EL SEXISMO EN EL LENGUAJE

Por qué tratamos de manera distinta la promiscuidad en hombres y mujeres

¿Por qué cuando un hombre es promiscuo se dice de él que es un donjuán y cuando lo es una mujer no queda más remedio que calificarla de fulana?

Foto: Seguimos juzgando con diferente rasero las relaciones sexuales que mantienen hombres o mujeres. (iStock)
Seguimos juzgando con diferente rasero las relaciones sexuales que mantienen hombres o mujeres. (iStock)

La historia es antigua y, aunque parece que nos hemos desembarazado por completo de ella, en muchos casos no es así: ¿Por qué cuando un hombre es promiscuo se dice de él que es un donjuán y cuando lo es una mujer no queda más remedio que calificarla de fulana? Aunque, en realidad, de los términos de donjuán y fulana o picaflor y pilingui, muy de la generación de nuestras abuelas, hemos pasados a cosas como fucker y guarra, pichabrava y putilla o putero y perra. Lo mismo da. El caso es que cuando ellos mantienen relaciones sexuales variadas y frecuentes una parte de la sociedad los aplaude, y cuando lo hacen ellas esa misma parte de la sociedad las mira con desaprobación.

El fenómeno no es exclusivo de España. De hecho, se puede decir que la sociedad se agrava en Estados Unidos, de lo que da testimonio el libro Paying for the Party, del que habla Olga Khazan en un reciente artículo en The Atlantic.

El experimento

La obra es el resultado de un experimento que realizaron Elizabeth Armstrong, profesora de sociología de la University of Michigan, y Laura Hamilton, hoy también profesora de sociología en la University of California at Merced. En 2004 ambas se instalaron en un colegio mayor de una universidad pública con el fin de sacar conclusiones de la vida diaria de los estudiantes universitarios.

Las chicas más privilegiadas preguntaban a las chicas de clase trabajadora por qué iban así vestidas

Las investigadoras entrevistaron a 53 mujeres cada año durante cinco años: desde que empezaron la carrera hasta que la acabaron. Las conclusiones de sus conversaciones se han publicado recientemente en el ya mencionado libro Paying for the Party, que reflexiona sobre la desigualdad en el mundo universitario.

La actitud sexual

Entre otras cosas, Armstrong y Hamilton se fijaron en la actitud que las estudiantes tenían con respecto al sexo, y notaron que estaban muy relacionadas con el nivel socio-económico de sus familias. “Veíamos a las chicas de clase trabajadora salir de sus dormitorios para visitar a los chicos, y a las chicas más privilegiadas diciéndoles: ‘¿Por qué vas así vestida’”, cuenta Armstrong.

La vergüenza

Estas sociólogas se dieron cuenta, además, de que cinco de cada seis mujeres experimentaban lo que ellas llaman slut-shaming, es decir, vergüenza por sentirse guarras, perras, golfas o como quiera traducirse. “Si quieres hacer que una chica joven se sienta mal, saca a relucir el término ‘puta’ y lo tienes garantizado”, cuenta Armstrong.

La mayor parte de esa vergüenza se vive en privado, de manera que las mismas mujeres que la experimentaban en sus carnes eran las causantes de que otras mujeres también se sintieran mal. Según las investigadoras, era sorprendente lo mal que hablaban las mujeres unas de otras, e incluso a la hora de referirse a sus mejores amigas no dudaban a la hora de decir que eran unas putas o que prácticamente se prostituían. Todo esto, se entiende, en un ambiente de normalidad sexual y experimentación juvenil.

Ricas y pobres

Para ahondar en el experimento, Armstrong dividió a las mujeres en dos grupos: las más ricas y las de más baja extracción social.

Por lo general, las mujeres más pudientes tendían a ver el sexo esporádico como algo problemático sólo si se daba en simultaneidad a una relación seria. E, incluso en esos casos, sólo si había penetración. Para ellas, sólo por enrollarse con alguien no eras una guarra: debía haber una relación sexual completa.

Las mujeres más pobres, sin embargo, consideraban que “enrollarse con alguien” incluía siempre la penetración, pero también pensaban que es mejor hacerlo dentro de una relación.

Para las mujeres de clase baja, sin embargo, las putas eran aquellas que tenían más dinero

En la misma línea, ambos grupos de mujeres definen la sluttiness, el hecho de ser una guarra, de manera distinta. Para las de clase alta tiene más que ver con el modo de comportarse: si vistes de manera ordinaria o inadecuada, eres una guarra. Para las mujeres de clase baja, sin embargo, las putas eran aquellas que tenían más dinero, presumían de él e iban siempre juntas.

Armstrong concluyó que aunque ambos grupos vivían la vergüenza por igual en privado, eran las mujeres más pobres las que más sufrían el acoso público.

Una definición ambigua

De este modo, las sociólogas se dieron cuenta de que muchas chicas se sentían mal tras acostarse con un chico al que no conocían mucho o cuando tenían relaciones variadas, pero que ninguna tenía muy claro exactamente qué es “ser una guarra”. Las mujeres estaban convencidas de que eso existía, pero no tenían muy claro qué era.

En ese sentido, el estudio da pie a reflexionar por qué esas chicas se sienten mal cuando tienen relaciones sexuales, qué hay en el ambiente universitario o en la educación femenina que genera este tipo de comportamiento y, finalmente, por qué estos sentimientos son exclusivos de las mujeres. ¿Será que en realidad la sociedad sigue distinguiendo, aunque menos explícitamente, entre donjuanes y fulanas?

Alma, Corazón, Vida
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