¿Por qué nuestras parejas nos aburren después de un tiempo?
DEL FLECHAZO A LA DECEPCIÓN

¿Por qué nuestras parejas nos aburren después de un tiempo?

Una célebre cita de Oscar Wilde decía que "uno debería estar siempre enamorado, y por esa razón no debería casarse jamás". Es una cínica manera, propia

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¿Por qué nuestras parejas nos aburren después de un tiempo?
Una célebre cita de Oscar Wilde decía que "uno debería estar siempre enamorado, y por esa razón no debería casarse jamás". Es una cínica manera, propia del escritor dublinés, de señalar los peligros que las relaciones prolongadas presentan para el mantenimiento de la ilusión inicial. Implícitamente, la sentencia apuesta por la idoneidad de vivir un proceso de enamoramiento constante, pues es lo que garantiza la pasión permanente frente a la fidelidad a un único amado. Sin embargo, muchas parejas parecen conformarse en el largo plazo con un amor basado antes en la confianza y el compañerismo que en los pinchazos del estómago de los primeros años. ¿Pero se trata de una renuncia o es posible mantener este primer estado ideal de por vida?

Diversos estudios se han propuesto delimitar exactamente cuándo desaparece lo que se conoce como amor romántico. La mayor parte de investigaciones delimitan un período que comprende entre los cuatro y los siete años. La idea de la duración de los siete años procede de la antropología, dado que es el tiempo que se tarda en procrear y criar un niño que puede valerse por sí mismo, mientras que los cuatro años señalan el tiempo en que dejan de liberarse en el cerebro sustancias como la dopamina, la feniletilamina, serotonina o norepinefrina, propias de la primera fase del enamoramiento. Pero ello no termina de explicar por completo por qué de buenas a primeras nuestra pareja puede dejar de parecernos ese compañero ideal y perfecto.

El amor no es ciego; más al contrario, es clarividente

La sabiduría popular señala al final de la idealización del amado como el comienzo del deterioro de la ilusión. Y así parece ser, aunque no sea el único factor decisivo: según un estudio realizado por los investigadores Sandra L. Murray, Dale W. Griffin y John G. Holmes la década pasada, "las relaciones tienen más probabilidades de sobrevivir (incluso después de las dudas y los conflictos) cuanto más idealizan los miembros de la misma a sus parejas".

Una imagen mejorada de la pareja ayuda a la relación

Lo más interesante de dicho estudio es el valor que los autores conceden a dicha idealización del amado. Frente a la visión habitual de considerar que el amor es ciego, y que nos conduce a un estado de enajenación en el que distorsionamos la realidad, los investigadores consideraban a partir de la observación de las parejas estudiadas que, por el contrario, el amor es clarividente. Es decir, que no obedece a una obnubilación absoluta de los sentidos, sino que a pesar de sublimar al amado, busca en él ciertas características que permiten llevar a cabo dicho proceso de sublimación.

Al mismo tiempo, comprobaban que aquellos que mantenían una imagen levemente mejorada de sus parejas disfrutaban de una mayor satisfacción y menos conflictos, y que incluso llegaban a compartir la visión que su amado tenía de ellos. De esa forma, un amante idealizado termina mejorando su autoestima gracias a la mirada de su enamorado. Aunque dicha aseveración contiene, implícitamente, su contrapartida: cuanto mayor sea la distorsión de la figura del amado, más grande será la decepción en el momento en que la imagen real del mismo comience a asomar.

Es física, emocional y socialmente imposible vivir en un estado continuo de enamoramiento

En una línea semejante se manifiestan los investigadores de la Universidad de Canterbury Garth J.O. Fletcher y Patrick S.G. Kerr: "aunque los individuos parecen preferir que sus compañeros sentimentales piensen en ellos en términos realistas, también son bienvenidas las visiones sesgadamente positivas del amado, especialmente en los juicios que refieren al atractivo, estatus o cordialidad". Si la mirada del amado es nuestro espejo, nos gusta vernos guapos en él.

La mayor parte de visiones contemporáneas sobre la primera fase del enamoramiento comparten la consideración de esta como una etapa excepcional en la vida del ser humano, en la que se obedece a principios motivacionales y psicológicos muy distintos a los del resto de la vida, por lo que es percibida como un momento especial, único e irrepetible. De ahí que exista un desequilibrio durante la breve etapa del flechazo y la más prolongada de la vida en pareja, momento en el que el cuerpo y la mente nos piden volver a la normalidad.

Descubriendo cosas nuevas

De hecho, algunos estudiosos han señalado que es física, emocional y socialmente imposible vivir en un estado continuo de enamoramiento, pues requiere una cantidad de energía enorme para ser mantenido durante un largo período. Así, H. E. Fisher señala en The New Psychology of Love que "altos niveles de amor romántico en relaciones de larga duración pueden ser poco eficientes, metabólicamente costosos e incluso desvinculan al enamorado de sus obligaciones familiares, laborales y comunitarias". En un célebre ensayo de los años setenta, Amor y adicción, Stanton Peele y Arnold Brodsky llegaron a considerar este estado inicial como un comportamiento disfuncional, rayano con la obsesión de otras adicciones como las drogas o el  juego.

El periodo de enamoramiento se caracteriza por lo que se conoce como ‘ansiedad de cariño’

Pero alguna razón debe haber para que nos sintamos tan bien durante el enamoramiento. Arthur Aron señala en Couples' Shared Participation in Novel and Arousing Activities and Experienced Relationship Quality que "cuando dos personas comienzan una relación, por lo general se sumergen en frecuentes e intensas conversaciones con un alto nivel de riesgo y autorrevelación, por lo que sienten que se están 'expandiendo' a una rápida velocidad. Cuando esta rápida expansión ocurre, genera un alto nivel de afecto positivo, incluso un despertar psicológico. Una vez que ambos enamorados se conocen en profundidad, es natural que las oportunidades de descubrir cosas nuevas disminuyan. Cuando esta expansión es lenta o inexistente, puede que haya poca emoción, incluso aburrimiento, en la relación".

Además, el período de enamoramiento se caracteriza, en la mayor parte de los casos, por lo que se conoce como la “ansiedad de cariño” (attachment anxiety), una "experiencia normativa en todas las relaciones emergentes que causa que los individuos busquen la proximidad y cultiven una relación de cariño hacia el compañero deseado. Con ese nombre nos referimos a la necesidad de consuelo, miedo al abandono e intensa preocupación hacia los compañeros románticos", según afirman Paul W. Eastwick y Eli J. Finkel de la Northwestern University. "Parece servir de motivación tanto para niños como adultos: en estos estados, se busca la cercanía del ser querido, y cuando se tiene éxito, ayuda a evitar la ansiedad". Así pues, el amor romántico parece definido por esa necesidad de conexión, mucho más fuerte en cuanto que se depende de dicho objeto de deseo para calmar la ansiedad generada por el mismo. Una ansiedad que desaparecerá con el tiempo.

Hacer nuevas cosas para quererse igual

La pregunta es, por lo tanto, si una relación de larga duración acaba necesariamente con lo que conocemos como amor romántico, opuesto al que la mayor parte de estudiosos han considerado como el amor cómplice, caracterizado por la intimidad y la confianza… y la ausencia de pasión. Percibimos la desaparición de ese sentimiento que caracterizaba las primeras fases de la relación como el fracaso de la misma, pero no tiene por qué serlo, y ni siquiera tiene por qué estar unido a la extinción de la pasión, entendida en su sentido más amplio.

Incrementar las actividades placenteras no es la solución: se necesita novedad y variación

Esa es la idea que se desprende del estudio Does a Long-Term Relationship Kill Romantic Love?, llevado a cabo por Bianca P. Acevedo y el citado Arthur Aron. Tras revisar diversas encuestas y preguntar a un amplio porcentaje de parejas, se dieron cuenta de que el amor pasional no tiene por qué desaparecer necesariamente. "Aunque por lo general no incluye ya las características obsesivas del amor temprano, no tiene por qué morir o convertirse en amor de compañeros —un cálido y menos intenso amor, vacío de atracción y deseo sexual—. Sugerimos que el amor romántico en su etapa tardía puede aún mantener las cualidades de intensidad, compromiso y viveza sexual".

Cupido es ciego

¿Cuáles son las herramientas para mantener viva dicha llama? Arthur Aron, en otro estudio similar al anterior, llamó (literalmente) a varias puertas para conocer de primera mano qué era lo que mejor funcionaba a las parejas. Y llegó a la conclusión de que la pervivencia del romanticismo está íntimamente ligada con la capacidad de alargar ese momento de conocimiento de uno mismo que había caracterizado al enamoramiento. "La participación conjunta en nuevas y excitantes actividades representaría la mejor ruta para mejorar la calidad de las relaciones largas". Con ello, Aron compartía la visión de Jacobson y Margolin, que en 1979 señalaban que "el mero incremento de la frecuencia de actividades placenteras no resulta particularmente útil: lo que se necesita es novedad y variación".

William Shakespeare escribió que "el amor no mira con los ojos, sino con la mente. Por ello se pinta a Cupido de forma ciega". Nuestros sentimientos no son, como algunos sospechaban, aleatorios, sino que derivan de nuestra vida consciente. Y parece ser que los caminos del amor tampoco son inexcrutables, y que poco a poco conocemos mejor sus mecanismos.

Alma, Corazón, Vida
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