NUNCA SERÁN SOCIOS DE FIAR

España y las tres traiciones infames cometidas por la 'pérfida Albión'

Esta historia comienza un drama auspiciado por la proverbial tradición de afanar lo ajeno a lo que tan aficionados son los habitantes de Albión

Foto: Ni siquiera el general Winston Churchill se mantuvo al margen de los tejemanejes de los ingleses.
Ni siquiera el general Winston Churchill se mantuvo al margen de los tejemanejes de los ingleses.

La nación más fuerte del mundo es sin duda España. Siempre ha intentado autodestruirse y nunca lo ha conseguido. El día que dejen de intentarlo, volverán a ser la vanguardia del mundo.

–Otto Von Bismarck

La historia de hoy comienza con uno de los actos de un drama auspiciado por la proverbial tradición de afanar lo ajeno a lo que tan aficionados son los habitantes de Albión. Habla también de la falta de palabra de los súbditos de su graciosa majestad, y de sus repercusiones sobre la credibilidad que les pueda quedar. Nunca serán socios de fiar.

España como referente militar, comercial y principal competidor por el control de los recursos mundiales, era el enemigo a batir en la carrera por la hegemonía mundial. Las dos potencias en litigio se implicarían a fondo en este pugilato que vino a durar unos trescientos años. Ya antes de que empezaran las hostilidades, los castellanos les solían hacer algunas visitas de cortesía -como el caso del almirante Tovar-, y llegarían a incendiar y saquear Gravesen, entonces puerto de Londres y docenas de pueblos de carácter menor, haciéndoles una puesta a punto en el debe de la contabilidad domestica a sus rubicundos y sorprendidos habitantes.

Si se afila bien el lápiz, a veces en la Historia ocurren episodios en el que ganan los más aviesos, que no los mejores, básicamente porque obtienen un cuerpo de ventaja en la carrera por ver quien engaña más, mejor y durante más tiempo, imponiéndose silenciosamente a la verdad en retirada, desnudándola de cualquier propiedad virtuosa y deslegitimando su propia autenticidad

En este arte hay unos especialistas al otro lado del Canal de la Mancha.

Hasta Churchill apuñalaba por la espalda

Parece que los malos son siempre gentes escuálidas de ojos rasgados o que ocasionalmente llevan turbante “si hace falta”, o tiznados latinos castigados por las inclemencias del sol mediterráneos, o indios que se les echan encima con cabreados elefantes cuando estaban haciendo turismo sostenible por allí o lo que es lo mismo, rapiñando a diestro y siniestro. A veces ocurre que los vilipendiados encierran más sabiduría acumulada e historia acreditada que aquellos que la tejen a su medida.

Por poner un ejemplo ilustrativo en la historia contemporánea y por lo tanto reciente en el tiempo, podemos ver un claro ejemplo de felonía de los que acostumbran a usar el típico "a mí que me registren".

Churchill cometería una de esas ignominias, pero no sería el único de los avispados isleños

A pesar de la opinión contraria de muchos de sus almirantes, Churchill decidió apuñalar por la espalda a su aliada Francia en el contexto de la más brutal guerra conocida hasta hoy. Este astuto estadista y dudoso estratega que había tenido algún patinazo en operaciones militares de cierto nivel, solo reproducía un viejo modelo que ya había sido ensayado por sus ancestros antes en la historia repetidas veces.

Una Flota Francesa en situación de stand by ante los acontecimientos europeos; fondeada en Mers-el-Kebir, recibió un touchez sin previo aviso, mientras que los funcionarios que gestionaban la deteriorada grandeur se empleaban a fondo para repartir condolencias entre los allegados a los difuntos. Este acto obviamente constituía una clara violación del Derecho Internacional y por lo tanto un crimen de guerra, cosa que sin escrúpulo alguno no tuvieron reparo en ejecutar como es habitual en su estética formalidad, con hechos consumados.

Churchill cometería una de esas ignominias, pero no sería el único de los avispados isleños, este por sí solo, es un antecedente más. No le importaría siquiera que unos días antes ingleses y franceses lucharan en la misma trinchera. Sin duda alguna el ataque a Mers-el-Kebir fue un ataque por sorpresa a una nación en paz con Inglaterra y que además era su aliada. Este ataque a traición constituiría uno de los crímenes de guerra más polémicos de la Segunda Guerra Mundial.

La sofisticación de los traidores

Pero este indeseable comportamiento ya bebía en antecedentes de cuyo habito no se han despojado ni con el paso del tiempo, los insulares. El refinamiento de estas habilidades alcanza actualmente unos niveles de sofisticación indescriptibles.

En la Divina Comedia, Dante habilita el círculo más profundo del infierno para los traidores. En el séptimo círculo de ese infierno, la esperanza no es más que una Utopía que más que lejana, es de puro onírico, inconcebible.

Dentro de esta inveterada afición por apropiarse de lo ajeno y en el marco de la Guerra de Sucesión entre Austracistas y Borbones, Inglaterra cometería uno de sus tantos atropellos sin mediar palabra.

La batalla del Cabo Passaro tuvo lugar el 11 de agosto de 1718.
La batalla del Cabo Passaro tuvo lugar el 11 de agosto de 1718.

Espoleado por su matrimonio con Isabel de Farnesio, Felipe V quiso recuperar las perdidas antiguas posesiones en Italia. El 17 de diciembre de 1718, la Cuádruple Alianza, un coctel de conveniencia que integraba a países como Francia, Inglaterra, Provincias Unidas y Sacro Imperio declararía la guerra a España por un litigio relacionado con sus pretensiones territoriales en Italia. Unos meses antes, el 11 de agosto una flota inglesa atacaría sin previo aviso ni declaración de guerra formal, a una escuadra española que navegaba deslavazada y sin orden de combate a la altura del Cabo Passaro en las costas del sureste de Sicilia, infligiendo una escabechina a los desprevenidos españoles que para más inri navegaban sobre barcos mal mantenidos y propios de otra época. Las consecuencias no se harían esperar; en este envite perderíamos de una tacada Menorca, Gibraltar, lo que quedaba de Flandes y nuestros territorios en Italia, que no es poco .

Para abundar en los agujeros negros de la elegancia inversa de los ingleses, tenemos un caso palmario ocurrido en los albores del siglo XIX.

Otra muesca más

El nueve de agosto de 1804 había zarpado de Montevideo cuatro fragatas españolas que además de embarcar algo más de un millar de hombres, transportaban alrededor de tres millones de pesos de oro y plata, buenos para ventilar la mortecina economía doméstica. Eran tiempos de paz. Casi dos meses después, el cinco de octubre, harían contacto visual con la península.

El general Diego de Alvear vería perecer a su mujer y siete hijos de una tacada

Sobre las siete de la mañana y entre la bruma empezaron a destacarse cuatro fragatas inglesas que rápidamente se pusieron a barlovento de las españolas. Aparentemente no había nada que temer, pero la cosa comenzaba a pintar mal. De entrada, los ingleses conminaron sin más a la rendición a las naves españolas. Bustamante, que era a la sazón comandante de aquella flotilla, viendo el cariz que tomaban los acontecimientos, decidió optar por el zafarrancho de combate. Al parecer, con viento de poniente y con costa a la vista, se podía atisbar la Sierra de Monchique cuyas estribaciones se derraman sobre el sur del Algarve portugués. No había mas de veintiún millas de distancia hasta las playas de Faro .

Diego de Alvear quedó viudo en la fragata Nuestra Señora de las Mercedes.
Diego de Alvear quedó viudo en la fragata Nuestra Señora de las Mercedes.

Quiso el destino que una desafortunada primera andanada inglesa diera de lleno en el pañol de municiones de la fragata Nuestra Señora de las Mercedes, que saltó por los aires en un trágico y macabro alarde de pirotecnia, pero la tragedia era aún mayor si cabe, pues en la Medea iba el general Diego de Alvear, que vería perecer a su mujer y siete hijos de una tacada en la terrible explosión de la santabárbara de la nave. El resto de la flotilla, tras un duro y desigual combate, arriarían banderas. Jamás se pudo recuperar esta cantidad a pesar de las reclamaciones cursadas por vía diplomática.

Noventa días después, el catorce de diciembre, España impelida por su tratado de asistencia mutua con Francia, se vería obligada a declarar la guerra a Inglaterra.

En lo que sí ha tenido una notoria ventaja el mundo anglosajón, ha sido en el marketing aplicado a sus atropellos y felonías; parece que no han roto un plato nunca. Es asombroso leer la historia inglesa; ni una sola derrota. Sin ir más lejos, en menos de diez años derrotamos tres veces a Nelson. Así tienen el apéndice nasal que tienen.

Solo nos queda apelar a los propósitos del enunciado de Bismarck si queremos dejar de ser una insignificante mota de polvo

Por lo que a nosotros respecta, nuestras oportunidades en el contexto internacional han ido mermando según crecía nuestra incapacidad de autocrítica. Con el tiempo, lo que era tangible y fue conquista heroica, se ha convertido en recuerdo a cámara lenta de nuestra gloria pasada. Al final todo acaba desvaneciéndose en la materia de los sueños y hoy en nuestro humilde puesto mundial, ya lejos de los laureles de la historia, solo nos queda apelar a los propósitos del enunciado de Bismarck, si queremos dejar de ser una insignificante mota de polvo en este cambiante  y provisional maremágnum. La política del avestruz y mirarse el ombligo tiene su punto zen pues se entra en hibernación, lo malo es cuando esta es muy prolongada, puede escapar a sus propias reglas.

Es posible que, como refleja el cuadro de Goya, Duelo a garrotazos, pintado cuando ya estaba enfermo, y que tan magistralmente resume el estéril enfrentamiento a porrazos entre dos hombres de pobreza solemne y odio asfixiante, haya un trasunto de verdad o la firma de una sentencia secular. Deberíamos de observarlo detenidamente de vez en cuando para arrojar luz sobre nuestras zonas oscuras.

Tal vez la volátil ligereza de nuestra presencia actual en el conjunto del mapamundi, se deba a que tomamos como referencia la grandeza que no fuimos capaces de conservar, en vez de proyectarnos juntos en el futuro. Tenemos un gen masoquista.

La victoria y el fracaso son dos impostores y hay que recibirlos con idéntica serenidad y un saludable punto de desdén, decía Rudyard Kipling.

Hoy como ayer, nada nuevo bajo el sol.

Alma, Corazón, Vida
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