De la mujer sumisa y el macho ibérico al ser andrógino: cómo nos han cambiado
LOS NUEVOS MODELOS REPRODUCEN VIEJOS ESTEREOTIPOS

De la mujer sumisa y el macho ibérico al ser andrógino: cómo nos han cambiado

Dócil, sumisa, madre complaciente… Era fácil describir a la mujer del pasado, cuya función social quedaba perfectamente definida en los medios de masas. Uno de ellos,

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De la mujer sumisa y el macho ibérico al ser andrógino: cómo nos han cambiado
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    Dócil, sumisa, madre complaciente… Era fácil describir a la mujer del pasado, cuya función social quedaba perfectamente definida en los medios de masas. Uno de ellos, quizá el más representativo, asegura el sociólogo David Hernández, autor de La confluencia de los géneros a través del sistema mediático: De la mujer sumisa y el macho ibérico al ser andrógino, fue el del popular consultorio radiofónico de Elena Francis, en el que se interpretaba la realidad femenina de una forma parcial, exagerada y distorsionada, pero cuyo influjo en la sociedad era evidente.

    En aquellos años, y como lógica continuación de los modelos tradicionales, los hombres debían jugar papeles muy concretos. “Los varones solían ser representados como novios,  padres o  esposos, y se les solía revestir de cualidades ad hoc. Se les alababa si eran responsables y trabajadores y se les criticaba si no daban la talla o actuaban como un cabeza loca. Los integrantes del género masculino tenían deberes que cumplir, en general ligados a la condición de cabeza visible de la familia, pero también gozaban de prerrogativas a las que la mujer se debía amoldar. Un modelo de masculinidad que se caracterizaba “por el carácter rústico y elemental en el plano afectivo y sentimental” de unos varones que no podían exteriorizar sus sentimientos so pena de ser tachados de sensibleros, esto es, de blandos y de poco masculinos. 

    Unos años después, en la España postransición, aparecieron modelos híbridos, como ese macho de síntesis que se situaba a medio camino entre el “bruto de puños de acero” y el “romántico de corazón tierno”. Era la época de la tensión entre una virilidad y una feminidad antiguas y las expresiones emergentes: “ser o no ser machista, y ser o no una mujer moderna eran dilemas habituales a la hora de asumir la identidad”.

    Rasgos determinados por el consumo

    Todos esos viejos estereotipos parecen haber dejado paso hoy a un nuevo tipo ideal. El modelo andrógino, asegura Hernández, se ha impuesto como nuevo canon cultural, y es promovido con insistencia en la televisión y en la publicidad. Bajo los nuevos cánones estéticos, hombres y mujeres pierden rasgos propios de su género para ser dibujados con características del sexo opuesto. Así, “el varón ha pasado de ser representado como el macho ibérico a adoptar rasgos más difuminados. Ya no es ese personaje duro e impasible, sino alguien más preocupado por el cuidado de sí mismo y por la estética, y al que ya se le permite llorar”.

    Esa imagen andrógina, que es la más difundida por los medios de comunicación, no sólo promueve nuevos rasgos masculinos y femeninos, sino que aboga por una indiferenciación particularmente útil en el entorno del consumo. Esta androginia, asegura Hernández, “va ligada a la venta de unos productos que antes consumían sólo las mujeres y que ahora se han vuelto de uso común, como los productos de belleza, y al de productos antes masculinos que hoy compra todo el mundo, como el alcohol o el tabaco”.

    Por lo tanto, esa equiparación de rasgos de hombre y de la mujer no pueden verse como parte de una evolución hacia una sociedad más justa, como a priori pudiera pensarse, sino que “son consecuencia de una extendida voluntad por promocionar valores específicos que entrañan una cierta exaltación y encubrimiento de algunos aspectos de la realidad y, por tanto, de la transmisión de ideología”.

    Una falsa evolución

    Estos nuevos modelos del hombre metrosexual y la mujer liberada,  estereotipos a los que los medios y la publicidad recurren con frecuencia y que terminan teniendo gran influencia a la hora de conformar la imagen y los comportamientos de la sociedad, sólo están plenamente vigentes si nos referimos al plano de la estética y no al de las costumbres. Como apunta Hernández, si rebuscamos en los modelos actuales, acaban apareciendo los viejos estereotipos: “la mujer tiene que ser atractiva, estar al cuidado de la casa y de los niños, tomar un papel secundario respecto del hombre, etc. Son más bien modelos retóricos y culturales. Si se rasca un poco, se encuentra que no hay evolución. En el fondo, coexisten fenómenos contrapuestos, de forma que la instauración del modelo andrógino va a la par de la naturalización de actitudes en la mujer y de la constante erotización de su imagen”.

    Por lo tanto, más que una mujer emancipada, de perfil postmoderno, lo que terminamos por encontrar en los nuevos modelos es esa “mujer de ayer, no tan lejana al modelo de feminidad implícito al programa radiofónico de Elena Francis”. El hombre, aunque también posea sus contradicciones, con ese metrosexual enfrentado al tradicional paradigma de la virilidad ibérica, sí parece haber evolucionado hacia nuevos modelos; en el caso de la mujer, sin embargo, ese aura de modernidad (especialmente enaltecida desde algunos contenidos publicitarios), no se corresponde con la realidad, en tanto no hace más que vestir con ropajes sofisticados la vieja supeditación a los deseos del varón.

    Alma, Corazón, Vida
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