El gran guateque de la banca o ¡qué fantástica esta fiesta!

“Hay que retirar el ponche cuando la fiesta se anima”. Con esta frase resumía William McChesney Martin, presidente de la Reserva Federal (Fed) de los EEUU

“Hay que retirar el ponche cuando la fiesta se anima”. Con esta frase resumía William McChesney Martin, presidente de la Reserva Federal (Fed) de los EEUU (1951- 1970), la tarea de un banco central para evitar las burbujas económicas. Se refería a la necesidad de subir los tipos de interés a medida que la economía de un país se va calentando para evitar espirales inflacionistas y recalentamientos excesivos.

 

Los anfitriones (Fed y Banco Central Europeo) de la fiesta a la que fueron invitadas las economías de Estados Unidos y la Eurozona fue la contraria. El burbujeante cóctel que servían, compuesto de bajos tipos de interés y dinero a espuertas, era tremendamente atractivo. Uno de los maestros de ceremonias, Alan Greenspan, llegó a poner nombre a los efectos que provocaba: exuberancia irracional de los mercados.

 

Los banqueros actuaban como camareros. Tuvieron la gran idea de animar el ‘fiestón’ con todo tipo de bebidas espirituosas, compuestas por créditos para todos y para todo, especialmente para comprar inmuebles sobrevalorados, y por otros contenidos exóticos (titulización, derivados y esquemas Ponzi) de los que ni ellos sabían la fórmula. Su remuneración subiría con el número de borrachos. Algunos de ellos, especialmente los más gigantones, vendían las bondades de las copas que dispensaban y se tragaban unas cuantas. Si se embriagaban en exceso, disponían de coche y chófer gratis (los fondos públicos de rescate) para ir a casa y recuperarse.

 

A este guateque, los menores (España entre ellos), con sus ganas de probarlo todo, estaban más que invitados. Vive rápido, muere joven y harás un cadáver bonito, que diría James Dean. Los porteros (los reguladores financieros) se habían apuntado al sarao y no pedían documentación. La recompensa por no hacerlo era muy apetitosa. Los encargados de analizar las bebidas que se consumían en el banquete (las agencias de calificación de riesgos) habían hecho la vista gorda. Al fin y al cabo, eran los camareros quienes pagaban por calificar los productos como aptos para el consumo. China, ávida por recibir dólares para mantener su moneda infravalorada, tuvo su papel. Los asiáticos que vendían latas de cerveza a la salida de la orgía querían contribuir a la melopea.

 

Como consecuencia de todo ello padecemos una monumental resaca. Al igual que James Dean con ‘The little bastard’ (‘Pequeño bastardo’, el Porsche en el que se mató), algunos se han estrellado (Islandia o Grecia). Otros tienen órganos vitales dañados por el alcohol (de manera notable, Estados Unidos, Reino Unido, Portugal, Italia y España). Los cuadros clínicos de los pacientes reflejan grandes carencias de vitaminas necesarias para crecer (déficits presupuestarios y exteriores) y fuerte anemia (desempleo).

 

Cómo salimos de ésta

 

Nouriel Roubini, el economista norteamericano apodado Dr. Doom (Doctor Muerte o Doctor Perdición) por haber predicho la crisis en 2005, ha descrito, con Stephen Mihm, esta pantagruélica juerga en Cómo salimos de ésta. Publicado este verano en Nueva York y Londres, el contenido del libro responde mejor a su título original Crisis Economics (Economía de crisis) y presenta un compendio de actuaciones de los gobiernos (principalmente el de los EEUU) en épocas de crisis así como una perspectiva del escenario global. Roubini afirma que estas fiestas que desembocan en crisis son inherentes al sistema capitalista. No son cisnes negros (eventos altamente improbables según Nassim Taleb) sino blancos. Vamos, que nos va la marcha.

 

Mihm y Roubini, en su afán por sintetizar las políticas de la escuela austríaca, partidaria de la no intervención del gobierno en la economía, y su antagonista, la escuela keynesiana, proponen una ‘destrucción creativa’ (término acuñado por Joseph Schumpeter, discípulo de los centroeuropeos) que esté controlada. Los activos tóxicos o de altísimo riesgo y las entidades financieras más expuestas a ellos, incluyendo algunas de las catalogadas como demasiado grandes para quebrar, deben identificarse y eliminarse. Hay que redactar nuevas regulaciones (resucitar leyes como la Glass-Steagall) y reforzar las instituciones financieras internacionales dando un mayor papel a países emergentes y muy en especial a China.

 

Los autores recomiendan la fragmentación de los grandes bancos. Dirigen su foco hacia Citigroup (¿cuántas veces más habrá que rescatarlo? Ya van cuatro) y Goldman Sachs, quien tras beneficiarse de las ayudas públicas vuelve a los beneficios y bonificaciones record. Aconsejan reformar el sistema retributivo de los altos ejecutivos bancarios (los ‘amos del universo’) y el de las agencias de calificación de riesgos, introduciendo más competencia y resolviendo el conflicto de interés que resulta de vender sus servicios a los emisores de deuda. Otros pasos a dar incluyen enfrentarse a los derivados (a los que Warren Buffet llamó ‘bombas de relojería para el sistema’) y reforzar tanto los requisitos de capital mínimo de la banca (directrices de Basilea) como el papel de los directores de riesgos, ninguneados desde hace décadas pues obstaculizaban la carrera hacia el máximo beneficio a corto.

 

El equilibrio de terror financiero

 

Uno de los capítulos más interesantes del libro analiza el impacto que ha tenido en la crisis el papel del dólar como moneda de reserva internacional, consecuencia de los acuerdos de Bretton Woods (1944) sobre transacciones financieras y comerciales. Al aumentar la demanda de dólares, en especial desde que se suspendió su convertibilidad en oro en 1971, esta moneda se apreció y los EEUU pasaron a tener grandes déficits por cuenta corriente. El posterior declive del dólar se ha convertido en algo crónico. Continuará hasta que otra moneda no tome el relevo y se aligere su déficit exterior.

 

Los EEUU y China se encuentran hoy atrapados en lo que el economista Larry Summers ha descrito como el ‘equilibrio de terror financiero’ por el que China no puede dejar de comprar deuda norteamericana para que el yuan no se aprecie, y EEUU no puede emitir billetes como medio de pagar su deuda y devaluar su divisa. Si lo hiciese, China dejaría de financiar sus déficits. La tentación de darle a la máquina de fabricar dinero es grande para el gobierno Obama, pero los daños colaterales, en forma de pérdida de credibilidad del dólar y retirada de sus financiadores, serían catastróficos. Equivaldría a dar alcohol a quien más empinó el codo para que se le pase el mono.

 

España y otros animales

 

El Doctor Perdición nos deja alguna perla sobre España, encuadrada entre los países del Club Med (Grecia, Italia, Portugal y España) o PIGS (cerdos en lengua inglesa), acrónimo compuesto con las iniciales de esas naciones. Destacamos por la gigantesca burbuja inmobiliaria, con aumentos de precios del 145% entre 1997 y 2005, sólo inferior a Dubai. Actuar sobre las cuentas públicas resulta imperativo. Si no, las agencias de deuda nos meterán en cintura (en ello están). Las medidas a tomar son duras pero representan la única solución para prevenir la pérdida de credibilidad y que se disparen los costes financieros. “Saldrán mejor parados si soportan ahora las penas y evitan el riesgo del impago de la deuda”, dice Roubini. Pese a todo, algunos de los países mediterráneos dejarán de pagar sus deudas. El coma etílico será insalvable.

 

La adopción del euro posibilitó nuestra entrada al guateque. Hemos agotado las reservas y el margen de maniobra para políticas fiscales de estímulo de la economía es escaso. Al mismo tiempo, el euro impide utilizar la devaluación como mecanismo para incrementar nuestra competitividad y hace necesario ajustar otros costes, en especial el laboral. El país que no sea capaz de hacerlo podrá verse marginado y sumirse en otra gran depresión. Por algo llaman a Roubini Doctor Muerte.

Alma, Corazón, Vida
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