Consejos para manejar las mentiras de nuestros hijos
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MÁS DE LA MITAD DE LOS PADRES SE LAS CREEN

Consejos para manejar las mentiras de nuestros hijos

Tan sólo el 53% de los padres son capaces de captar las mentiras de sus hijos, señala un estudio realizado por la profesora Victoria Talwar de

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Consejos para manejar las mentiras de nuestros hijos

Tan sólo el 53% de los padres son capaces de captar las mentiras de sus hijos, señala un estudio realizado por la profesora Victoria Talwar de la Universidad de McGill en Montreal y encargada de un grupo de investigación dedicado a entender el comportamiento infantil. Según señala la investigadora, gran parte de los progenitores confían en la bondad de sus retoños con tal fuerza que terminan considerando que es imposible que mientan. Y, sin embargo, el engaño es bastante común entre los niños, forma parte de su desarrollo cognitivo y cumple distintas funciones durante su crecimiento.

La mentira suele aparecer por primera vez a los dos años de edad, momento en el que los padres deben comenzar a ayudar al pequeño a distinguir lo correcto de lo incorrecto. La influencia paterna puede determinar que un niño se convierta en un mentiroso patológico o comience a moderar sus actitudes respecto a este tipo de cuestiones. Lo más importante, en cualquier caso, es servir de modelo y orientador para los niños. Aquel padre que admita delante de su hijo que se puede faltar al trabajo para irse de vacaciones o ver un partido de fútbol, estará sugiriendo que el engaño es positivo cuando sirve a nuestras necesidades.

Los niños más centrados, inteligentes y sociables son los que mejor mientenPor otra parte, la investigadora señala que los niños pueden recibir mensajes confusos y contradictorios ante los que no saben cómo reaccionar. Se trata de las afirmaciones que dejan entrever que el fin se sitúa por encima de los medios. La competitividad a toda costa (por ejemplo, “debes ser el mejor cueste lo que cueste” o “tienes que sacar las mejores notas”) puede implicar que mentir, engañar y manipular sea necesario para cumplir tales objetivos. Los padres deben aclarar a sus hijos su escala de valores, y recordar que la sinceridad y la confianza son más importantes que el éxito a toda costa.

¿Buenos mentirosos o padres engañados?

Una de las conclusiones más llamativas de la línea de investigación planteada por dicho estudio es la ya citada incapacidad de los padres de darse cuenta de cuándo están siendo engañados por sus hijos. Un dato que, además, empeora con el crecimiento del niño: si la mitad de los adultos “pillaba” a sus hijos cuando tenían dos o tres años, el porcentaje descendía a 33% cuando estos tenían de seis a ocho años y a un 25% cuando alcanzaban los diez años de edad.

La explicación a este fenómeno implica a ambas figuras, la del padre y la del hijo. La del padre, porque tiende a confiar ciegamente en la sinceridad de su descendiente, muchas veces equivocadamente. La del hijo, porque perfecciona sus estrategias con el paso del tiempo, y los signos externos habitualmente relacionados con la mentira (evitar mirar a los ojos a quien engaña, cruzar los brazos, moverse nerviosamente o balancearse sin parar) no siempre están presentes.

Un estudio realizado por la psicóloga Angela Crossman de la Universidad de Nueva York señalaba que los niños más centrados, inteligentes y sociables son los que mejor mienten. Es más, son capaces de mirar a los ojos a sus padres y reafirmarse en su mentira sin mostrar señales que los delaten. Según la investigadora, este tipo de infantes son capaces de comprender mejor que ningún otro la forma en que los demás perciben las cosas, por lo que saben qué clase de acciones pueden llevarles a ser descubiertos y las evitan hábilmente.

Diferencias según la edad

El estudio recuerda que los pequeños cuentan mentiras muy diferentes según la edad que tengan. En un primer momento, entre los dos y los tres años, mentir sirve básicamente para evitar meterse en problemas. Esto se traduce en la negación habitual y sistemática de la responsabilidad de todo acto que pueda acarrear al niño problemas, aunque ni siquiera se haya realizado ninguna prohibición. La respuesta adecuada por parte de los padres debe ser la de concienciar al niño de que la mentira es aún más indeseable que el comportamiento equivocado.

Otro factor presente en esta etapa del desarrollo es la incapacidad del pequeño para distinguir entre la mera fantasía y la mentira perversa. Se debe favorecer la imaginación del niño, pero sólo en aquellos casos en que no se convierta en manipulación o pueda afectar a los demás.

Durante la adolescencia es común que se mienta para ocultar que los padres sepan lo que el joven haceCuando crecen, la mentira es la mejor forma que tiene los niños para ocultar sus travesuras. Aparece un nuevo componente: ya no es sólo una estrategia para evitar castigos, sino también un mecanismo para llamar la atención y obtener la aprobación del entorno. Los padres deben recordar al mentiroso que intentar soslayar su responsabilidad sólo empeorará las cosas. Este proceso lleva, a partir de los siete años, a un tipo de mentiras más sofisticadas, en las que se pone en marcha una compleja narración, verosímil, plausible y algo alambicada, a través de la cual el niño encubre su acción. El padre debe en ese momento hacer entender al pequeño que ya va siendo hora de que encare las consecuencias de sus acciones.

Adolescentes independientes

Un dato esperanzador es que, según crecen, los jóvenes tienden a contar menos mentiras dañinas y más mentiras piadosas, puesto que toman conciencia de los efectos de sus acciones. A partir de los diez años, más o menos, el niño se da cuenta de que ser un mentiroso puede llevarle a perder a sus amigos, y que al mismo tiempo decir lo que se piensa no es siempre aconsejable.

La mentira durante la adolescencia goza de unas características propias y bastante complejas. Debido a que la pubertad viene definida por el ansia de privacidad, es bastante habitual que la mentira se cuente sistemáticamente con el objetivo de ocultar lo que el joven hace o lo que le ocurre, independientemente de que sea esto prohibido o permitido, positivo o negativo. Ello favorece la independencia del adolescente, pero al mismo tiempo provoca que en el caso de que se esté produciendo algún problema grave (acoso escolar, por ejemplo), el padre disponga de mucha menos información para actuar. En ese caso, lo más importante es hacer saber a los hijos que pueden confiar en sus padres para todo aquello que necesiten, y mantenerse al tanto de las actividades que sus retoños realizan, sin que estos perciban que se está invadiendo su espacio o poniendo en peligro su privacidad.