemos no es verdad. Que durante siglos hemos mirado un cuadro que no era lo que creíamos. Al revisar lo que se ha dicho de esa obra por los grandes maestros, un ejercicio que por cierto no hizo ningún periódico y que era básico para saber de dónde venía la obra, entiendes que la historia del arte es volátil y que avanza a palos de ciego. Es una ciencia caníbal, en la que generación tras generación, los historiadores se comen los unos a los otros. Las consecuencias las pagan los pintores y la pintura. El cuadro me daba la oportunidad de dibujar un paseo por un museo y demostrar que lo que vemos no es real. Cuando paseas por un museo no sabes el daño que esconden esos cuadros o la cura de un restaurador que le ha subido los colores. La experiencia que tuve al ver en el taller de restauración La boda de Goya en su estado real fue increíble. ¿La verdad nos interesa tanto? ¿Seríamos capaces de tener un museo en el que las obras estuvieran en el estado tal y como han llegado hasta nuestros días?

Bueno, quizá deberíamos extender esa pregunta más allá del mundo del arte hasta llevarla al periodismo, entre tantas otras cosas.