QUERÍA CONVERTIRSE EN UN ABUELO-BOMBA

Lee Oswald no fue el primero: Un jubilado intentó asesinar antes a Kennedy

Persiguió al todavía candidato a lo largo de todo el país y cuando llegaba a una ciudad le enviaba una postal con una dedicatoria cada vez más enloquecida

Foto: Tres años después, un francotirador disparaba a JFK en su visita a Dallas. (Efe)
Tres años después, un francotirador disparaba a JFK en su visita a Dallas. (Efe)

Cuando se mencionan las palabras “asesinato de Kennedy” nos viene rápidamente un nombre a la cabeza, el de Lee Harvey Oswald. Sin embargo, no fue ni de largo la primera persona que ambicionó con matar al presidente de Estados Unidos, aunque sí, al menos eso se cree, fue el único en conseguirlo.

Sucedió cuando se acercaba la Navidad de 1960, un mes antes JFK había ganado las elecciones presidenciales a Nixon, tras una larga campaña muy igualada que le había dejado totalmente extenuado. Tanto es así que el flamante presidente decidió trasladarse un tiempo junto a su mujer e hijos a la casa de Palm Beach, en Florida, para disfrutar de un merecido descanso. Quién podría haberle dicho a la familia Kennedy que aquel invierno un aparentemente inofensivo anciano urdía un plan 'explosivo' para acabar con la vida de John F.

Richard Paul Pavlick había trabajado durante años en el servicio postal, donde quizás comenzase su pasión por las teorías de la conspiración, en las cuales, a sus 73 años, creía a pies juntillas, al igual que en Norteamérica, y veía al recién electo presidente como una alimaña para la patria. “Los Kennedy compraron con dinero la Casa Blanca”, dijo una vez, y también “lo único que quería era enseñarle que la presidencia de los Estados Unidos no está en venta”.

Kennedy en Palm Beach junto a su familia. (JFK Library)
Kennedy en Palm Beach junto a su familia. (JFK Library)

Unas diatribas que repitió muchas veces antes de aquel fatídico diciembre de 1960, cuando decidió seguir al entonces candidato de estado en estado donde celebraba sus mítines para tomar buena nota de cada acto rutinario, de cada hábito de JFK, hasta encontrar el momento perfecto en que poder cometer su asesinato. Vio la oportunidad un mes después de las elecciones, justo cuando los Kennedy se habían instalado en su casa de Palm Beach.  

Aquella mañana de domingo, el jubilado cargó en el maletero de su coche grandes cantidades de dinamita y se detuvo junto a la casa de la familia para esperar hasta que Kennedy partiese en su coche oficial a misa de diez, junto a su chófer y su guardaespaldas; su plan era chocar contra el auto presidencial y hacerlos volar por los aires. Lo que no imaginó era que Jackie y los niños –uno de ellos, John Jr, recién nacido– fuesen a viajar con él. Finalmente, decidió abortar la operación y siguió siendo la sombra de los Kennedy a la espera de ver a John a solas.

Un terrorista aficionado

Pavlick tenía un pecado que en otro contexto hubiera podido considerarse entrañable, porque desde que iniciase la persecución de JFK al inicio de campaña, cada vez que este ex trabajador de correos llegaba a una nueva ciudad se enviaba a si mismo una postal dedicada. Unas inofensivas notas al dorso de una fotografía de una plaza o una puesta de sol que, a medida que aumentaba la desesperación del viejo por asesinar a Kennedy, se convirtieron en un patriótico delirio. Y así fue cómo un administrador de correos, Thomas M. Murphy, empezó a sospechar de aquellas extrañas postales que coincidían, curiosamente, con la ruta del presidente de los Estados Unidos, y alertó a la policía.  

La familia Kennedy (i) y Richard Paul Pavlick (d). (Smithsonian Museum)
La familia Kennedy (i) y Richard Paul Pavlick (d). (Smithsonian Museum)

La detención del terrorista aficionado fue una casualidad. Al parecer, un agente de tráfico detuvo a Paul Pavlick para pedirle la documentación del coche y lo vio tan nervioso que le pidió que abriera el maletero. Lo que encontró allí llenó, seguro que de por vida, el anecdotario de este agente local de Palm Beach: dinamita en grandes cantidades.

Una vez el anciano fue detenido y juzgado, pasó sus días confinado en un centro psiquiátrico y, más tarde, en una residencia de ancianos, donde tal vez explicase a incrédulos viejitos la vez que intentó salvar Norteamérica, o eso creía. 

Alma, Corazón, Vida

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