LA ENERGÍA NO SE DESTRUYE, SÓLO SE TRANSFORMA

Esto es lo que de verdad ocurre con nuestro cuerpo después de morir

Cuando nuestro corazón se para se ponen en marcha una larga cadena de sucesos que concluyen cuando el cuerpo desaparece por completo. Te explicamos en detalle qué podemos esperar al morir

Foto: Los pies aún mantienen el tipo, pero no quieres ver cómo está el resto del cuerpo. (iStock)
Los pies aún mantienen el tipo, pero no quieres ver cómo está el resto del cuerpo. (iStock)

Si de verdad hay vida después de la muerte, como afirman algunos visionarios, nuestro cuerpo no forma parte de ella. Cuando el corazón de un ser vivo deja de latir, se desencadena una larga serie de procesos corporales y visitas sin invitación a lo que una vez fue nuestro organismo que concluye cuando todas las moléculas que formaban nuestro cuerpo pasan a formar parte del ecosistema para dar vida a otros seres.

Salvo que trabajemos como embalsamadores o forenses, apenas conoceremos a grandes rasgos qué ocurre con el cuerpo humano cuando fallece, pero probablemente no pasaremos de conceptos como lividez, rigor mortis y la descomposición. A nadie le gusta detenerse en pensar qué será de su cadáver o del de sus seres queridos una vez abandone este mundo, pero conocer el proceso en detalle tiene un indudable interés científico y, por qué no admitirlo, morboso. Saber qué ocurre con nuestro cuerpo nos ayuda a poner nuestra existencia en perspectiva. Cenizas a las cenizas, polvo al polvo.

Un artículo publicado en Mosiac Science por Moheb Constandi complementa de forma bastante rigurosa las típicas cronologías sobre la larga decadencia del cuerpo humano. Esta comienza cuando el corazón deja de bombear sangre al resto del cuerpo, lo que provoca que la circulación se estanque, la vejiga y los intestinos se vacíen, la piel se quede rígida y los músculos se relajen. Poco a poco, la temperatura comienza a descender hasta adquirir la misma del entorno que rodea al cadáver, salvo que algún factor ambiental se lo impida. El proceso no ha hecho más que empezar. Cuidado: artículo no apto para personas con el estómago flojo ni para ser leído mientras nos zampamos un bocadillo de gallinejas.

De la autolisis al rigor mortis

Aunque a simple vista los efectos más evidentes de la muerte en una primera etapa son la rigidez y grisura de la piel ocasionada por la ausencia de circulación, así como la palidez de labios y la aparición de una marcha púrpura en las zonas bajas del cuerpo, en el interior otro largo proceso ha dado comienzo. Se trata de la autolisis, el proceso biológico que produce la autodestrucción de la célula, y al que Constandi también le da el gráfico nombre de autodigestión. De forma paralela a esto, los espermatozoides de los hombres mueren, el olor a carne podrida aparece, el rostro se deforma y los ojos se hunden en sus cuencas.

El hígado es el órgano que mantiene el calor durante más tiempo

Durante esta fase, las células dejan de recibir oxígeno, lo que provoca que liberen sus enzimas digestivas a las membranas celulares, lo que ocasiona que la célula se digiera a sí misma, por así decirlo, de fuera hacia dentro. Los dos órganos que antes son afectados por este proceso son el cerebro y el hígado, que es al mismo tiempo el órgano que se mantiene caliente durante más tiempo, por lo que suele ser utilizado para establecer el momento de la muerte. Las células comienzan a descomponerse en los capilares, lo que da ese peculiar tono a la piel.

Durante el día suiguiente, la temperatura del cuerpo termina de decaer, de mano con el rigor mortis, que tensará los músculos durante unas 24 horas. Como explica el autor, son dos proteínas fibrosas, la actina y la miosina, las encargadas de que se produzca la contracción muscular. Cuando morimos, sus filamentos quedan inutilizados, lo que provoca la rigidez del cuerpo. Es en ese momento cuando nuestro cuerpo comienza a verse afectado por esos organismos, como la microbiota, con los que habíamos convivido en paz hasta entonces.

¡Ya están aquí…!

Al morir, nuestro sistema inmunitario deja de funcionar. Momento idóneo para que la microbiota –o, mejor dicho, la tanatomicrobiota, de la palabra griega para “muerte”– comience a extenderse por todo nuestro cuerpo como Pedro por su casa. Este proceso comienza en el estómago, concretamente en el punto en el que el intestino delgado y el grueso se juntan. En pocas palabras, nuestros antiguos vecinos comienzan a devorar nuestros tejidos, alimentándose de las células dañadas. Primero conquistan el hígado y el riñón. Más tarde, el resto del cuerpo.

Adivina quién ha venido a cenar... Tu último amigo el sarcofágido. (CC/Muhammad Mahdi Karim)
Adivina quién ha venido a cenar... Tu último amigo el sarcofágido. (CC/Muhammad Mahdi Karim)

El artículo cita una reciente investigación realizada por la Universidad de Alabama en Montgomery para recordar que el tiempo que tardan los microbios en pasar de un órgano a otro puede convertirse en una buena herramienta para descubrir el momento en el que alguien ha fallecido: 20 horas para el hígado, 58 para el resto de órganos. Sin embargo, el estudio también advierte que el grado de descomposición varía entre personas e, incluso, entre sus propios órganos, aunque el orden suele ser el mismo: bazo, intestino, estómago y útero primero, más tarde riñón, corazón y huesos.

Una vez que los microbios abandonan el tracto digestivo, se puede afirmar que la putrefacción ha comenzado. Es otra forma de decir que la muerte molecular es imparable, y se acelera cuando las bacterias anaerobias, que no necesitan oxígeno para desarrollarse, empiezan a ser digeridas. Esto provoca que los azúcares del organismo fermenten y se genere metano, sulfuro de hidrógeno y amoniaco, lo que hincha el abdomen, provoca que aparezcan ampollas en la piel y que esta comience a resquebrajarse debido a la presión de los gases, provocando el goteo de líquidos por los orificios corporales. La piel se retirará poco a poco de los huesos; de ellos, los dientes son los últimos en desaparecer, debido a la resistencia que proporciona el esmalte.

Di adiós a tu cuerpo y hola a tus nuevos habitantes

A los días, poco queda de lo que fuimos, por lo que no deberíamos sentir mucha pena por el hecho de que nuestro organismo comience a ser alimento para otros organismos, de los depredadores (en caso de haber quedado expuestos a la intemperie) a los insectos. Los visitantes más habituales son las moscas azules o moscardas y las moscas de la carne o sarcofágidos –algo así como “devoradores de carne”–, que depositan sus huevos en el organismo y de los que nacerán grandes cantidades de gusanos.

El nitrógeno de nuestro cuerpo devasta la vegetación en primer lugar

Estos provocan que la temperatura del cuerpo vuelva a subir hasta unos 10 grados más, puesto que son muy activos con el objetivo de protegerse tanto de las amenazas externas como del calor que emana del cuerpo. A su vez, estos atraen otros cuerpos como las arañas, las avispas, los escarabajos, las hormigas o los ácaros, que parasitan a las moscas. Una vez los gusanos terminan de descomponer el cuerpo, migran de forma ordenada y sistemática como niños formales, signo de que otra etapa en la decadencia del organismo ha concluido.

Ya sólo falta alimentar el suelo que se encuentra bajo nosotros. El cuerpo es tan poderoso químicamente que puede dejar marcas en el suelo durante años. En un primer momento, toda la carga química del organismo –cada kilogramo contiene unos 32 gramos de nitrógeno, 10 de fósforo, 4 de potasio y 1 de magnesio– devastará la vegetación cercana, aunque a largo plazo termina convirtiéndose en abono para el ecosistema. Lo que en un día fue un ser humano pasa a convertirse en suelo orgánicamente muy rico: el que no se consuela es porque no quiere.

Alma, Corazón, Vida

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