Esta es la 'Madre Tigre' que prohíbe todo salvo triunfar
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ES UNA DE LAS 100 PERSONAS MÁS INFLUYENTES DEL MUNDO SEGÚN LA REVISTA TIME

Esta es la 'Madre Tigre' que prohíbe todo salvo triunfar

No se puede invitar a amigos ni ir a otras casas a jugar. Y mucho menos dormir fuera. Tampoco se puede ver la televisión ni entretenerse

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Esta es la 'Madre Tigre' que prohíbe todo salvo triunfar

No se puede invitar a amigos ni ir a otras casas a jugar. Y mucho menos dormir fuera. Tampoco se puede ver la televisión ni entretenerse con videojuegos, sólo con el piano o el violín (prohibido tocar cualquier otro instrumento). También está vetado participar en las obras de teatro escolares (y protestar por no poder hacerlo) o jugar con otros niños durante horas. Y, por supuesto, es inadmisible una nota por debajo del sobresaliente en cualquier asignatura que no sea teatro o gimnasia.

Son las normas fundamentales que Amy Chua, la 'Madre Tigre' aplica en la educación de sus hijas, y las que promueve como 'sancta sanctorum' para salvar a los padres occidentales de su "extrema permisividad".

Esta joven madre ha llegado a extremos que para muchos europeos podrían rozar la inmoralidad. Además de considerar innecesaria prácticamente toda forma de diversión,  ha ejercido sobre sus dos hijas, Sophie y Lulú, una presión fuera de lo normal. Ambas, por ejemplo, ensayaban durante horas a diario con sus instrumentos (piano la primera, violín la segunda) supervisadas por una madre que cuando fallaban, “no escatimaba en palabras cargadas de dureza, que intensificaba cada vez que los ojos de la niña se llenaban de lágrimas”, como ella misma cuenta en su libro, Madre Tigre, hijos leones. Por si fuera poco, los sábados, al llegar a casa después de tres horas de entrenamiento musical, su madre las obligaba a ensayar una hora más para afianzar lo aprendido.

El volumen, que acaba de ser editado en España, se ha convertido en un éxito de ventas en todo el mundo, aunque por razones desiguales. Chua explicaba este miércoles a través de una videoconferencia desde Estados Unidos, donde vive con su familia, que en Oriente han sabido captar su mensaje, mientras que en Occidente sólo han considerado la peor parte de su modelo educativo, la del castigo, la intransigencia y la inflexibilidad.

En busca de un piano para ensayar

El método que ella propone es muy distinto al que estamos acostumbrados en los países occidentales. A pocos padres europeos se les ocurriría mover cielo y tierra para que, durante las vacaciones familiares, sus hijos no descuidaran sus horas de ensayo. Por eso Sophie, que es una gran concertista, ha tocado en numerosos pianos de hoteles, de tiendas, de locales de ensayo e incluso de iglesias extranjeras.

Pero no sólo en lo musical es estricta esta madre estadounidense de ascendencia china. El éxito escolar no es una posibilidad en su casa, sino una exigencia que se da por hecho, una actitud que ha heredado de sus padres. “Cuando yo salía del colegio me preguntaba por qué todos los niños podían irse a jugar y mis hermana y yo teníamos que apresurarnos a estudiar”, recuerda.

Lo mismo debían hacer sus hijas, a quienes no se les permitía sacar menos de un sobresaliente (a no ser que fuera en gimnasia o teatro). Sophie y Lulu, que ahora tienen 18 y 15 años, han resultado ser siempre unas estudiantes brillantes pues, si algo no se les daba del todo bien, su madres las machacaba día y noche con ejercicios y explicaciones hasta que alcanzaban el sobresaliente.

Y todo ello, por supuesto, quitándole tiempo a los pasatiempos normales de los niños. Nada de tele, nada de videojuegos, nada de fiestas de pijamas. Sus hijas, sobre todo Lulu, la pequeña, se rebelaban con frecuencia contra esa inflexibilidad materna, pero solían dar con un hueso duro de roer que no se dejaba amedrentar. “Y las pocas veces que me he dejado convencer, me he arrepentido”, confiesa esta mujer que, según la revista Time, ya es una de las 100 personas más influyentes del mundo..

“He aprendido a ser un poco más flexible”

Aunque, después de haber escrito un libro en el que sin pudor ninguno relata cuánto sufrían sus hijas y cuán fría se mostraba con ellas, parece que su pensamiento actual no es tan intransigente. “He aprendido que es importante dar la oportunidad a los hijos de elegir algunas cosas. He comprendido que hay muchas formas de ser feliz”, confiesa. Por eso, y aunque de pequeñas las niñas nunca pudieron elegir sus actividades extraescolares, ahora sí es permite alguna licencia.  Lulu dejó hace algún tiempo de tocar el violín (algo que a su madre le duele en el alma) porque se ha aficionado al tenis. “Voy asumiendo poco a poco que ella necesita su propio espacio”, reconoce. Aunque también es cierto que en su libro cuenta cómo, sin que su hija se entere, ella se va documentando sobre los centros de excelencia de tenis y mantiene contacto habitual con su entrenadora para conseguir que Lulu se convierta en la mejor tenista del mundo.

Sophie, por su parte, ha aceptado siempre mucho mejor que su hermana las imposiciones maternas. Su historia de amor y odio con el piano (y por extensión con su exigente madre)  le sirve a Chua para ejemplificar cómo los padres chinos confían en sus hijos hasta el final. De pequeña no era capaz de tocar una complicada pieza y se pasó una tarde entera peleando con su madre porque no quería seguir intentándolo. En sus trece, la madre insistía a gritos y la amenazaba, entre otras cosas, con que si no conseguía tocar esa pieza se quedaría sin regalos de cumpleaños para siempre. En esa ocasión incluso el padre, Jed, un americano que dejaba que fuera la madre la responsable de la educación de sus hijas, intervino. “Quizá es que sus pequeñas manos aún no son capaces de coordinarse para tocar esa melodía tan difícil”, dijo.

Pero Amy creía que su hija podía hacerlo y no cejó en su empeño hasta que, horas después, bien entrada la noche, sin haber cenado y a base de llantos y gritos, la niña consiguió tocar la pieza.

Los padres occidentales tiran la toalla enseguida, pero los padres chinos tenemos una confianza total en nuestros hijos y no paramos hasta que sacamos lo mejor de ellos”, afirma orgullosa Chua.

Por eso, dice, la educación es tan diferente en una y otra cultura. Mientras que los padres occidentales dan “demasiada” importancia a la autoestima de sus retoños y buscan “ser sus amigos”, los orientales aplican la disciplina para exprimir el talento de sus vástagos y convertirles en virtuosos.

Algo que en su opinión no supone una infancia desgraciada, a pesar de que su hija Lulu en una ocasión llegara a decir que la odia. “Mis padres me educaron así y yo les estoy muy agradecida”, asegura. Sus hijas, al parecer y a pesar de todas las pataletas, también lo están. Lulu aseguró en una entrevista con The Guardian que, si fuera madre, actuaría igual que Amy, y Sophie escribió un artículo titulado Por qué amo a mi estricta madre china.

Eso sí, ambas tienen la suerte, o la desgracia, de haberse liberado ya de la ‘tiranía’ de una Madre Tigre porque, según cuenta ella misma, “este tipo de educación es para niños hasta los 13 o 14 años. Luego, ya pueden ser mucho más independientes”. Aunque ella siga acechando en secreto los saques y los reveses de Lulu en la pista de tenis.