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La edad madura es mejor: “más triste que envejecer es seguir siendo un niño”
  1. Alma, Corazón, Vida
MENOS ENTUSIASMO, PERO MÁS CONOCIMIENTO

La edad madura es mejor: “más triste que envejecer es seguir siendo un niño”

En septiembre del año pasado una de las protagonistas mediáticas en Argentina fue la esquiadora Zulma Blanco. Había participado en “La Carrera de la Historia”, un

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La edad madura es mejor: “más triste que envejecer es seguir siendo un niño”

En septiembre del año pasado una de las protagonistas mediáticas en Argentina fue la esquiadora Zulma Blanco. Había participado en “La Carrera de la Historia”, un homenaje que se rindió a los deportistas de la nieve de aquel país. Cuando fue entrevistada, la esquiadora se quejó de que la habían situado en la pista al lado de su hija y había tenido que bajar más despacio de lo que ella quería para esperarla. Era un disgusto comprensible, aunque chocante: Zulma tenía, en ese momento, 92 años.

Cuando le preguntaron qué era lo que le hacía disfrutar del esquí a su edad, contestó reflexivamente: “El paisaje de los Andes. Es que te llena el espíritu…".

Vivimos en una cultura de apología de las sensaciones de la mocedad. Desde los sesenta, parece como si toda nuestra cultura se encaminara hacia aquel “Vive deprisa, muere joven y deja un bonito cadáver”. La influencia de esta mitificación de la eterna pubertad psicológica se manifiesta también en los escritos sobre felicidad. Los libros de autoayuda y los artículos que aconsejan sobre la satisfacción vital asocian ésta con estados de ánimo característicos de la juventud: motivación de logro, vitalidad, sentimentalidad exacerbada, entusiasmo... Culturalmente, parece cierto aquello de lo que se quejaba el escritor Gesualdo Bufalino: “Los jóvenes se han comido a los viejos, pero no han sabido digerirlos”.

Las personas más felices se sitúan en una franja de edad entre los sesenta y setenta añosSin embargo, los datos demuestran que existe una forma de felicidad en la senectud que estamos olvidando. De hecho, es posible que este tipo de bienestar sea incluso más profundo y satisfactorio que la dicha juvenil. Una investigación de la Mayo Clinic Women's Source Healthsource de EEUU, publicada en el año 2008, llegaba a la conclusión de que las personas más felices se sitúan en una franja de edad entre los sesenta y setenta años. Un dato que concuerda con las conclusiones del sociólogo holandés Ruut Veenhoven, creador de la “Base de Datos Mundial de la Felicidad” (World Database of Happiness). Sus recopilaciones de estudios a lo largo del planeta muestran que la satisfacción vital sigue una curva en forma de U: un cierto clímax en torno a los veinte, un bajón progresivo a partir de ahí que toca fondo hacia los cuarenta, y una subida posterior progresiva que alcanza el cénit entre los cincuenta y cinco y setenta y cinco años. De hecho, este último es el techo de bienestar de la mayoría de las biografías.

En esta época dorada de la vida, Goethe publicó Fausto, Cervantes escribió Don Quijote de la Mancha y Leonardo pintó La Gioconda, entre otros muchos ejemplos. Entonces ¿por qué se habla tan poco de la felicidad de estas edades?

Mantenerse lejos de lo utópico

La principal razón es que la satisfacción vital madura depende de factores más difíciles de definir y trasmitir. Por ejemplo: muchos estudios hablan de la importancia del realismo. El estado de ánimo en la senectud es el resultado del enfrentamiento entre nuestros proyectos y la realidad. Al llegar a este momento de la vida, se acepta con más realismo las frustraciones, se reconocen las debilidades e, incluso, a medida que se va perdiendo a los seres queridos, se aprende a valorar mejor la permanencia de ciertos aspectos cotidianos. Quizás por eso, las personas con ideales utópicos suelen tener una madurez más amarga, consecuencia de haber podido cumplir sus proyectos. Sin embargo, nuestra apología del entusiasmo adolescente se nutre de la idea contraria: fomenta lo utópico. Y aunque los datos parezcan mostrar que es adaptativo ser “viejos de jóvenes” para luego ser “jóvenes cuando somos viejos”, es poco habitual escuchar esa idea.

La dicha de muchas personas en las épocas tardías de la vida se apoya más en una “satisfacción de vuelta” que en un “entusiasmo de ida”. Disfrutan de una edad en la que no importan tanto el desarrollo profesional, la propia identidad o las necesidades sexuales. Ya no se sienten obligados a responder a la pregunta “¿Quién eres?” como quien responde a la pregunta “¿Qué haces?”, algo a lo que nos obliga nuestra sociedad hasta determinada edad. No sentirnos obligados a demostrar nada nos permite ser más libres.

Las personas mayores tienden a pensar más sobre sí mismas y, quizás por eso, consiguen conocerse mejorEso permite a muchas personas alcanzar en su edad madura una gran naturalidad para expresar emociones y ser ellos mismos. Las investigaciones nos muestran, por ejemplo, que un cambio habitual en el otoño de la vida es la tendencia a expresar aspectos de nuestra personalidad que habíamos reprimido durante la juventud. El psiquiatra S. Cytrynbaum propuso, en una investigación de hace unas décadas, un interesante ejemplo de los efectos beneficiosos de la liberación de responsabilidades. Su estudio mostraba que tanto hombres como mujeres en torno a los sesenta tenían más tendencia a cambiar el modelo estereotipado de varón y mujer que habían representado durante años. Ya no se sentían obligados a demostrar que cumplían el rol que la sociedad sexista de la época les inducía a representar. Y por eso se permitían expresar aspectos de su personalidad que habían permanecido ocultos mucho tiempo: muchas mujeres pasaban a ser más enérgicas, competitivas e independientes y muchos hombres se permitían a sí mismos actitudes más pasivas y expresiones sentimentales impensables en los años ochenta en EEUU, la época en que se realizó la investigación.

Aquello que se ha reprimido durante la primera mitad del devenir vital surge a menudo después, en una época de la vida en la que suele aumentar la confianza en nosotros mismos. Además, la edad madura se suele acompañar de una tendencia a la introspección. De jóvenes aprendemos, de mayores comprendemos. Mientras que los jóvenes emplean gran parte de su energía en la acción más que en el pensamiento, las personas mayores tienden a pensar más sobre sí mismas y, quizás por eso, consiguen conocerse mejor. Las etiquetas y los roles de género ya no les sirven. No necesitan tanto de la aprobación de los demás: al contrario de lo que ocurre con la gente joven, la autoestima no la dan los iguales, la obtiene uno mismo. Y esto redunda en la placidez que muchas veces acompaña a la edad madura, esta “serenidad del otoño de la vida” que Seneca alababa como la mejor etapa del ser humano.  

Mirando hacia atrás (sin ira)

No todas las personas mayores alcanzan este tipo de bienestar. Una de las teorías que explica las causas es la del psicoanalista Erik Erikson. Para este autor, la vida consiste en ir resolviendo una serie de crisis. Cada una de ellas es un hecho que necesita ser resuelto en un particular momento del desarrollo. Y su objetivo es el equilibrio entre dos alternativas: resolver la dicotomía es esencial para la felicidad en esa etapa de la vida.

Según Erikson, la última de esas crisis se da en la madurez y en ella el ser humano tiene que elegir entre dos alternativas: capacidad de creación por un lado, estancamiento por el otro. Él lo llama la crisis de la generatividad, de la necesidad de seguir haciendo cosas frente al impulso rutinario del estancamiento. Esa necesidad se puede dirigir a muchos asuntos y orientar de distintas formas: preocupación por guiar a los jóvenes, realización de hacer algún trabajo creativo y productivo, vinculación con actividades políticas o de voluntariado…

Pese a la “apología de la juventud” dominante, los datos demuestran que nuestra sociedad necesita de la madurezPor otra parte, el ser humano siente que cierto grado de estancamiento puede ser útil, como contrapeso que permita a la creatividad cierto reposo. De hecho, la madurez es la edad en la que crear una estructura de vida se convierte en un objetivo prioritario. La madurez es el tiempo en el que el ser humano siente que ha construido un mundo, y vive en función de ese mundo. El equilibrio entre estas dos facetas es, según Erikson, fundamental: quienes lo alcanzan son candidatos a la felicidad en la madurez.

Los psicólogos Mihaly Csikszentmihalyi y Reed Larson elaboraron hace una década una especie de “gráfica emocional” creando sentimientos en sus voluntarios y asociándolos a señales biofísicas. Sus datos indicaban que los adolescentes podían pasar de la euforia total a la tristeza pesimista en menos de una hora. A partir de la madurez, sin embargo, el humor se va haciendo más cambiante, más profundo y duradero. Eso supone que, en general, las emociones se hacen más intensas. En las edades tardías, se siente menos, pero el estado de ánimo es más gratificante y el pensamiento se hace más espiritual. La metáfora que usan estos autores es significativa: conforme envejecemos, nuestra felicidad deja de parecerse a una montaña a rusa para ser más similar a una canoa en un estanque.

Pese a esta “apología de la juventud” dominante, los datos demuestran que nuestra sociedad necesita de la madurez. Durante las últimas décadas, a pesar de que la inmensa mayoría de personas famosas son menores de cuarenta años, ha seguido aumentando la edad promedio de los ganadores del Premio Nobel, de los escritores que publican su primera novela y de los inventores que registran su primera patente. Quizás empiece a ser el momento de reivindicar la mente madura y recordar que, como decía Cesare Pavese, “sólo hay algo más triste que envejecer y es seguir siendo niño”.

En septiembre del año pasado una de las protagonistas mediáticas en Argentina fue la esquiadora Zulma Blanco. Había participado en “La Carrera de la Historia”, un homenaje que se rindió a los deportistas de la nieve de aquel país. Cuando fue entrevistada, la esquiadora se quejó de que la habían situado en la pista al lado de su hija y había tenido que bajar más despacio de lo que ella quería para esperarla. Era un disgusto comprensible, aunque chocante: Zulma tenía, en ese momento, 92 años.