SEGURIDAD Y URBANISMO EN EL SIGLO xxi

“Vivimos tiempos amenazantes y la gente que tiene algo de dinero siente miedo”

La seguridad privada es un negocio boyante. Y la protección que exige el 1% no sólo afecta a sus propiedades: está influyendo de forma determinante en el urbanismo del siglo XXI

Foto: La seguridad preocupa cada vez más a la gente adinerada. (Corbis)
La seguridad preocupa cada vez más a la gente adinerada. (Corbis)

Es un fenómeno tan viejo como las clases sociales. En cuanto surgió la división del trabajo y aparecieron las primeras élites, allá por la Edad de Bronce, aquellos que tenían más recursos empezaron a preocuparse por defenderse de los que no tenían. Cuanto mayor es la desigualdad de una sociedad, más se gasta en seguridad. No es de extrañar, por tanto, que las empresas que se dedican a proteger a los ricos de los pobres estén viviendo una época dorada.

Como explica Matt A. V. Chaban en The New York Times, cada vez más apartamentos de las zonas adineradas de Manhattan cuentan con una “habitación segura”, una suerte de refugio inexpugnable donde los privilegiados inquilinos pueden esconderse en caso de ser atacados. Esta especie de refugios nucleres de la actualidad son más conocidos como "habitaciones del pánico", nombre que popularizó la película del director David FincherPanic Room. 

En la Gran Manzana es difícil construir fortalezas con vallas, fosos y soldados en la puerta, y muchos millonarios creen que las cámaras y los porteros no son suficientes, así que han optado por construir, gracias a los nuevos materiales y tecnologías, cámaras acorazadas dentro de sus pisos. Por lo que pueda pasar.

“El mundo es un lugar que da mucho miedo ahora mismo, especialmente para la gente que tiene recursos; se sienten acorralados y amenazados”, explica en el NYT Tom Gaffney, presidente de Gaffco Ballistics, una empresa que se dedica a instalar habitaciones seguras. “Cuando tienes mucho que perder, y puedes permitírtelo, le das mucha importancia a la seguridad”.

Son los millonarios de los países en desarrollo –los lugares en los que hay más desigualdad– los más exigentes con las medidas de protección

Gafney reconoce que su negocio se ha duplicado en la última década, y eso que para instalar uno de sus discretos refugios hay que desembolsar sumas de entre cinco y seis cifras. Antes del 11-S instalaba una o dos habitaciones seguras al año, ahora construye una media docena, y las exigencias de los clientes cada vez son más elevadas.

Un bróker de una conocida inmobiliaria, Bruce Ehrman, le ha contado a Chaban que ayudó a uno de sus clientes, magnate de una antigua república soviética, a construir una habitación segura en su apartamento, situado en un lujoso rascacielos de Manhattan. La vivienda ya contaba con un refugio de este tipo, pero su cliente quería una cámara que no sólo le protegiera de un posible asalto, sino también de ataques químicos o nucleares.

Aunque Estados Unidos es el país donde más dinero se emplea en seguridad privada, que dobla en número de trabajadores a la seguridad pública, son los millonarios de los países en desarrollo –los lugares en los que hay más desigualdad– los más exigentes con las medidas de protección.

“Los rusos, los de Oriente Medio, los africanos y los brasileños están acostumbrados a estas medidas de seguridad en sus viviendas, así que no se sienten como en casa sin ellas”, asegura Gaffney. El apartamento más seguro de Nueva York es, quizás, un triplex propiedad de una corporación dependiente de un príncipe saudí, que cuenta con tres habitaciones seguras, una en cada planta, y está valorado en 48,5 millones de dólares.

Un policía de Nueva York vigila que no pase nada raro en Times Square. (Reuters)
Un policía de Nueva York vigila que no pase nada raro en Times Square. (Reuters)

Una exigencia de las grandes compañías

La seguridad privada es un negocio boyante. Según un informe de la ONU está creciendo un 7,4% al año y se calcula que el año que viene moverá un mercado de 244.000 millones de dólares. Al igual que los Gobiernos protegen a sus presidentes y ministros, las grandes empresas protegen a sus grandes directivos: es un servicio que viene con el puesto. Y gastan muchísimo dinero.

Según un informe de la U.S. Securities and Exchange Commission, la compañía que más gasta en seguridad es Oracle, que empleaba 1,8 millones de dólares en proteger a Larry Ellison, que dejó de ser su CEO este mismo año. Pero este dinero ni siquiera cubría todas sus necesidades en materia de seguridad. Según reveló Forbes, Ellison pagó de su bolsillo la mejor seguridad disponible en el mercado para blindar por completo sus residencias de Malibú y Woodside, ambas en California.

“No cumplimos con el nivel tres de seguridad porque puedes entrar en la casa con ayuda de un lanzagranadas”

No es de extrañar que Ellison, cuya mayor preocupación es ser inmortal, tenga un gran interés por que no le maten. Pero muchos ejecutivos reciben protección extra sólo porque así lo requiere el cargo.

Alan Wilzig fue director ejecutivo de la Trust Company of New Jersey, un banco estadounidense. Cuando se compró una casa en TriBeCa –un conocido barrio de Manhattan–, en 2003, la compañía le obligó a fortificarla. Como ha explicado en el NYT, la casa, de dos pisos y 12 metros de ancho, estaba repleta de cámaras de vídeo y detectores de movimiento. Su dormitorio, además, estaba blindado y protegido con una puerta que no se diferenciaba de cualquier otra, excepto por su peso: 674 kilogramos.

Dentro del dormitorio principal todo parecía normal, pero las ventanas, de dos paneles, contaban con un polímero antibalas transparente, que en esa época era tecnología punta. Instalar el sistema entero costó 150.000 dólares, y la casa está tasada hoy en 38,5 millones de dólares. Y ni siquiera es una vivienda de las más seguras. “No cumplimos con el nivel tres de seguridad porque puedes entrar en la casa con ayuda de un lanzagranadas”, asegura Wilzig.

Diseño de la nueva embajada de EEUU en Londres. (KieranTimberlake/studio amd)
Diseño de la nueva embajada de EEUU en Londres. (KieranTimberlake/studio amd)

Urbanismo al servicio de los ricos

La seguridad que exige el 1% no sólo afecta a sus propiedades: está influyendo de forma determinante en el urbanismo del siglo XXI, que gira en torno a su protección. Muchos de los proyectos urbanísticos actuales, lejos de pensar en el bienestar de toda la población, están destinados a que la mayoría de personas que no pueden permitirse vivir en las zonas pudientes de las grandes ciudades tampoco anden molestando en ellas.

“Estamos rediseñando las ciudades para que cualquiera que no se mueva sea considerado una amenaza, lo que incluye a las embarazadas, los niños pequeños y los discapacitados”, explica en un interesante artículo del Financial Times el profesor de urbanismo de la Newcastle University, Stephen Graham. “No puedo negar que hay ataques, peligros y vulnerabilidades, pero a veces los exageramos y la amenaza terrorista se convierte en una obsesión masiva”.

Lo ideal en materia de seguridad es que la gente esté en el trabajo, en casa o comprando (y a ser posible, haciendo todo en el mismo sitio), no en la calle

Todas las medidas antimendigos que se han puesto de moda en las ciudades –también en las españolas– están destinadas no sólo a librarse de la indigencia, también a impedir, sencillamente, que la gente esté donde no tiene que estar. Las aglomeraciones son peligrosas. Lo ideal en materia de seguridad es que la gente esté en el trabajo, en casa o comprando (y a ser posible, haciendo todo en el mismo sitio), no en la calle. 

Otras medidas de seguridad son más tradicionales. La nueva embajada de Estados Unidos en Londres, que planea abrir sus puertas a finales de 2016, será uno de los edificios más seguros del mundo. Y aunque es una construcción moderna, repleta de tecnología punta, a lo que más recuerda es a una fortaleza medieval: tiene foso y un importante espacio que precede a la entrada, en caso de que hubiera que protegerse ante un ataque.

Por supuesto, hay proyectos urbanísticos que van en la dirección contraria y apuestan por crear espacios públicos agradables para todos, pero la lucha es enconada, y cada vez hay más plazas sin bancos, sin fuentes, sin sombras… Sin todo aquello que hace que la gente pase tiempo en la calle. En opinión del profesor Graham el debate se intensificará en los próximos años pero, de momento, todos sabemos quiénes tienen la sartén por el mango. 

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