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La guerra es cosa de monos: por qué los humanos y chimpancés son los únicos animales que matan sin necesidad
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EL PLANETA DE LOS HOMÍNIDOS

La guerra es cosa de monos: por qué los humanos y chimpancés son los únicos animales que matan sin necesidad

El uso de la violencia gratuita o de manera instrumental no es solamente algo propio de nosotros, sino de nuestra especie evolutivamente más inferior

Foto: Parecidos en la mirada y en la forma de resolver conflictos. (Fotograma de 'El origen del planeta de los simios', 2011)
Parecidos en la mirada y en la forma de resolver conflictos. (Fotograma de 'El origen del planeta de los simios', 2011)

Desgraciadamente, los conflictos armados no son una cosa del pasado. En pleno siglo XXI, distintas milicias se enfrentan, ya sea en estrategias ofensivas (bajo las órdenes de un general con ansias expansionistas) o defensivas (para defender su territorio ante un ataque enemigo). Aspirar a una paz mundial fuerte y mantenida resulta demasiado utópico e irreal en un mundo global atravesado por diferentes fuerzas e intereses. La guerra no se da solo entre ejércitos, sino en el seno de una comunidad, en cualquier acto cotidiano. Lo único que diferencia a los distintos grados de violencia es su virulencia mayor o menor. Ya lo avisaba Thomas Hobbes, el filósofo inglés del siglo XVIII, quien creía que la guerra de todos contra todos, lo que él llamaba "estado de la naturaleza", estaba enraizada en el principio de los tiempos, como su propio nombre indica: no hay nada más natural que la guerra, ya sea causada por el odio (siempre tan difícil de entender) o por el ansia de recursos.

Ese estado "natural" al que hacía referencia Hobbes lleva a preguntarnos si realmente somos la única especie animal que mata y hiere sin necesidad. Si está naturalmente en nuestro código genético. Una idea que en absoluto nos reconfortaría, pues al final lo que nos diferencia de manera sustancial al resto de formas de vida es que poseemos un tipo de consciencia inteligente que ha permitido el desarrollo científico y tecnológico; pero que, por otro lado, también emplea la violencia con diferentes fines. Se trata, a fin de cuentas, de una de las grandes cuestiones antropológicas que más dudas ha suscitado, y que puede resolverse de manera simple: observar si el resto de especies también se comporta como la nuestra, si pueden llegar incluso a cerrar filas en torno a distintos bandos o sobrepasar los límites de la moralidad con sus iguales.

Foto: Thomas Hobbes (Fuente: Wikimedia)

En 2004 se emitió un reportaje en la BBC dirigido por un primatólogo británico llamado Richard Wrangham que documentaba una cruenta guerra de chimpancés silvestres que duró hasta cuatro años con víctimas entre ambos bandos. Posteriormente, la famosa primatóloga Jane Goodall calificó este conflicto como de "guerra civil", ya que se dio en el seno de una comunidad del Parque Nacional de Gombe, en Tanzania. Varios años después, Joseph Feldblum, antropólogo de la Universidad de Duke, en Estados Unidos, lideró un estudio publicado en la revista American Journal of Physical Anthropology en el que determinó las causas que habían dado origen a este enfrentamiento, que no tenían que ver con la mera supervivencia como se podía suponer en un inicio, sino con "el poder, la ambición y los celos". Razones cien por cien humanas para matar.

El territorio y la reproducción

Goodall se hizo mundialmente famosa al documentar esta contienda, que deparaba asesinatos y saqueos entre dos fracciones divididas de una sola comunidad de chimpancés: los Kasakela y los Kahama. Las voces críticas contra la primatóloga aseguraban que había sido ella quien había provocado "involuntariamente" la guerra fratricida de los monos. ¿Cuáles eran las verdaderas causas que habían originado el conflicto? Feldblum sostiene que hasta que Goodall llegó, los dos clanes se alimentaban en zonas distintas del Parque Natural, unos al norte y otros al sur. Ambos socializaban entre ellos sin problema, pero de la noche a la mañana, comenzaron a arrojarse ramas y a realizar demostraciones de fuerza y fortaleza.

placeholder La primatóloga Jane Goodall, durante un discurso en una cumbre mundial. (EFE)
La primatóloga Jane Goodall, durante un discurso en una cumbre mundial. (EFE)

Las hostilidades comenzaron a raíz de "una lucha de poder entre tres machos de alto rango": Humphrey, del norte, y otros dos del sur, Charlie y Hugh. No solo comenzaron a disputarse el acceso al alimento, sino también a la reproducción. Según la investigación de Feldblum, "la disponibilidad de hembras era inusualmente baja, lo que exacerbó probablemente la lucha por el dominio". El conflicto se agravó porque estas pugnas no se limitaron solo a los tres machos rivales, sino que la violencia se expandió de forma contagiosa entre todos los chimpancés de los dos clanes, sin distinguir entre edades ni sexos.

"Ha llegado el momento de aceptar el hecho de que los chimpancés se matan entre sí y que lo hacen para obtener beneficios reproductivos", concluyó John Mitani, otro de los autores del estudio, en declaraciones recogidas por Es Materia. Esta teoría respaldó la acción de Goodall, a quien se le eximieron las culpas de haber provocado accidentalmente la guerra. Lamentablemente, "una de las comunidades aniquiló por completo a la más pequeña y luego tomó su territorio", tal y como tiende a suceder con las guerras entre humanos.

Guerra entre humanos y primates en Uganda

Estas conclusiones, aunque absuelven a Goodall, dan pie a pensar tristemente que la guerra no es un producto intrínsecamente propio de la socialización humana. También se da entre otras especies, en concreto aquellas de las que provenimos: los primates homínidos. Aunque hay otros animales que luchan por el territorio, como por ejemplo las termitas y las hormigas o las avispas contra las abejas, las teorías de la primatóloga sirven para centrar un tipo de comportamiento típicamente bélico entre miembros de tribus distintas como algo exclusivo de los homínidos.

Desde 2014 ha habido un total de tres muertes y media decena de heridos en la región de la familia Semata a causa de las hostilidades

De hecho, en ocasiones, puede llegar a producirse un "estado de naturaleza" entre seres humanos y chimpancés. Así lo reporta un interesante artículo de la revista National Geographic que habla de la familia de Ntegeka Semata, habitantes de la Uganda occidental, quienes vivieron unos años muy difíciles con los chimpancés de la zona. Al haber deforestado la zona para cultivar, una comunidad de primates salvajes declararon la guerra a este grupo de humanos que se valían de los productos que recolectaban y cultivaban para sobrevivir. El terror entre la familia de humanos se disparó cuando el 20 de julio de 2014 uno de los chimpancés, de gran tamaño, secuestró a su bebé y lo mató.

"Un chimpancé vino al jardín mientras cavaba", recordaba el padre de la familia. En un despiste, cogió a uno de sus hijos de la mano y se lo llevó por la fuerza. "Le rompió el brazo, le hizo daño en la cabeza y le abrió el estómago, quitándole los riñones". Le encontraron bajo unas hierbas brutalmente asesinado y el chimpancé huyó. Cuando le llevaron al hospital, no se podía hacer nada por él. Según explica el medio de comunicación, ha habido un total de tres muertes y media decena de heridos en la región de la familia Semata desde 2014. Entre los motivos se encuentra la pérdida de territorio de los primates en la zona como resultado del crecimiento demográfico que ha vivido el país en su parte más occidental.

Un tipo de violencia "muy específica"

Evidentemente, se trata de un caso muy aislado en una zona del mundo bastante concreta, donde la naturaleza salvaje se funde con las infraestructuras humanas. Aun así, llama la atención que estas especies de las que provenimos evolutivamente puedan llegar a usar la violencia de manera cruel e inteligente con fórmulas parecidas a la nuestra, sea entre ellos mismos o directamente contra nosotros, los seres humanos, cuando tratamos de invadir su territorio o alteramos directa o indirectamente sus vías de subsistencia.

"Aunque la violencia surja entre animales, esta puede derivar en una pérdida de una oreja o un dedo, solo matan en casos excepcionales"

El punto conciliador lo agrega Daniel Graham, filósofo y profesor de psicología en los Hobart and William Smith Colleges, Nueva York, quien ha publicado recientemente un artículo en Psychology Today donde analiza estas diferencias de comportamientos bélicos entre animales y humanos. "Los ataques a miembros de una misma especie son comunes en el mundo animal, especialmente en nuestros parientes más cercanos, los chimpancés", opina. "Estos defienden su territorio con entusiasmo, pero aunque la violencia entre ellos puede derivar en una pérdida de una oreja o un dedo, rara vez termina en la muerte. Solo matan en ocasiones excepcionales, como puede ocurrir cuando una gran patrulla de machos especialmente agitados se encuentra con una víctima solitaria en un límite de su territorio".

"Los seres humanos, por el contrario, llevan consigo un tipo de violencia específica y nueva a través de las guerras en curso, en la que las matanzas se extienden durante días, meses y años", concluye Graham. Decíamos que añadía una perspectiva conciliadora a la hora de analizar el uso de la violencia entre especies por el hecho de que los primates solo pelean entre sí por cuestiones reproductivas o de dominio del territorio y suelen ser una excepción. Pero lo que para nada es conciliador es que nuestra especie, mucho más evolucionada que la suya, todavía en 2022 use herramientas y tácticas crueles e inmorales para imponerse sobre un igual al que se considera enemigo. Esta es una verdad mucho más aciaga y terrible que el pretexto para que un clan de chimpancés pelee entre sí por cuestiones que normalmente tienen una explicación mucho más fácil y no tan liosa como las que emplea el humano para ejercer la violencia. Y peor aún, para justificarla.

Desgraciadamente, los conflictos armados no son una cosa del pasado. En pleno siglo XXI, distintas milicias se enfrentan, ya sea en estrategias ofensivas (bajo las órdenes de un general con ansias expansionistas) o defensivas (para defender su territorio ante un ataque enemigo). Aspirar a una paz mundial fuerte y mantenida resulta demasiado utópico e irreal en un mundo global atravesado por diferentes fuerzas e intereses. La guerra no se da solo entre ejércitos, sino en el seno de una comunidad, en cualquier acto cotidiano. Lo único que diferencia a los distintos grados de violencia es su virulencia mayor o menor. Ya lo avisaba Thomas Hobbes, el filósofo inglés del siglo XVIII, quien creía que la guerra de todos contra todos, lo que él llamaba "estado de la naturaleza", estaba enraizada en el principio de los tiempos, como su propio nombre indica: no hay nada más natural que la guerra, ya sea causada por el odio (siempre tan difícil de entender) o por el ansia de recursos.

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