Las lecciones sobre la vida y la muerte que aprendes trabajando en una funeraria
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LA CULTURA DE LA NEGACIÓN

Las lecciones sobre la vida y la muerte que aprendes trabajando en una funeraria

Caitlin Doughty es una de las enterradoras más célebres de internet, y acaba de publicar un libro en el que explica cómo es la vida trabajando en el servicio fúnebre

Foto: ¿Son los ataúdes protegidos contra el exterior una forma de negar la existencia de la muerte? (iStock)
¿Son los ataúdes protegidos contra el exterior una forma de negar la existencia de la muerte? (iStock)

¿Qué haces cuando acabas tu carrera de historia medieval, si es el año 2008 y ha estallado la crisis económica, lo que probablemente dificulte –aún más– tu entrada al mercado laboral? Quizá, buscar algo relacionado-con-lo-tuyo, como hacerte empleado de una funeraria, donde podrás comparar todo lo que has aprendido sobre la muerte en la Edad Media con tu día a día. Es lo que hizo Caitlin Doughty, quizá una de las enterradoras más célebres de internet gracias a su serie de vídeos Ask a Mortician (“Pregúntale a un empleado de funeraria”; no hay traducción mejor para una palabra tan sugerente como mortician), y que acaba de editar en Estados Unidos su primer libro, una mezcla de ensayo y autobiografía llamado Smoke Gets in Your Eyes and Other Lessons from the Crematory (W.W. Norton & Company).

No cabe duda de que Doughty ha tenido que levantar unas cuantas ampollas en sus vídeos, en los que explica qué ocurre con las prótesis cuando un cuerpo se descompone, y lo hará con su libro. Sus descripciones del proceso de descomposición de los cuerpos son muy gráficas, o quizá sea mejor decir sensoriales: todo está descrito con pelos y señales, incluso el aroma de un cuerpo en descomposición. Pero todo ello tiene un objetivo, recuerda la joven enterradora, que es darnos cuenta de que la relación que mantenemos con la muerte no es sólo muy poco natural, sino que impide que superemos el deceso de nuestros seres queridoslo queha dado lugar a una potente industria que mueve en Estados Unidos, entre 8.000 y 10.000 dólares por sepelio (en España, la cifra media desciende hasta los 3.500 euros, según los cálculos de la OCU).

En seis años, a Doughty le ha dado tiempo a aprender bastante de su relación con los muertos, casi tanto como a los protagonista de A dos metros bajo tierra. Como se refleja en un adelanto publicado en Salon, la relación con los fallecidos está tan desprovista de pompa –valga la redundancia– como llena de respeto por los familiares. Al fin y al cabo, la principal enseñanza de la joven enterradora es que un cadáver no es un ser humano, aunque lo fuese en su día, pero a pesar de ello, seguimos obsesionados por evitar que los cuerpos desprovistos de vida puedan llegar a descomponerse. Por ello, la principal forma de deshacernos de los cuerpos de nuestros seres queridos es, hoy en día, la cremación directa, en la que el cuerpo es cremado sin participación activa de la familia y las cenizas, entregadas a la misma. Pero, ¿qué podemos aprender sobre la muerte trabajando con los muertos?

Un muerto no se parece en nada a un vivo

Seguramente, la clave principal del libro de Doughty. Como explicaba en una entrevista con CBS News, contemplar a un muerto “puede decirte realmente que la muerte es definitiva, y que la persona ha abandonado por completo”. Sin embargo, rechazar esta idea condiciona las decisiones que tomamos, afirma Doughty, puesto que no podemos entender psicológicamente la muerte ni tomar decisiones que beneficien al planeta o a los que nos rodean.

La muerte puede ser divertida…

“¡Ayúdame a poner a este grandullón en la mesa!” es una de las frases que Mike, un compañero de Caitlin, le dirige a esta. Y sí, efectivamente, se refiere a un cadáver. Llama la atención del extracto del libro publicado en Salon la frivolidad con la que los compañeros de Doughty se desenvuelven. Especialmente, en el caso del embalsamador Bruce, el que mantiene una relación más estrecha con los cadáveres.

Gracias a él, aprendemos que la gente obesa se descompone más rápidamente (“las bacterias aman la grasa”) y, por ello, se deben tratar más rápidamente, puesto que pueden empezar a oler mal mucho más rápido. Otro apunte un tanto negro es el que afirma que el mercado de féretros de gran tamaño está explotando en Estados Unidos de mano del crecimiento de la obseidad, como muestran empresas como Goliath Casket.

…Pero la empatía (con los vivos) es lo primero

No obstante, el episodio ante Juan Santos, el salvadoreño muerto, demuestra también que los enterradores mantienen cierta preocupación por los vivos. Aunque pueda parecer de mal gusto que Mike junte los brazos del cadáver para que este entre en el ataúd, tiene una explicación: “La familia ya está pagando más de lo que se pueden permitir por este servicio”, le recuerda a su compañera. “No voy a cobrar otros 300 dólares por un ataúd de tamaño grande si puedo evitarlo. Tan sólo decirles que su hijo necesita un ataúd de tamaño más grande ya es lo suficientemente duro”.

Podríamos hacerlo nosotros, pero pagamos a los demás

Cierto es que la ley (y la costumbre) nos impiden enterrar a un familiar por nuestros propios medios, pero Doughty recuerda que podríamos hacerlo sin ningún problema. Salvo que se necesite embalsamamiento, cualquiera puede hacerse cargo del cuerpo, siempre que sea capaz de “vencer sus propios miedos”. Además, recuerda que la mayor parte de cadáveres no entrañan ningún peligro para la salud humana.

La muerte mueve mucho dinero

Como decíamos, raramente enterraremos a un familiar por menos de 3.000 euros. Ello incluye un bonito ataúd que, en muchos casos, debe estar compuesto por un material duro de protección, que impide que este se rompa y por lo tanto, que el terreno en que está enterrado presente irregularidades. Ello también influye en la industria antienvejecimiento; para Doughty, el síntoma más claro de que vivimos en una cultura de negación de la muerte. “Nuestra obsesión por la juventud, las cremas y las dietas purgantes impulsadas por aquellos que piensan que el envejecimiento natural de nuestros cuerpos es grotesco” es un ejemplo. Otro es “gastar más de 100.000 millones al año en productos antienvejecimiento mientras 3,1 millones de niños de menos de cinco años están al borde de la inanición”.

Los entierros verdes, ¿el futuro?

Cuando el escritor Edward Abbey falleció a finales de los años ochenta, sus amigos pensaron para su cuerpo un fin con el que el alma del autor de La banda de la tenaza habría estado firmemente de acuerdo. Después de ser enterrado de forma convencional, sus amigos robaron su cadáver, abrieron un agujero en la tierra y depositaron el cadáver rociado en whiskey de su amigo en el mismo. En algo parecido consisten los entierros verdes, cada vez más populares y en los cuales el cuerpo se degrada de forma natral, adornado simplemente por una modesta lápida: el objetivo no es encerrar los átomos y moléculas del organismo en un limbo al margen de todo germen, sino que estos vuelvan a formar parte del ciclo de la vida. Doughty parece decidida a ser enterrada de esta manera, y está dispuesta a saldar la “deuda universal” que contrajo cuando entendió que “me habían sido entregados mis átomos, los que formaron mi corazón, mis riñones y mi cerebro. Llegará el momento en que tenga que volver a entregar mis átomos, y no quiero aferrarme a ellos a través de la preservación química de mi futuro cadáver”.

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