“SI NO FUESES GUAPA, NO ESTARÍAS TRABAJANDO AQUÍ”

El ‘lookism’ o vivir de la apariencia

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    1. Cuando los guapos dominan el mundo

    Pasear por cualquiera de las calles más concurridas del centro de Madrid, como ocurriría con cualquier capital del mundo occidental, es hacerlo por el callejón del Gato de la vanidad contemporánea. Los anuncios, los escaparates de las tiendas de ropa, los carteles de las peluquerías o los afiches de los estrenos cinematográficos se constituyen en espejos que devuelven a los sufridos peatones su propia imagen, deformada e idealizada. En la mismísima Puerta del Sol, una modelo en sujetador cuya imagen abarca toda la fachada de la entrada de Arenal empequeñece al añejo Tío Pepe: su tamaño es abrumador, y parece imposible abstraerse de la presencia de estos rostros (y cuerpos) que continuamente nos instruyen no tan sólo sobre cómo deberíamos ser, sino también cómo deberíamos desear ser.

    Unos metros más abajo, en la multitud de comercios que se extienden por las venas del centro de la capital, pululan perfiles de trabajadores completamente opuestos, del trajeado y encantador encargado de El Corte Inglés a la algo más informal dependienta de Bershka, que sin embargo responden a una misma realidad: conseguir que el cliente se sienta reflejado en ellos, algo que ocurre en cualquiera de los negocios que conforman ese microcosmos que se extiende alrededor del Kilómetro Cero. Unos metros más abajo, camino del Teatro Real, los relaciones públicas de las discotecas capitalinas se afanan en conseguir que el turista incauto o el juerguista despistado entren en su local y no en el vecino. Por supuesto, la mayor parte de ellos son bien parecidos, sonrientes y –forzadamente– encantadores. Casi todos están aquí de paso: muchos de ellos son estudiantes que pagan sus estudios gracias a lo que ganan los fines de semana, otros compaginan sus labores del fin de semana con sus carreras como modelos o actores, donde la apariencia física lo es prácticamente todo.

    Encender la televisión termina de completar este puzle. Los medios de comunicación han contribuido a globalizar este estado de las cosas: si en el pasado los deportes eran conducidos por presentadoras como María Escario, ahora es Sara Carbonero quien representa el perfil ideal de la periodista deportiva. Y aunque personajes como Susan Boyle, la cantante de Britain’s Got Talent (o, en nuestro país, Rosa López de Operación Triunfo) han sido consideradas como la antítesis de la superventas sexy, por cada una de ellas hay veinte artistas como Jennifer López o Rihanna. No se trata de algo precisamente nuevo: ¿Al fin y al cabo, hasta qué punto podemos prescindir de contar con los dependientes más atractivos si son estos los que mejor funcionan con el público? Como señala una fuente anónima que no desea ser citada, “yo siempre voy a pedir las copas a la camarera más guapa”. Si extrapolamos esta afirmación a todos los ámbitos laborales, nos encontramos con que ser guapo, atractivo y simpático sigue siendo muy rentable.

    “Mira, hay un experimento que resume muy bien esta cuestión. Se cogió a un grupo de expertos de selección de personal y a cada uno de ellos se les puso bajo el escritorio una rueda que debían girar hacia uno u otro lado según los candidatos les diesen buena o mala impresión durante los primeros quince segundos. Pues bien, creo que alrededor del 90% de ellos no cambió de opinión después de conocer en más profundidad a los candidatos”. Esta anécdota, relatada por el profesor de Comportamiento Organizacional de la IE Business School Diego Vicente, traza de manera bastante certera los rasgos del mundo en el que vivimos. Un mundo en el que ninguno estaríamos dispuestos a admitir que juzgamos a las personas por su apariencia, pero en el que seguimos haciéndolo, aun a nuestro pesar. “Es una pena, pero es así en muchos casos: vivimos en el mundo de la imagen, de la ilusión y la fantasía. Muchas veces seguimos categorizando a cada persona a partir de dos o tres rasgos”, concluye Vicente. Algo que no sólo afecta a los departamentos de selección de personal, sino que también incumbe a la mayor parte de nosotros, que seguimos haciendo bueno el razonamiento de “lo que es bello es bueno”.

    El lookism (o “aspectismo”, como se ha traducido en castellano) es uno de los prejuicios sociales que con más frecuencia aparecen en el mercado laboral –y también en la vida social–. En sentido estricto, el término serviría para definir todas aquellas discriminaciones originadas por el aspecto del trabajador –su origen se encuentra en términos negativos tales como sexism o racism–, que le ha granjeado el sinónimo “fascismo del cuerpo”. Pero no únicamente alude a aquellos casos en los que una persona es incapaz de encontrar trabajo por su apariencia física, sino que estos son tan sólo la punta del iceberg de un problema mayor y que nos conduce a preferir, aun de manera inconsciente, a aquellas personas más agraciadas, elegantes, que mejor encajan con nuestro prototipo del atractivo, o simplemente, parecen más amigables.

    “Las más afectadas suelen ser las mujeres de avanzada edad. La belleza suele identificarse con la juventud, algo especialmente importante en el caso de las mujeres”, nos explica Chris Warhurst, profesor de Trabajo y Estudios Organizacionales de la Universidad de Sydney, en Australia, uno de los grandes expertos en el tema. “La discriminación siempre ha formado parte de nuestras vidas y esta es una manifestación más. Por ejemplo, lo que está ocurriendo en estos momentos es que se contrata a mujeres de clase media para puestos anteriormente ocupados por mujeres de clase más baja, por ejemplo, camareras. ¿Por qué? Porque se considera que el aspecto de estas mujeres de clase más alta es mucho más atractivo que las de una clase menor. La consecuencia es que son estas mujeres las que más sufren”. Sin embargo, no son las únicas: como señalan sus últimas investigaciones, cada vez son más los hombres que se sienten marginados por su aspecto.

    La estadística refrenda estas ideas: Steven Jeffes publicó a finales de los años noventa un ensayo, La apariencia lo es todo (Sterling House Publisher), en el que afirmaba que “las personas atractivas tienen de dos a cinco veces más probabilidades de ser contratadas y suelen ganar de un 12 a un 16% más”. Otro estudio realizado por Daniel Hammermesh y Jeff E. Bidle señalaba que aquellos que figuraban entre el 9% de los trabajadores menos atractivos de la empresa solían ganar menos que el resto. En muchas ocasiones, el prejuicio se oculta bajo explicaciones convencionales (“‘no respondes al perfil’ es la frase que más he escuchado”, señala una joven dependienta), por lo que no hay lugar para la protesta. “El problema con el lookism es lo subjetivo que tiene, y su dificultad para definirlo”, prosigue Warhurst.

    “¿Qué es guapo? ¿Qué no lo es?”, prosigue el profesor. “Por eso mismo, existen unas complicadas implicaciones cuando alguien mantiene que ha sido marginado por su apariencia. Es decir, si un trabajador se queja de algo así, otra persona debe acudir al centro de trabajo y decidir que, efectivamente, esa persona no es tan guapa como el resto de empleados”, señala Warhurst para poner de manifiesto lo complicado que es identificar este tipo de prejuicio. “Siempre vamos a tener que aplicar algún tipo de discriminación cuando elegimos a alguien para un trabajo. Ahora mismo, lo que nos correcto es hacerlo por sus cualificaciones o la formación académica. En el pasado discriminábamos por raza o por sexo, pero ahora es ilegal hacerlo acorde a esos criterios, así que aplicamos otros”.

    2. Vestida para trabajar

    Al atardecer, en la terraza de un bar, aprovechando una de las últimas tardes de calor antes del otoño, Laura y Ester se enzarzan en una pequeña discusión que, sin ser conscientes de ello, se hace eco de manera bastante certera de las palabras del profesor Warhurst. “Estas cosas ocurren a menudo, en muchas empresas, sobre todo cuando trabajas de cara al público. Pero yo no lo he visto en mi trabajo”, explica Laura. “¿Cómo que no?”, responde su amiga. “En la tuya, en más que ninguna. Si no fueses guapa, no ibas a estar trabajando ahí, ya te lo digo yo”. La polémica entre ambas, que a juzgar por su apariencia han sido más beneficiadas que perjudicadas por el lookism no llega mucho más lejos (Ester es actriz, así que no puede negar que su apariencia es clave en su carrera profesional), pero apunta una de las grandes contradicciones de esta paradoja: se trata de algo difícil de denunciar porque hacerlo sería aceptar implícitamente la propia fealdad, pero también es complicado reconocer que uno se beneficia de ello. Y poca duda cabe, echando un simple vistazo a Laura y sus compañeras, cuál es una de sus principales virtudes, por más que la modestia les lleve a relativizar la importancia que dicho factor ha jugado en su vida laboral.

    Laura es un pozo sin fondo de anécdotas. Una de las que nos cuenta indica que, al contrario de lo que señala el refranero, el hábito sí hace al monje. “Hay una cadena de ropa que, como sabrás, tiene dos líneas. Una destinada a un público más general y otra, a los clientes más pijos. Pues bien, acudí a una entrevista de trabajo para la primera, con el pelo rizado y vestida con unos vaqueros y camiseta. Al medio minuto me habían dicho que no encajaba con lo que querían, que no era como la de la foto del curriculum”, cuenta con un punto de sarcasmo. “A la semana siguiente fui a otra entrevista, esta vez para la cadena de tiendas de gama alta. Me puse traje de chaqueta, me maquillé y me alisé el pelo. Estaba contratada en un minuto y empecé a trabajar esa misma tarde”.

    Quizá el ejemplo más extremo de esta tendencia sea la marca de ropa Abercrombie & Fitch, en cuyas tiendas no se contratan dependientes, sino modelos cuyo proceso de selección se realiza a través de un casting, lo que siempre los ha situado en el ojo del huracán. Una de las polémicas que más han afectado a la cadena estalló cuando Riam Dean, una joven de 22 años, perdió su empleo en una de las tiendas londinenses de la cadena por enseñar su brazo protésico. La explicación aducida por sus superiores es que “no encajaba con la política de imagen de la empresa”, descrita como “puramente americana”. Hasta entonces, Dean había ocultado su extremidad artificial bajo una chaqueta de punto. La resolución sentó un importante precedente en Inglaterra, ya que Dean fue indemnizada con 8.000 libras por “acoso ilegal”.

    Lo que nadie duda es que es imprescindible un mínimo de decoro en las formas, algo que está fuera de toda discusión. Quizá por eso cuando Víctor, un diseñador web, afirma en una discusión en una red social que “me he sentido discriminado cada día de mi vida”, Laura salta al instante. “Sí, claro. Con un peinado de mohicano. ¿Qué pretende?”. En ese sentido, existe un quórum que apenas se somete a discusión, ya sea entre las dependientas de boutique o entre los abogados de los bufetes más importantes: existe un mínimo que se ha de cumplir, y que pasa por ser capaz de aceptar las convenciones sociales. Ester señala que “un amigo me comentaba que no iba a quitarse los piercings y las rastas para trabajar porque ello acabaría con su juventud, pero que no conseguía encontrar trabajo. No sé a qué aspira”. Un mínimo es imprescindible, pero claro, ¿dónde se encuentra tal mínimo?

    “En mi tienda te dan un libro así de grande cuando te contratan”, señala Laura haciendo con las manos un gesto que identifica un volumen de, al menos, quinientas páginas. “En él te dicen todo lo que debes hacer en la tienda”. ¿En qué se traduce esto? “Sabes en qué lugar debes ponerte para poder abarcar visualmente el mayor espacio posible, cada cuánto tiempo debes dirigirte al cliente, y qué posición corporal debes adoptar”. Algo que puede resultar sorprendente, pero que no debería llamarnos especialmente la atención: “Ocurre en todas las grandes cadenas”. Sin embargo, señala Laura, lo importante no es tanto la habilidad y el conocimiento sobre estos aspectos como responder a un perfil determinado. “Ahora en la tienda estamos buscando alguien con un perfil juvenil, desenfadado, con algún piercing o pintas un poco más alternativas, que parezca que lleva toda la vida haciendo surf, aunque no sea verdad. Luego ya aprenderá lo que tenga que aprender, pero lo importante es que dé la imagen”.

    3. Los ricos (y guapos) también sufren

    La lógica invita a pensar que tan sólo en aquellos trabajos donde la relación con el público es esencial y la apariencia externa es un valor diferencial (es decir, empleos de baja cualificación en su mayor parte, como en las boutiques o peluquerías), se puede hablar de esta situación en la que la belleza (o la adopción de una apariencia concreta) es una condición sine qua non para trabajar. Pero no es así: aunque el concepto de lookism quizá ya no pueda aplicarse en sentido estricto, la necesidad de responder a una determinada imagen también ocurre en otros barrios, que ya no son ese centro urbano destinado al turista y al comprador, sino unos kilómetros más allá, en el Paseo de la Castellana y los centros financieros de la capital: el uniforme –traje, zapatos, corte de pelo– se impone, tanto para hombres como para mujeres.

    Se puede espetar que así ha sido siempre desde hace décadas, cuando el decoro y las formas eran necesarias en cualquier trabajo (la estética sport se ha impuesto mucho después), pero la diferencia fundamental es que, debido a las habilidades que requieren otros trabajos llamados del "conocimiento", hay otro tipo de virtudes mucho menos relacionadas con la apariencia y lo superficial, que son también necesarias en cuanto que contribuyen de manera positiva a las formas de organización empresarial: ya no atañen tan sólo a la belleza, sino también a las actitudes vitales, a los comportamientos, a los valores y a los hábitos sociales. Es lo que desde hace unos años se ha dado en llamar regulación de la identidad, tal y como lo describieron Hugh Willmott y Mats Alvesson.

    Es algo que se refleja en las palabras de Pedro, un consultor de Price Waterhouse que nos atiende por teléfono, ya que las exigencias de su trabajo nos impiden encontrarnos en persona. Por una parte, señala que en una labor como la que él desempeña no se puede pensar que la belleza vaya a granjearle a nadie un ascenso ("mi jefe es el mejor en lo suyo, nadie lo discute, y no es precisamente agraciado"), pero al mismo tiempo, recuerda que ningún trabajador puede ir contra la "imagen corporativa" que "lo es todo". Presentarte de manera incorrecta, tanto en lo que se refiere a tu aspecto como a tu comportamiento, es horadar la imagen de tu empresa.

     

    Una frase que se puede leer en todos los espejos de la compañía  resume bien esta circunstancia: “Tu imagen es la nuestra, ¡marca la diferencia!”, que recuerda de manera insistente a cada trabajador quién es y dónde se encuentra. “No creo que la imagen sea determinante, aunque puede ser que en algunos casos y para algunas personas sí suponga un factor diferencial, aunque no sea la regla común. En esta profesión siempre se está con eso de que lo importante es proporcionar valor añadido, algo que nos recuerdan constantemente”, señala Pedro. “Así que puede ser que a alguien le parezca que ser guapo o cualquier gilipollez de estas sea lo que marca la diferencia”, prosigue, a pesar de que reconoce que nunca lo ha sufrido en primera persona, ni haya visto ninguna clase de discriminación entre sus compañeros.

    Explicitar lo implícito sería dar un paso inadecuado e inútil, en cuanto que la mayor parte de trabajadores son conscientes de la necesidad de mantener un perfil “apropiado” sin que este les sea impuesto por una reglamentación previa. Al fin y al cabo, la identidad también proporciona un sentimiento de pertenencia y de inclusión: eres como nosotros, eres uno de nosotros. En ese sentido, Melissa Fisher, autora de Wall Street Women (Duke University Press), señala que la exigencia de mantener una identidad concreta es crucial en el ámbito que ha estudiado en profundidad, el mundo de las finanzas. “Nadie en una entrevista de trabajo va a sacar el tema, porque es ilegal y amoral, aunque en muchos casos siga ocurriendo”, recuerda Fisher. “La exigencia de centrarse en la autorrepresentación personal es muy alta para ambos sexos, tanto en lo que se refiere a la apariencia externa (como puede ser la ropa) como en las actitudes que se deben adoptar. Presentarte ante los demás como una persona exitosa y atractiva es crucial”, prosigue la profesora de la Universidad de la Universidad de Nueva York. Por ejemplo, en determinados puestos ya no importa tanto ser o parecer como conocer: “Hay una serie de capacidades que se buscan para esos puestos más relacionados con el cliente”, señala la autora. “Por ejemplo, ser culto y ser capaz de mantener una conversación interesante sobre geografía o política”.

    No es tan diferente, por ejemplo, para un piloto de carga, que no ha de desempeñar de labor de cara al público pero cuyo trabajo requiere una alta cualificación que poco tiene que ver con la de una dependienta de boutique. Jesús L. nos atiende desde un aeropuerto británico, ente vuelo y vuelo. “La gente que lleva las compañías aéreas son viejos pilotos que han vivido el glamour de la aviación de los setenta, y esperan lo mismo de ti”. ¿Y qué es exactamente eso que se espera? “Pues eso, cierto glamour. Está mejor visto un panoli engominado con una bandera de España en el carísimo reloj que, en definitiva, yo”. Y ello, a pesar de que “el glamour, los sueldos y condiciones estén muy por debajo” de lo que fueron en un pasado, y que poca duda hay de que Jesús no formaría en ningún caso parte de ese 9% de los trabajadores menos agraciados de la empresa. Sin embargo, entre las palabras de Jesús se encuentra gran parte de la verdad que pocas veces se desea verbalizar: que cada empresa (y cada sector) tiene una cultura forjada a través de las décadas que, de forma directa o indirecta, se termina imponiendo a los empleados, y que compete también a la apariencia personal y las actitudes vitales.

    Tú eres el producto”, indicaba el protagonista masculino de Mad Men, Don Draper, a su compañera Peggy en el primer episodio de la segunda temporada. Son los primeros años de los sesenta, el auge de la nueva cultura empresarial que ha renacido de sus cenizas tras la Segunda Guerra Mundial. “Tú eres la que está sintiendo algo. Eso es lo que vende, no es el sexo, no son tus zapatos”, prosigue el carismático personaje interpretado por Jon Hamm. El trabajador ya no es meramente un operario que cumple unas tareas determinadas, sino que es el propio producto que se vende al cliente: pocas obras de ficción han mostrado tan bien el momento en que este cambio se produjo como la serie que relata la historia de la agencia de publicidad Sterling Cooper. Que se encuentre ambientada en el contexto de una agencia de publicidad, donde las ideas se ponen al servicio de la venta de productos, no es un dato baladí. Todo es parte de la imagen de la marca, incluida la persona misma.

    “No puedes separar la imagen de la persona”, sintetiza Pedro. No sólo eso: si no se puede separar a la persona de su propia imagen, tampoco se pueden disociar la imagen de la persona de la de su propia empresa, ya que cada vez está más claro que cada trabajador (y con él sus actos, comportamientos, actitudes) es una manifestación de la identidad de la compañía para la que trabaja. Fue el profesor Andy Cook de la Universidad de Lancaster quien profundizó junto a sus compañeros James Faulconbridge y Daniel Muzio en este término de “regulación de la identidad” al señalar que los procesos de selección de personal son el primer paso del proceso de creación de identidad por parte de cada empresa. Pero que no ha de ser algo necesariamente negativo, ya que permite en muchos casos que los trabajadores compartan determinadas actitudes y valores necesarios para el buen funcionamiento de la compañía.

    Se trata de algo que no es impuesto por la fuerza, señala Cook, sino que se acepta en cuanto que proporciona un sentido de pertenencia a un grupo (en ocasiones a una élite), al que el trabajador desea pertenecer. En su trabajo Una introducción a la regulación de la identidad, Cook y sus camaradas recurrían al concepto de violencia simbólica de Pierre Bourdieu para justificar por qué el mayor énfasis se produce durante el proceso de búsqueda del trabajador y no en la adaptación de este una vez contratado, ya que ello sería mucho más traumático. En uno de los trabajos de Muzio se señalaba, siguiendo a C. Grey, que “el trabajo ya no consiste únicamente en cumplir unas tareas y alcanzar unos objetivos, sino en jugar el juego que la empresa quiere que juegues”.

    4. Del perfil ideal a la multiplicidad de perfiles

    Lo que muchas firmas han conseguido es, precisamente, identificar a sus trabajadores con la empresa a pesar de que en muchos casos ni el sueldo ni el prestigio social invitarían precisamente a ello: ocurre incluso entre reponedores de grandes superficies como Gerard Rodríguez, que nunca se sintió parte de esa “familia” que eran sus compañeros de trabajo y, por lo tanto, duró poco en ella. “El problema es que la empresa creaba un sentimiento ficticio de familia, de todos a una, y había algunos empleados que se lo tomaban demasiado en serio. A los que nos lo tomábamos como lo que era, un trabajo con el que ganar dinero, algunos compañeros nos miraban de otra forma, e incluso llegué a pillar a algunas personas cuchicheando sobre mí”, cuenta sobre su experiencia pasada en una de las grandes cadenas de supermercados españoles. “Esa sensación de “familia” venía impuesta desde arriba, era una pirámide que, por lo que he podido saber posteriormente, se derrumbó cuando comenzó la crisis y se vio lo que los de arriba pensaban realmente de sus empleados”, concede con delectación, consciente de que con la llegada de las vacas flacas, muchos de sus antiguos compañeros se dieron cuenta de que esa familia ideal no era tal.

    Sin embargo, cada familia tiene sus diferentes miembros: el padre, la madre, el hijo y los abuelos, hermanos y hermanas, tíos y tías. Es decir, diferentes figuras que juegan diferentes roles y cuyo carácter complementario puede ser precisamente la solución a la homegeneización que estos procesos de contratación y definición de la identidad del trabajador suelen producir. En ese sentido, Marisa Méndez, profesora asociada de IE y consultora de negocios en un despacho de abogados, nos recuerda lo que ocurrió con la cadena de supermercados Walmart en 2005, cuando tuvo que redefinir sus procesos de contratación para dar cabida a todos los diferentes perfiles que demandaban sus consumidores. “Muchos se quejaron de que las minorías habían sido continuamente excluidas de la cadena”. Era el caso de los latinos, por ejemplo. “La solución fue buscar a distintos trabajadores que representasen todos los perfiles diferentes. Lo que queremos como clientes es vernos reflejados en la persona con la que tratamos”, concluye Méndez. “Por lo que disponer de un gran número de perfiles diferentes sería lo ideal, ya que sería capaz de responder a las necesidades de clientes diferentes”.

    Nadie se muestra de acuerdo en que la apariencia pueda sustituir la falta de talento, aunque este sea difícilmente identificable a simple vista y por ello mismo, tienda a identificarse en excesivas ocasiones con los signos externos. Diego Vicente apuesta por desmarcarse de esta tendencia: “Una cosa es que todos remen en el mismo sentido para alcanzar un objetivo común, y otra perseguir que tus empleados sean todos iguales”. El principal reto es, por lo tanto, intentar reescribir desde dentro la cultura de cada empresa que, al contrario de lo que aseguraría el segundo principio de la termodinámica, tiende a la homogeneización. "Hay una fuerza irresistible que te lleva a buscar personas que compartan aficiones contigo, un mismo pasado laboral, que hayan estudiado en el mismo centro que tú… Deberíamos ser más racionales en nuestras elecciones, y recordar que si estamos demasiado cómodos con algo o con alguien, es que no lo estamos haciendo bien. Si contratas siempre a gente semejante, los resultados que vas a obtener son similares”.

    Volvemos a aquella terraza céntrica de Madrid, una vez ha terminado de caer la noche, donde Ester y Laura siguen recordando anécdotas de distintos procesos de selección. A pesar de su edad (no superan los 30), su experiencia es amplia en este sentido. Inocente, ataviado con una camisa de cuadros, unos pantalones vaqueros y unas deportivas –de marca desconocida–, el periodista lanza una última pregunta a Laura: “Dímelo simple y llanamente. ¿Podría trabajar yo en tu tienda?”. “¿Así?”, responde Laura con una sonrisa. “Nunca jamás. Demasiado arreglado”.

    Alma, Corazón, Vida
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