LA ACTRIZ VUELVE A INTERPRETAR A ISABEL II, ESTA VEZ EN EL WEST END LONDINENSE

El segundo reinado de Helen Mirren

Puede que las monarquías sean productos anacrónicos destinados a desaparecer. Pero cuando se trata del trono británico, resulta muy difícil imaginar que los ingleses estén dispuestos

Foto: El segundo reinado de Helen Mirren
El segundo reinado de Helen Mirren
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    Puede que las monarquías sean productos anacrónicos destinados a desaparecer. Pero cuando se trata del trono británico, resulta muy difícil imaginar que los ingleses estén dispuestos a mirar un futuro en el que los Windsor no estén presentes. La Reina Isabel II lleva 60 años en el trono y a juzgar por cómo hablan de ella los británicos, es casi parte del mobiliario de sus hogares, igual que el resto de su descendencia. Poco importa que se trate de una de las familias más ricas del Reino Unido, propietaria de una exagerada porción inmobiliaria del país. No hay acritud popular, ni siquiera cuando la crisis sigue haciendo mella en la clase media. Sólo hay –parece- admiración y respeto hacia una reina que como auténtica británica, es capaz de reírse de sí misma con ironía. Y hasta los dramaturgos defienden –parece- el papel que ocupa en la cultura del país.

    Ese es uno de los sentimientos que transmite la obra “The Audience”, una de las producciones estrella de la temporada del West End londinense, estrenada el pasado viernes y protagonizada, inevitablemente, por la mujer que más veces ha encarnado a la reina en la ficción: Helen Mirren.

    'The Audience' es una de las producciones estrella de la temporada, dirigida por Stephen Daldry y escrita por Peter Morgan

    Hace apenas dos meses Mirren comentaba ante esta periodista: “No me gustaría que me atropellara un autobús y la gente dijera: ‘Mira han atropellado a Helen Mirren, esa actriz famosa por interpretar siempre a la reina’. Es una idea que me pone nerviosa pero por otro lado, tenía muchas ganas de volver al teatro y hacerlo bajo la dirección de Stephen Daldry y con una obra escrita por Peter Morgan es todo un lujo que no se puede rechazar”.

    Los políticos de Isabel

    Morgan también escribió ‘La Reina’, la película de Stephen Frears por la que Mirren consiguió el Oscar a la mejor actriz, en 2007. Pero antes de que el mundo pudiera aclamarla por aquella interpretación, Mirren ya había sido reina con anterioridad, aunque interpretando a Isabel I en una miniserie de televisión. Esta vez, sobre las tablas del Gielgud Theatre, la actriz viaja de forma no cronológica a través de sus seis décadas de reinado para encontrarse con todos sus primeros ministros, desde Churchill hasta David Cameron (con la excepción de Tony Blair, quizás porque Morgan ya exploró a fondo esa relación en la mencionada película).

    Se trata de una ficción que imagina las conversaciones mantenidas entre la reina y sus primeros ministros en las audiencias semanales que les sientan frente a frente, en la más absoluta privacidad, en el palacio de Buckingham desde que Isabel II asumió el trono de la Commonwealth en 1952. Son los encuentros privados en los que no hay nadie más presente, de los que no quedan notas escritas y cuyo contenido está explícitamente vetado al resto de los mortales. Ni la reina ni el primer ministro de turno pueden hablar de ellos a terceros. Al no existir evidencias de dichas conversaciones, la obra es, básicamente, una reconstrucción inteligente de lo que podría haber ocurrido durante dichos encuentros, basándose por un lado en los acontecimientos políticos a los que cada uno de aquellos políticos tuvo que enfrentarse, pero también en las filias y fobias que aparentemente se creaban entre ellos y ella.

    Toda la obra tiene un marcado tono de comedia, aunque curiosamente, los que realmente sufren el escarnio del dramaturgo son los primeros ministros, a los que Morgan caricaturiza sin piedad permitiendo, en cambio, que la reina siempre brille por encima de ellos, dando a entender una velada aceptación de lo que representa su persona, aunque también haya espacio para la autocrítica o incluso se la pueda observar mofándose de su propio cargo en momentos fugaces pero dramáticamente certeros.

    Gordon Brown es caricaturizado al extremo por su agresividad y su hiperactividad, y reconoce que siempre soñó con ser "un gran líder"

    La reina progresista

    Hay frases memorables en las que algunos políticos se retratan a la perfección.  Winston Churchill (interpretado por el veterano Robert Hardy) dispara: “A lo largo de mi carrera he aprendido que no hay ni una sola crisis que no pueda resolverse en 20 minutos”. Gordon Brown, caricaturizado hasta el extremo por su agresividad y su hiperactividad afirma con aires de grandeza en un momento-confesión: “Siempre soñé con ser un gran líder”. De su audiencia con Margaret Thatcher, expresada físicamente en la falta de contacto visual entre ambas, se desprende la poca simpatía que en teoría se profesaban, sobre todo porque aparentemente nunca coincidieron en temas de política social, aunque la reina tiene prohibido expresar en público sus opiniones al respecto.

    El montaje subraya la buena relación que mantuvo con el primer ministro laborista Harold Wilson, responsable de la legalización del aborto, de la abolición de la pena de muerte y de la descriminalización de la homosexualidad en plena década de los sesenta. Es más, se diría, por las diferentes conversaciones en las que casi todo se sugiere y pocas veces se dice abiertamente, que Isabel II es toda una progresista, una ‘reina del pueblo’, aunque la realidad de su cuenta corriente y sus negocios digan exactamente lo contrario.

    Peter Morgan también deja espacio para que emerjan dudas y sentimientos que teóricamente esta reina, célebre por su frialdad inequívocamente británica, nunca revela, pero que arropada por la intimidad de esas audiencias, quizás haya mostrado en momentos de debilidad. La calidad del reparto ayuda a que el espectador saboree esos momentos y salga de la obra –que consiguió una ovación cerrada en su primera noche- con la extraña sensación de conocer bastante bien el –supuestamente- alma recia y a la vez doliente de este personaje que, pese a prestarse a la perfección para el drama, es un ser de carne y hueso. Tanto en el mundo real como en el teatral, parece que cada vez hay menos gente dispuesta a cuestionar su figura. La obra no es, por tanto, apta para corazones republicanos pero sí aconsejable para amantes del teatro dispuestos a no entrar en juicios políticos.

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