la historia de giuseppe grasonelli

Este hombre ha asesinado a 300 personas y cuenta un par de verdades sobre la sociedad

Cuando la mafia asesinó a su familia, este jugador de póquer creó una organización para buscar la justicia a su manera. Ahora nos recuerda cuáles son los fundamentos del orden social

Foto: Giuseppe Grassonelli durante una entrevista en la cárcel de alta seguridad de Sulmona, en la que está preso. (Corbis)
Giuseppe Grassonelli durante una entrevista en la cárcel de alta seguridad de Sulmona, en la que está preso. (Corbis)

–¿Por cuántos homicidios has sido condenado?

–Por demasiados. Demasiados, de verdad.

–De acuerdo, ¿pero cuántos?

–No me fuerces a decirlo, por favor. Siento vergüenza. Pero estaba metido dentro de un engranaje. Los parientes de mis víctimas querían mi piel y algunos habían prometido, si me atrapaban vivo, que se mearían encima de mí y me torturarían durante semanas antes de matarme. Una vez que comencé a matar, ya me no quedaba más remedio que continuar.

Es el extracto de una conversación, mantenida en la prisión entre un periodista de Philosophie Magazine y Giuseppe Grasonelli, autor de Malerba, venganza y redención de un criminal (Mondadori) un libro con el que ganó el premio Leonardo Sciascia y que levantó gran polémica en Italia, su país natal. ¿Era ético premiar a un asesino que narraba sus memorias? ¿No es este el tipo de personajes que deberían permanecer en el olvido? Sin embargo, y sin tener en cuenta consideraciones literarias, es justamente el carácter ejemplar de la historia de Grassonelli, apodado Mala Hierba, el que aconsejaba la concesión del premio. Su biografía plantea cuestiones morales y sociales de enorme calado, y arroja una pregunta evidente acerca de la libertad de elección del ser humano: “Para los filósofos, tenemos la posibilidad de elegir entre el bien y el mal. Pero, a menudo, nuestra opción consiste en elegir entre lo malo y lo peor”.

Grassonelli se marchó a los 16 años de su Sicilia natal a Hamburgo. Era un adolescente de pueblo que descubrió los placeres de la noche y que aprendió que sus sorprendentes habilidades en el póquer le podían resultar enormemente rentables. En el barrio de Sankt Pauli conoció la “libertad extrema y el sexo extremo", y llevó una vida que nunca hubiera imaginado, sostenida gracias a las técnicas ilegales con las que sus compinches y él desplumaban a jugadores y casinos.

Pero todo cambió el 21 de septiembre de 1986, cuando sicarios de la mafia abatieron a tiros a su abuelo, a su tío y a sus primos en Porto Empedocle, su ciudad natal. Grassonelli, que estaba de visita en la isla recién acabado su servicio militar, fue herido en un pie, pero logró escapar escondiéndose bajo un coche. Su familia se había opuesto al chantaje de la Cosa Nostra y la masacre fue la respuesta.

Cuando la mafia asesinaba a quienes se resistían a su dominio, Mala hierba contactaba con sus familiares y les proponía formar parte de una nueva organización

Mala hierba regresó a Hamburgo, pero pronto fue consciente de que tampoco allí estaría a salvo. Al poco tiempo, otro tío suyo fue asesinado sin otro motivo que su apellido, y una noche, al regresar a casa, descubrió a dos sicarios apostados cerca de su apartamento. Tenían órdenes de acabar con él y Grassonelli sabía que lo harían tarde o temprano. Las opciones que le quedaban eran únicamente dos: huir lo más lejos posible, esperando que pasara mucho tiempo hasta que le encontrasen, o enfrentarse a ellos. La primera opción consistía en alargar su muerte; la segunda tampoco parecía ofrecerle mucho futuro.

Matando a cara descubierta

“Tenía 21 años y estaba aterrorizado no sólo por los continuos asesinatos de mis seres queridos, sino porque no sabía a cuál de nosotros le iba a tocar después. ¿Cómo se podía vivir una vida así? Sí, estoy de acuerdo en que el deber cívico requiere que cada ciudadano acuda a las instituciones para obtener justicia. Pero la mafia y el Estado eran la misma cosa. Así que me puse en marcha”.

Grassonelli regresó a su “oficio” habitual, el de jugador, pero esta vez ahorrando las ganancias para comprar armas y montar una pequeña infraestructura que le permitiera poner en marcha una nueva organización: cada vez que la mafia asesinaba a personas que se resistían a su dominio, Mala hierba contactaba con sus familiares y les proponía formar parte de una nueva organización, la Stidda, que mataba a cara descubierta. En cinco años, entre 1987 y 1992, el grupo de afectados por la Cosa Nostra asesinó a más trescientos mafiosos. Grassonelli se encargó personalmente de acabar con los ejecutores de la matanza de su familia.

Si queremos poner fin a la guerra de todos contra todos debemos someternos a la protección de un Estado potente

Con 27 años, Grassonelli fue arrestado por la policía, que recibió un soplo desde su misma organización. Las disensiones internas hicieron que las diferentes facciones buscasen la eliminación de elementos incómodos, y la denuncia era un método rápido y limpio. Grassonelli tuvo que elegir nuevamente: si colaboraba con la justicia y delataba a los miembros de la Stidda, su pena se vería rebajada; si no, estaría en prisión de por vida. Eligió la segunda, “y en lugar de añadir la traición al crimen, como hacen todos”, optó por cerrar la boca, a pesar de que eso significaba no salir jamás de la cárcel.

Años después, y tras un episodio de agorafobia, Grassonelli descubrió un nuevo amor, la filosofía, gracias a las clases que impartía un profesor, Giusseppe Ferraro, con el que establece una relación epistolar. El existencialismo de Sartre y Camus, así como las obras de Nietzsche, se convirtieron en sus lecturas preferidas. Y, por supuesto, Hobbes, en cuya doctrina puede reconocer palpablemente la vida que ha tenido. Como cuenta a Philosophie Magazine, “lo que nos dice Hobbes es que si queremos poner fin a la guerra de todos contra todos, al ciclo de violencia y de venganza, debemos someternos a la protección de un Estado potente. En la Sicilia de los años 1980 , puedo certificar que el Estado estaba ausente. La mafia no es más que una perpetuación del feudalismo en los tiempos modernos”.

Giuseppe Grassonelli lleva en prisión desde los años 90. (Corbis)
Giuseppe Grassonelli lleva en prisión desde los años 90. (Corbis)

Grassonelli se licenció en filosofía y la nueva pasión le llevó también a poner por escrito su historia. Con Malerba llegó el premio literario, una cierta fama y una petición pública de perdón por lo que había hecho. Pero el “retorno ético” de Grassonelli, como él mismo lo denominó, no consistió en un simple y sincero arrepentimiento, sino que también planteó algunas preguntas sobre la sociedad en que vivía. La primera, de índole personal, aludía a qué habríamos hecho nosotros en su situación, si hubiéramos salido huyendo de una muerte previsible o si nos hubiéramos enfrentado a quienes estaban masacrando a los nuestros. La segunda tenía que ver con el contexto: en un Estado que hubiera contado con la voluntad y los medios para enfrentarse a los mafiosos, esto es, donde hubiera reinado el derecho, hubiera sido posible exigirle otro comportamiento, el de renunciar a la violencia y de ampararse en la ley y en sus servidores para solicitar protección y justicia. Pero si las instituciones están lo suficientemente deterioradas, como era el caso de la Sicilia de los ochenta, ¿qué se le podía reprochar desde el punto de vista moral?

Grassonelli recomienda a los jóvenes que sólo piensan en disfrutar de la vida que se paren a reflexionar sobre la libertad, la justicia y la legalidad

Este asunto es importante, porque como se encargaba de recordar el mismo Grassonelli, en una carta que se publicó en la revista Malgradotutto, sin sociedad no es posible la libertad. En primera instancia, porque “sin el cumplimiento de las reglas no es posible la supervivencia de ningún grupo social: no hay más que observar como ciertas familias se han exterminado en Porto Empedocle por no haber recurrido a la Ley”. Sin instituciones que funcionen, que no estén corrompidas o que no miren hacia otro lado cuando algunos de sus integrantes se saltan las normas, o que no dejen desamparados a sus ciudadanos, ningún orden social tiene futuro. Si Grassonelli se vio obligado, no a tomarse la justicia por su mano, sino a luchar a tiros por sobrevivir, fue precisamente porque la red social había desaparecido y el mundo en el que se desenvolvía no era más que la simple ley del más fuerte. Puede parecer una advertencia poco útil, por lo conocida que resulta, pero lo cierto es que en nuestras sociedades la justicia es cada vez más débil, las instituciones funcionan cada vez peor, y la posibilidad para quienes tienen poder de dejar de observar las leyes es demasiado frecuente. Por eso Grassonelli acababa su carta recordando a los jóvenes que sólo piensan en disfrutar de la vida que se paren a reflexionar sobre la libertad, la justicia y la legalidad, algo que nuestra sociedad conoce bien, pero olvida demasiado a menudo.

Alma, Corazón, Vida

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