UNA PSICOLOGÍA DE LA IMPUNTUALIDAD

Línea roja: cuánto tiempo puedes hacer esperar a la gente sin que se enfade

La tardanza no se mide según el uso horario, se mide según la reacción de la persona que nos está esperando. La impuntualidad es sociedad es relativa

Foto: La impuntualidad es algo que establece la persona que nos espera. (iStock)
La impuntualidad es algo que establece la persona que nos espera. (iStock)

Hoy en día todos sabemos a la perfección qué hora es mirando nuestro teléfono móvil. Y basta hacer unos sencillos cálculos (o mirar de nuevo nuestro smartphone) para saber qué hora es en cualquier parte del mundo. Pero la puntualidad, tal como hoy la conocemos, es un concepto relativamente moderno.

No fue hasta 1884, año en que se celebró la Conferencia Internacional del Meridiano, en Washington D.C, cuando se eligió la hora del Observatorio de Greenwich, en Londres, como estándar del tiempo en todo el mundo. Hasta entonces, cada ciudad tenía su propia hora, marcada por el reloj de referencia de la localidad, lo que tampoco quería decir que coincidiera con el resto de relojes privados. Tener la hora 5 o 10 minutos atrasada o retrasada era de lo más normal.

A no ser que tengas una buena razón para llegar tarde, que se escape a tu control, mostrarás una clara falta de empatía

Hasta la llegada de los relojes de pulsera y, sobre todo, la invención de los relojes de cuarzo (cuyo uso no se extendió hasta los años 60 del siglo XX), nadie podía acusarte de llegar tarde por aparecer con 10 minutos de retraso. Hoy en día, teniendo en cuenta que nuestro móvil está constantemente sincronizado con la hora oficial, ya no podemos poner esa excusa. Pero ¿acaso importa?

Según el psicólogo Neel Burton, autor de Hide and Seek: The Psychology of Self-Deception (Neel Burton Acheron Press), en lo que respecta a las relaciones sociales (distinto es si estamos poniendo en órbita un transbordador especial) la tardanza no se mide según el uso horario, se mide según la reacción de la persona que nos está esperando: cuando empieza a sentirse incómoda es que estás llegando tarde.

La psicología de la tardanza

Aunque todos podemos poner una excusa cuando llegamos tarde, la impuntualidad es vista, con razón, como una falta de respeto intolerable. “A no ser que tengas una buena razón para llegar tarde, preferiblemente una que se escape a tu control, tu actitud lanza un mensaje claro: ‘Mi tiempo es más valioso que el vuestro’”, asegura Burton. “Esto también significa ‘soy más importante que tú’ y quizás incluso ‘te estoy haciendo un favor por llegar después de todo”.

Por supuesto, la gravedad de llegar tarde varía mucho en función de la situación. Ser impuntual en un evento social de primer orden, como una boda o un funeral, es intolerable (sobre todo si tenemos un papel que cumplir en el mismo), pero también es de malísima educación si hemos quedado con un grupo de personas que no puede desarrollar su actividad hasta que lleguemos o, lo que es aún peor, si hemos quedado con una sola persona a la que hemos dejado tirada.

Si somos impuntuales de forma repetida puede que tengamos un problema de narcisismo, déficit de atención o, sencillamente, falta de empatía. Pero hay otras razones más complejas para llegar tarde.

En ocasiones nos retasamos a drede para que las personas que nos esperan nos consideren más importantes

Según explica Burton, puede que nuestra impuntualidad se deba que estamos enfadados con la persona con la que hemos quedado, y estamos pagando nuestra agresividad de forma pasiva obligándole a esperarnos. Este comportamiento, sobre todo si es frecuente en el tiempo (y más aún si la víctima es nuestra pareja), sólo puede acabar mal. Es una forma velada de agresión, que evita resolver los problemas subyacentes, y sólo crea enfado y resentimiento en la persona que la sufre.

La segunda razón velada por la que llegamos tarde es más peligrosa para nosotros que para el que espera. En ocasiones, llegamos tarde (de forma consciente o inconsciente) para que las personas que nos esperan nos consideren más importante y esto, o es causado por un narcisismo atroz o por todo lo contrario: nos sentimos inferiores y, por eso, queremos destacar siendo impuntuales. Llegando tarde nos aseguraremos de recibir la máxima atención. Se trata de un autoengaño bastante común, que puede llegar a ser patológico en la gente tímida, y que debe frenarse a tiempo si no queremos que nuestra vida social sea un absoluto desastre.

Llegar tarde no siempre es malo

Aunque la impuntualidad, si se repite en el tiempo, puede esconder un problema psicológico, llegar tarde no siempre es malo. Puede ser el indicativo de que, en el fondo, no nos apetece ir a dónde estamos yendo, o no es bueno que vayamos. Llegar tarde puede servirnos para reflexionar sobre las citas a las que acudimos.

La puntualidad absoluta, además, no suele estar bien vista, a no ser que el evento la requiera. Burton cree que ha dado con la fórmula exacta para llegar a la cita lo suficientemente tarde para no incomodar, pero tan pronto como para parecer que no se llega tarde.

“En muchos eventos sociales llego exactamente ocho minutos tarde”, explica el psicólogo. “Llegar pronto es de tan mala educación, o más, que llegar tarde, y llegar exactamente a tiempo puede hacer que llegues antes que tu anfitrión. Por otro lado, llegar ocho minutos tarde no es percibido como llegar tarde, y da a tu anfitrión el tiempo suficiente para sentarse, organizar sus pensamientos, y esperar tu llegada”.

Alma, Corazón, Vida
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