"SE PUEDE SER ALTERNATIVO SIN PERDER LA ELEGANCIA"

Malasaña o los pijos que van de perroflautas

Agus mira a la Plaza del Dos de Mayo, centro neurálgico del barrio de Maravillas de Madrid, más conocido por Malasaña, y esto es lo que

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Malasaña o los pijos que van de perroflautas
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    Agus mira a la Plaza del Dos de Mayo, centro neurálgico del barrio de Maravillas de Madrid, más conocido por Malasaña, y esto es lo que ve: tres parques para niños, un terreno ocupado por máquinas para que la tercera edad ejercite músculo, una librería y cuatro terrazas llenas hasta la bandera de gente bajo el resol de un octubre benigno. Las ocupa una aseada escuadra de treintañeros vestidos a la última pero con un estudiado toque de dejadez, un “irresistible” chic bohemio que aderezan exhibiendo, para quien quiera verlos sus portátiles, ipods, laptops y otros utensilios cuya pronunciación se le traba a Agus.  

    Recuerda la primera vez que piso la plaza, en el 91: “No había más que yonquis. El suelo ahí abajo era de tierra, y recuerdo que pasó una rata del tamaño de un caballo cruzando tan tranquila y pensé ¿dónde me he metido?”. Se había metido, como descubrió pronto, en un lugar donde dice, “pasaban cosas, donde había materia gris aunque también mucha fiesta” y al que veinte años después, en palabras prestadas, “no reconocería ni la madre que lo parió”. 

    Es Malasaña el escenario de un imparable proceso cuyo nombre Agus tampoco sabría pronunciar y que, por supuesto, no sólo afecta a este barrio: La gentrification, estudiada en Inglaterra desde los sesenta (Ruth Glass, socióloga, acuñó el término en 1964) y que aquí, tras bizantinas discusiones (“aburguesamiento”, “elitización”) se ha terminado llamando, imaginativamente, gentrificación. Técnicamente, como define Luz Marina García Herrera, de la Universidad de la Laguna, es la “transformación de determinados sectores de las áreas centrales [de la ciudad] provocando su rehabilitación funcional y el cambio en la composición social de sus habitantes”.

    En cristiano, un proceso progresivo de “recuperación” que algunos viven casi como una expulsión y mediante el cual una nueva clase media viene a sustituir a los viejos habitantes. Nuevos usos, nuevas costumbres, nuevo consumo, nuevos precios por las nubes y un negocio inmobiliario redondo. El bareto de toda la vida cede paso a taperías chic con fotos de John Coltrane en las paredes, los billares son un recuerdo y proliferan unas tiendas de “segunda mano” que parecen boutiques de lujo “alternativas”.  

    Una clase media diferente

    Un proceso polémico, visto a menudo como negativo, aunque como explica Ricardo Duque Calvache, docente de la Universidad de Granada, uno de los pocos que ha estudiado el tema a fondo en España, “la visión más habitual en las autoridades públicas es positiva ya que la consideran una herramienta para la recuperación de barrios céntricos. Desde este enfoque, lo que la caracteriza es la renovación del parque de viviendas y de los espacios públicos, junto con la revitalización social provocada por la entrada en la zona de la clase media”.  

    Un estrato social que, como se puede ver en el Dos de Mayo, resulta peculiar. “Hay investigadores”, confirma Duque, “que consideran que la protagonista esencial de estos cambios es una nueva clase media que no encaja con el modelo establecido”. Un grupo social al que “le aburren la uniformidad de la urbanización en las afueras y los largos tiempos de traslado, y busca algo diferente”. “Algunos autores que han estudiado la gentrificación en ciudades canadienses”, añade, “dan mucha importancia a este deseo de diferenciación, y la consideran el verdadero motor de estos cambios”.  

    Fabio es un ejemplo de esa masa heterodoxa. Educado, de familia bien, tiene un trabajo en una multinacional (“aburrido pero que da bastante dinero”) y vino al barrio “buscando algo más auténtico, que no sea lo de siempre. Que haya acción. Y la hay”. Según comenta, el ademán de dandi jugueteando con la Blackberry y el paquete de tabaco de liar, “se puede ser alternativo sin perder la elegancia, ¿verdad? Los tiempos cambian y el que no se adapta, pierde. Los que añoran lo que había viven en el pasado. “Nosotros somos más guapos, más listos y nos va mejor que a ellos, con crisis y todo. Así es la vida”, ironiza recolocándose el fular.  

    Su amigo Miguel, Mike, es un caso distinto. Su educación es igualmente refinada y comparten estilo vistiendo, gustos musicales y locales de marcha, pero él viene de una familia proletaria que se dejó la piel para que estudiase y por ahora vive ajustado a un sueldo mileurista, ahorrando para poder permitirse el sombrero y tratando de sacar adelante un proyecto editorial que ha diseñado. El perfil es pues, heterogéneo, y, dice Duque, se define sobre todo por “las grandes diferencias que hay entre ellos y los vecinos de los barrios a los que se trasladan”. 

    “Pijos donde antes había artistas” 

    Probablemente ambos sacarían de sus casillas a Agus, que opina que la última cosa interesante que pasó en el barrio fueron los masivos enfrentamientos con la policía durante las fiestas del 2 de Mayo de 2007 y que todo es una conspiración del “sistema” para convertir la zona en “un coñazo para pijos donde antes había artistas”. Curiosamente, esos artistas de los que habla son un arma de doble filo que a menudo facilita el proceso de gentrificación, como explica Duque: “En casos emblemáticos, como el del Soho en Nueva York, los artistas jugaron un papel fundamental. Son gente capaz de apreciar los valores de la zona y al mismo tiempo de transformar su imagen. La presencia de artistas y de una cierta vida cultural atrae a personas de un perfil similar” Así, afirma, “de un barrio estigmatizado se pasa a una zona demandada por grupos con mayores ingresos, que desplazan a la primera oleada. Pero aunque se marchen ya han cumplido –involuntariamente- su función, limpiar la imagen del área”. Los apocalípticos trabajando para los integrados. 

    En cuanto a la especulación inmobiliaria y la “planificación” del proceso, en mayor o menor grado todos los expertos reconocen que existe. “Es evidente que los Ayuntamientos y otras instituciones públicas han propiciado el desarrollo de este proceso”, dice Enrique Rojo, del blog Urban Idade, especializado en urbanismo “especialmente en aquellos barrios en los que interesaba que se produjese un cambio poblacional cualitativo. Por su parte, los propietarios de inmuebles deseaban su revalorización y los promotores inmobiliarios, desde que descubrieron el cambio de preferencias residenciales de las clases medias,  siempre han visto como un negocio rentable la rehabilitación en el casco antiguo o el derribo y la ejecución de obras. Detrás del proceso de gentrificación siempre hay un componente especulativo importante”.  

    Lo sufren personas como Marta, que lleva cinco meses buscando un apartamento en la zona de Malasaña. “El último que vi era de 60 metros cuadrados y pedían 850 euros, más gastos, más seis meses de aval bancario durante dos años”, dice con resignación. “Un robo a mano armada, tal y como están las cosas”.

    Malasaña, claro, es sólo uno de tantos ejemplos. En Madrid hay otros dos paradigmáticos, Lavapiés, que, explica Rojo, “se encuentra detenido en un punto intermedio del proceso”, porque “después de un lavado de cara, el barrio ha seguido  siendo atractivo sobre todo para contingentes cada vez mayores de población inmigrante” y Chueca, donde “el efecto del  aburguesamiento se encuentra muy avanzado y ha sido mucho más contundente”. Allí, explica”, “el fenómeno se ha reducido a un entorno social muy concreto de grupos homosexuales de alto nivel adquisitivo que se han concentrado en una zona de la ciudad, cuyo espacio apropiado les sirve para reafirmar su condición de grupo a partir de la cohesión y de la homogeneización espacial en el barrio”. Fuera de Madrid no faltan tampoco los ejemplos, desde luego en Barcelona, Valencia o Sevilla, pero también en ciudades más pequeñas como Granada.

    Agus me invita a una fiesta en su casa. Se va del barrio después de veinte años y ha montado un mercadillo para sacar algo de dinero con cosas que ya no quiere. Digo que sí y me presento. Son las últimas fiestas de la edad de plata que dejará pocas señas de identidad para el futuro. Quizá, como símbolo, la portada de ese disco de Los Enemigos, cumbre metafísica del rock malasañero, que él pincha ahora: dos helados desangrándose junto a una alcantarilla. La vida mata, ¿te suena de algo, verdad?

    Alma, Corazón, Vida
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