si sólo fueran los deportistas...

Por esto son los futbolistas de éxito como son, contado por uno de ellos

Ser popular o hallarse en una situación favorecida en nuestra sociedad lleva a creer a muchas personas que están legitimadas para hacer lo que quieran. En todos los órdenes

Foto: Adam Johnson, llegando al juzgado. (Reuters/A. Yates)
Adam Johnson, llegando al juzgado. (Reuters/A. Yates)

Adam Johnson, ex futbolista del Sunderland, está siendo juzgado en el Reino Unido por acoso a una menor. En el acto judicial, Johnson ha admitido que trató de aprovecharse de la colegiala, de 15 años, que llegó a besarla en su coche  y que hubo algún escarceo corporal, pero que nunca llegó a tener relaciones sexuales con ella. Johnson, cuya mujer estaba embarazada, tenía otra relación con una veinteañera al mismo tiempo que intentaba seducir a la chica. El futbolista ha pedido perdón, ha admitido que actuó incorrectamente y ha señalado que puso su deseo por encima de su familia y del bienestar de una chica que “hubiera debido estar a salvo en mi compañía”. Pero su acto de contrición pública, que no olvidemos que ha tenido lugar en un juicio en el que saldría muy mal parado si actuase de otra manera, también ha incluido una peculiar autocrítica que dice bastante de nuestra sociedad.

Estás en un pedestal, la gente grita tu nombre en el campo, que es la mejor cosa del mundo, y eso te lleva a ser arrogante

En el juicio, Johnson señaló algo evidente, pero que él hizo explícito. Las razones que le llevaron a actuar de esa manera venía causada por la sensación de invulnerabilidad que le proporcionaba su estatus. El ex mediocampista del Sunderland subrayó que su trabajo era el sueño de cualquier niño, ya que “estás en un pedestal, la gente grita tu nombre en el campo, que es la mejor cosa del mundo, y eso te lleva a ser arrogante”. El jugador de la selección inglesa describió su vida como "fácil", ya que al ser fubolista de éxito “tienes prácticamente todo lo que necesitas”. Afirmó haber conseguido una fortuna significativa en su trayectoria profesional y que la suma de unas y otras cosas, el afecto de los aficionados, la consideración social de la que gozaba y su lugar de privilegio le llevaron a cambiar como persona.

¿Acaso no son genios?

Y es comprensible: eres un chico joven, saltas a la fama, todo el mundo se acerca a ti, todos te alaban y crees que eres el centro del mundo. Pero la cuestión va un paso más allá, porque lo que pone de manifiesto el caso Johnson es hasta qué punto esa popularidad les hace pensar que están por encima de las normas sociales, legitimándoles para lograr lo que quieran mientras sigan consiguiendo resultados. Es cierto que los casos de comportamientos poco ejemplares entre los deportistas de élite son porcentualmente bajos, pero cada vez son más frecuentes. Se sienten los mejores, y por tanto, creen tener todo el derecho para hacer cosas distintas a los demás, aunque sea saltándose las normas. Porque, ¿acaso no son diferentes? ¿acaso no son especiales?

Llegan a creer que hay dos tipos de normas sociales, la que les competen a ellos, y las que sujetan al resto

Ese es un tipo de mentalidad que, por desgracia, se ha extendido en un mundo que glorifica a los ganadores, aunque sea en algo tan poco útil socialmente como pegar patadas a un balón. No parece tener sentido que un gran médico, un gran profesor, o esos profesionales que arriesgan sus vidas por los demás, como los policías o los bomberos, tengan menos consideración social que los deportistas, a los que hemos dado estatus de héroes. Quizá haya que colocar todo en perspectiva, por muchas satisfacciones que nos ofrezcan con sus goles.

Yo tengo derecho

Pero el problema sería menor si se detuviera ahí. El asunto de fondo es hasta qué punto estamos creando una sociedad en la que el ganador tiene muchos más derechos que los demás, que entiende que ya que ha alcanzado logros significativos (porque ha conseguido grandes resultados en su empresa, porque es un líder con mucha aceptación popular o porque es un artista de éxito o una celebrity televisiva) le están permitidos ciertos privilegios vedados al común de los mortales. Llegan a creer que hay dos tipos de normas sociales, las que les obligan a ellos, y las que compelen al resto. En última instancia, esa es la causa de la corrupción, tanto de los que ponen la mano como de los que ofrecen el sobre, y es por desgracia, una actitud demasiado extendida en nuestra sociedad.

Lo llamó el “síndrome de los niños bien alimentados”: para ellos el mundo no consistía en normas y reglas, sino en un terreno siempre abierto a negociación

El investigador Shamus Rhaman Khan, en su libro 'Privilege:The Making of an Adolescent Elite at St. Paul's School' (Princeton Studies in Cultural Sociology) encontró una explicación a este tipo de comportamientos al analizar a los estudiantes de uno de los colegios más prestigiosos del mundo, y lo denominaba el “síndrome de los niños bien alimentados”. La idea era sencilla: "a estos chicos se les hablaba de sus capacidades, pero no de sus límites. Para ellos el mundo no consistía en normas y reglas, sino en un terreno siempre abierto a negociación”. No había nada que se les pudiera prohibir, a lo que hubieran de obedecer de por sí, porque siempre podían hacerse valer para cambiar las normas. Eran alguien, se merecían todo.

Una clase aparte

El estudio 'Higher social class predicts increased unethical behavior', realizado por Paul K. Piffa et al., del departamento de psicología de la Universidad de California, señalaba algo similar, al concluir que las personas en una posición privilegiada eran más dadas al comportamiento poco ético, desde la violación de las normas de tráfico hasta la utilización en su beneficio de los recursos públicos, ya que su relativa independencia del resto de la sociedad les proporcionaba menos restricciones estructurales, así como disminuía la percepción del riesgo asociado a la comisión de actos inmorales. La posesión de los recursos materiales suficientes para hacer frente al coste de esta clase de comportamientos era otro factor que aumentaba la probabilidad de su comisión. Dado que se consideraban una clase aparte, se sentían con derecho a hacer lo que querían y se hallaban muy poco constreñidos por las opiniones de los demás.

Hacíamos el trabajo de Dios, por eso estaban justificados nuestros bonus

Pero hay algo más, porque no hablamos sólo de comportamientos aislados de personajes cuyas circunstancias les han llevado a cometer errores. Como resalta el estudio basado en la teoría de juegos, Some experimental evidence on the evolution of discrimination, co-operation and perceptions of fairness, realizado por Shaun Hargreaves-Heap y Yanis Varoufakis, esta disparidad de poder tiende a justificar las acciones de quienes están en una posición de privilegio, y les lleva a naturalizar sus acciones. No perciben que se estén saltando las normas, sino que simplemente están obteniendo lo que se merecen. Quizá por eso afirmaba sin pudor Lloyd Blankfein que en Goldman Sacks estaban “haciendo el trabajo de Dios” y que, en consecuencia, los elevados bonus que cobraban estaban justificados

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