A FONDO. NUEVAS COSTUMBRES AMOROSAS

El sexista benévolo: cómo ligar dándoselas de moderno

Ben Sidran viene a Madrid con cierta frecuencia. Suele dedicar una semana al año a tocar en un conocido café madrileño, donde convoca a un buen

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El sexista benévolo: cómo ligar dándoselas de moderno

Ben Sidran viene a Madrid con cierta frecuencia. Suele dedicar una semana al año a tocar en un conocido café madrileño, donde convoca a un buen número de seguidores. Son conciertos muy agradables: pequeño local, muchos fieles, ambiente distendido y una banda que se nota que lo está pasando bien. Sidran es un músico prestigioso, que ha trabajado con grandes nombres del jazz, que puso en marcha un sello discográfico muy interesante, y que imparte clases de sociología en la Universidad de Wisconsin. Ha publicado además, varios libros de gran talla sobre sociología de la música. Quizá por ello, su público es heterogéneo: hay viejos amantes del jazz, progres y algunos modernos. No en vano, su último disco es una reivindicación de la era hipster.

Ese era también el contexto de una de sus últimas actuaciones en España, allá por diciembre. Ambiente caldeado, público entregado y fervoroso, banda enérgica, buen rollo. Todo iba bien, envuelto en sudor y risas, hasta que Sidran, aprovechando una pausa entre canciones, pregunta en inglés si hay alguien enamorado en la sala. Un hombre en la treintena (o quizá en la cuarentena,vete a saber) respondió afirmativamente. Sidran le pide que demuestre su amor, y el buen hombre pone rodilla en tierra, abre la cajita, muestra el anillo y pide matrimonio a la chica (guapa, claro) que le acompañaba. Ella responde afirmativamente, se besan, el público aplaude y el concierto se reanuda. Todo guay…

Se trata, sin embargo, de una escena impensable un par de décadas atrás. Es la clase de estampa que encajaría en un concierto de Julio Iglesias, pero no en cualquier actuación de quien se pretendiese mínimamente moderno. ¿Un tipo rodilla en tierra ofreciendo un pedrusco a una chica y pidiéndole que se case con él? Era demasiado tradicional, demasiado manido, muy retrógrado. Un par de décadas después, ese comportamiento regresa, como algo romántico y cool y es plenamente aceptado en esos ambientes modernos. Algo está pasando aquí…

Un papel muy clásico

Lia tiene 22 años y está terminando la carrera de Derecho. Ha posado ocasionalmente para alguna foto publicitaria en la agencia de su tío, cuando era más pequeña. Ahora se ha convertido en una belleza, aunque aún se le hace extraño que la gente la mire por la calle. Se quiere hacer un bookFernando, un amigo de su tío, de cuarenta y pocos años, reputado como fotógrafo “artístico”, se ofrece. Lia, vuelve de la sesión entre divertida y asombrada y esa noche le cuenta a Irene, abogada amiga de su madre a la que usa de confidente y tiene como ejemplo, cómo transcurrió la sesión. “No entendía nada, tardó cuatro horas en acabar y sólo hay dos fotos que me valgan. Me miraba y me volvía a mirar y se ponía a pensar, luego sacaba humo, luego ponía y quitaba fotos. Luego se me quedaba mirando otra vez. Muy raro. Me trataba muy bien, como con muchísimo cuidado, pero estaba también como distante. Era como si quisiera ‘flitear’ (Lia pronuncia mal la palabra) conmigo pero de una manera súper rara…”.

Irene lo tiene claro: “Intentaba impresionarla con una coreografía de macho experimentado y artista torturado, al viejo estilo, tratándola como a una reina pero siempre manteniendo él el control, explicando sin decirlo que ‘yo soy el artista y te adoro, pero tú sólo eres un objeto, aunque un objeto digno de adoración’, y le salió el tiro por la culata”. La razón, argumenta Irene, es muy simple: “Ese rollo no funciona con las chicas jóvenes, ni lo entienden, van mucho más a cañón. Funciona con gente que ha sido criada en ese paradigma de control”, añade con una mueca irónica, porque sabe que habla de sí misma, “o con mujeres que quieren que las sigan tratando así aunque ya están entrando en una época en la que cada vez les sucede menos”. De hecho, Irene reconoce que su actual amante, Raúl, algunos años menor que ella, la “ganó” (en sus propias palabras) “trabajándose un papel muy clásico de tío sensible, obsequioso y que te halaga todo el rato. A ver cuánto le dura”. “Lo cierto es que esos papeles”, concluye, “nos los creemos muy a medias, pero si ni siquiera lo intentan, ¿qué vamos a esperar?”.

Lo que tienen en común los tres potenciales amantes masculinos, dos “victoriosos” y uno fracasado con estrépito, es que los parámetros de la técnica usada son muy similares. Los tres son jóvenes, exitosos y modernos, pero su estilo de conquista es clásico. Aunque hay quien pensaría que lo suyo no es la conquista con estilo, sino lo que últimamente se ha dado en llamar “sexismo benévolo” y que algunos periodistas y expertos consideran “más insidioso y perjudicial” que el sexismo evidente y descarnado.

Los chicos buenos siempre han tenido muchos complejos a la hora de ligar. Ellos solían ser el amigo agradable con quien se podía ser sincero, pero eran los chicos malos, los más físicos e interesantes, los que se llevaban a  las chicas. Hasta que un día descubrieron que se podía ser sensible y ser cool, que podías alejarte de los estereotipos más masculinos y triunfar siendo más elegante y sensible que ellos. Los chicos buenos también podían tener éxito…

Lo peculiar es que esa actitud no conduce a nuevas formas de relacionarse con la pareja, sino a situar los viejos estereotipos en nuevos escenarios. Se vuelve a pedir en matrimonio, pero no en la intimidad de una cena, sino en un espacio público lleno de gente como tú. Lo mismo queda más sensible y artístico, pero la cosa es la misma. Para investigadores como Peter Glick y Susan T. Fiske, las consecuencias negativas de las actitudes que idealizan a las mujeres y las convierten en musas, en objetos dignos de admiración, son notables. Por más que el camino esté pavimentado de buenas intenciones, se repiten estereotipos muy tradicionales de cómo las mujeres deben ser, reforzándose la hipótesis de que ellos tienen la capacidad y la fuerza, y ellas son una pequeña maravilla frágil y débil.

'Queremos el pasado ahora'

¿Podemos entender entonces que el “sexismo benévolo” es un problema nuevo o un simple cambio en la valoración de algo, un nuevo tabú? Para Julián, que podría ser catalogado dentro del grupo de los modernos hipsters -un tipo de cuarenta con buena posición, ingeniero, amante de la literatura japonesa, los espacios diáfanos y los gintonics caros y la música indie suave-. “Existe una estilización, existen medios que lo hacen todo más chic, pero mira, dentro de unos años los anuncios que nos parecen cool e ingeniosos, nos parecerán tan bastos como los que vemos en los libros, de los sesenta y setenta. En esencia se siguen sacando tetas para vender, aunque sea de una manera pretendidamente intelectual. Vivimos en una generación que quiere considerar a Sasha Grey una intelectual. En cuanto a las relaciones interpersonales y todo eso… pues mira, que quieres que te diga, la bandera de los modernos es lo ‘retro’. Ven series que hablan de otras épocas y glorifican esas épocas, Mad men, por ejemplo, tienen una añoranza marcada de su infancia y de épocas que no han vivido. Mira todo el rollo del burlesque. Yo no viví los sesenta, pero estaba eso de ‘queremos el futuro ahora’. Hoy en día es más bien como ‘queremos el pasado ahora’. Así que las costumbres y los machismos van en esa línea. Más cool en lo estético, pero muy vetusto, sí”.

Reconoce, sin embargo, que las costumbres sexuales han cambiado mucho, aunque afirma que no sabe “hasta qué punto eso influye en lo del sexismo como idea”. “Yo viví una temporada de mi vida con un amigo en un piso compartido”, explica, “y los dos compartíamos una amante, y era raro pero no violento, eso en la época de mi padre hubiese sido impensable. ¿Te imaginas? Nos hubiésemos matado. ¿Es eso machismo? Bueno, seguro que si es al revés, si dos tías me comparten a mí, también vendría alguien a llamarme machista, así que me da igual”.

 

Quizá sea vetusto, y quizá sigamos moviéndonos por estereotipos antiguos, pero la cuestión es que es así porque todavía se cree que son muy útiles. A Sandra, publicista, siempre le ha parecido que lo clásico era deseable: “Lo de que te regalen un pedrusco y se pongan de rodillas está bien, ¿no? Son como florituras que molan, ¿no? Hombre, no se lo voy a pedir, pero desde pequeñas nos lo han metido a presión, todas queremos que nos traten como a princesas, ¿no?”.

*(Esta es la primera parte del reportaje 'sobre costumbres amorosas'. La segunda y última se publicará mañana en esta misma sección).

Alma, Corazón, Vida
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