DENTRO DE LA PROSTITUCIÓN DE WASHINGTON

Las lecciones que aprendes tras regentar un burdel en la capital del mundo

Un ensayo sobre ciudades publicado en Estados Unidos analiza los usos sexuales y el día a día de un burdel de Washington a través de un espectador privilegiado: uno de sus regentes

Foto: El Capitolio podía observarse desde la azotea del burdel. (CC/Martin Falbisoner)
El Capitolio podía observarse desde la azotea del burdel. (CC/Martin Falbisoner)

En Washington D.C., la capital de los Estados Unidos, viven más de 650.000 habitantes, aunque su área metropolitana hace que la cantidad se dispare hasta los casi seis millones. Según los datos de 2012, alrededor del 29% de ellos trabajan para el gobierno, pero no son los únicos cuya dedicación diaria está determinada por la condición capitalina de estas ciudad americana. Muchas organizaciones no gubernamentales, bufetes de abogados, lobistas, trabajadores independientes y asociaciones profesionales están radicadas en una ciudad que aguanta mucho mejor las crisis económicas que otras urbes.

Por esas particularidades de la vida en Washington resulta curioso entender cómo se vive en uno de sus burdeles, tal y como expone Michael Merriam en un ensayo publicado en City by City: Dispatches from the American Metropolis (Farrar Straus & Giroux) y reproducido en Salon. El volumen editado por Keith Gessen y Stephen Squibb intenta explicar los cambios que se han producido en las grandes ciudades americanas desde el arranque de la crisis, centrándose en la decadencia industrial de Detroit o Greensboro y la gentrificación de San Francisco o el barrio neoyorquino de Brooklyn. Para entender mejor la capital de América y, por extensión, del mundo, el libro recurre a entender mejor la vida sexual de sus habitantes.

Un mes en el burdel

Madam Mike fue el nombre que Merriam utilizó para ocultar su identidad durante el mes que pasó facilitando los encuentros sexuales entre clientes y escorts, un trabajo que consiguió después del retiro de su prodecersor. No hay que sorprenderse por el género del regente: como este recuerda en el artículo, el mercado de las mujeres se encontraba en claro declive en la Casa, el nombre con el que los trabajadores se referían a dicho lugar, que es descrito como una especie de “mansión encantada de la Disney” del sexo. En el momento en el que Michael pasó por el burdel, sólo quedaban siete mujeres en la plantilla (cinco de las cuales eran transexuales) y 68 hombres, aunque en un pasado las cantidades de ambos fuesen parejas. La razón aducida por uno de los dueños del burdel es que, en muchos casos, es más sencillo ofrecer al cliente un hombre que hacer frente a la demanda de mujeres.

La remuneración, en todo caso, era bastante elevada. Como explica el autor, esta estaba formada por un sueldo base (entre 1.000 y 1.500 dólares) y una comisión por cada uno de los tratos cerrados, que elevaba sensiblemente el montante total. Su función era negociar el precio entre cliente y escort, facilitar el encuentro y administrar los pagos, así como otras tareas más cotidianas como cambiar las sábanas o atender al teléfono. En cuanto a los trabajadores del burdel, recibían la mitad del pago de sus clientes, y sus ingresos variaban bastante entre unos y otros. El truco, explica el autor, se encuentra en convencer a quien te contrata de que quieres pasar toda la noche con él, lo que eleva sensiblemente el precio total, en ocasiones hasta unos 1.500 dólares o, como en el caso de Janet, la escort transexual más exitosa de la Casa, unos 3.500 dólares cada noche. Janet era más trabajadora que el resto: llegaba a aceptar cuatro clientes cada noche, cuando la mayor parte de sus compañeros se daban por contentos (y exhaustos) con dos.

La policía es consciente de lo que ocurre en los burdeles, pero no tiene ningún interés en cerrarlos

Para conseguir estos ingresos extra, los escorts utilizaban diversos trucos. Por lo general, insistían al cliente en lo mucho que le deseaban y cuánto les gustaría poder pasar toda la noche, y no sólo un par de horas, juntos. Tan sólo tendría que pagar un poco más (en realidad, cuatro veces más) y sus jefes le dejarían. Para eso era muy útil ir a cenar a lugares con un cajero electrónico a mano donde el cliente pudiese acceder rápidamente a su dinero. Sin embargo, la mayor parte de estos no eran particularmente adinerados –no se trataba de un burdel muy lujoso–, sino que solían ser de clase media, y a veces incluso un poco más pobres. ¿Más trucos? Utilizar champú de color perla para fingir una eyaculación, lo que les permite aceptar más clientes por noche.

Las reglas del negocio

Quizá debido al carácter un tanto desmañado del burdel, este no parecía tanto un negocio como una casa cuyos habitantes, un tanto dispares, se llevaban bastante bien entre sí. Desde la terraza del burdel podía verse el Capitolio, y en ocasiones este admitía invitados como la tía octogenaria de uno de los dueños. Todo el mundo, incluidos los policías, conocían qué se ocultaba tras el lugar, pero como recuerda el autor, estos no tienen ningún interés en cerrar el negocio. Es más, alguno de ellos proporcionaba consejos a los trabajadores para no ser encerrados. Por ejemplo, si eran maltratados por un cliente, no debían confesar su situación sino simplemente explicar que lo habían conocido en un bar y que los había agredido. Sin confesarlo explícitamente, la autoridad sabría lo que había ocurrido.

Por lo general, los escorts pasaban la noche en el teatro o buenos restaurantes con clientes que los respetaban

Michael reconoce que la vida de sus compañeros no era, por lo general, muy complicada, aunque se lamenta por el hecho de que se encontrasen desprotegidos ante los desmanes de sus clientes. Normalmente, pasaban la noche en el teatro o en buenos restaurantes acompañados por personas que los trataban de manera respetuosa. Tan sólo de vez en cuando alguno intentaba hacerlos daño o parecía potencialmente peligroso, situaciones en las que recurrían a R., un experto en sadomasoquismo que sabía defenderse bastante bien con sus propias manos.

También había reglas para los propios habitantes de la Casa. Entre ellas se encuentran las siguientes: no referirse a los escorts como prostitutas (ni ninguna denominación semejante); tratar a los transexuales siempre en femenino; no favorecer que se produjesen relaciones románticas entre los residentes; y no beber demasiado. Fue este factor el que hizo que finalmente Michael fuese despedido (“sí, me echaron de un burdel por beber mucho”). Él mismo reconoce no haber entendido demasiado de lo que ocurría en la Casa. “A pesar de mi comprensible entusiasmo, nunca logré profundizar demasiado”, explica. Son lugares que se rigen por sus propias normas, aquellas que desde fuera resultan extrañas para el común de los mortales.

Alma, Corazón, Vida

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