Los gestores de las grandes empresas no saben de la crisis

El pasado fin de semana pude disfrutar de una agradable polémica sobre algunos asuntos económicos de actualidad. Para avivar el debate releí obras de algunos expertos

El pasado fin de semana pude disfrutar de una agradable polémica sobre algunos asuntos económicos de actualidad. Para avivar el debate releí obras de algunos expertos en la materia mientras echaba un vistazo al circo nuestro de cada semana. Esta vez venía en forma de competición tenística (‘Masters de Madrid’) salpimentada en las gradas por otra feria de las vanidades a la que se podrían aplicar las palabras de Adam Smith o Thornstein Veblen: “Para la mayor parte de la gente rica, el principal disfrute de su fortuna consiste en el despliegue de sus riquezas”.

El debate al que me refería se centró en el poder, el libre mercado y la situación económica que estamos viviendo. Nada más y nada menos. Surgió tras comentar que pese a la crisis en la que estamos inmersos, la mayor parte de las grandes empresas que conforman el índice Ibex 35 han crecido en beneficios y han aumentado más que generosamente la retribución de sus consejeros y altos directivos.  Mi interlocutor defendía que, siendo empresas privadas, no podía ponérsele pega alguna a dichas sinecuras. Yo oponía varios argumentos. El primero, el consabido razonamiento sobre la lejanía entre los intereses de los accionistas y los gestores (el consejo y la alta dirección o tecnoestructura). También llamaba yo la atención sobre el hecho de que la mayoría de estas compañías se sostenían sobre concesiones del estado. Finalmente, trataba de relacionar el poder de estas empresas y la merma de libertad que su tamaño y sus tentáculos ocasionan.

Respecto al primer punto, no voy a extenderme demasiado. La gran corporación aleja cada vez más los intereses de los verdaderos dueños (los accionistas), especialmente los de la gran masa de pequeños propietarios, de los de quienes dirigen la empresa. Estos, como Juan Palomo (yo me lo guiso y yo me lo como), se cocinan sus emolumentos (sueldos, bonuses, pensiones, indemnizaciones y otros extras) y consiguen la aprobación por los miembros del consejo (a veces ellos mismos) proponiendo dietas millonarias. Todo muy equitativo. Al pequeño accionista que poco sabe de la marcha de la empresa, se le mantiene tranquilo con un buen dividendo (“fíjate que buenos somos contigo con la que está cayendo”).

Más relevantes y complejos me parecen los otros puntos. Entre las mayores cotizadas de nuestro país, las que no dependan de la protección y la planificación estatal se pueden contar con los dedos de una mano y sobra alguno. Incluyo entre las dependientes del estado a negocios cuya actividad nace de una concesión privatizada, como las comunicaciones (autopistas, televisión  y telecomunicaciones) y la energía (gas, petróleo y eléctricas), protegidos, supervisados y con licencia especial para operar (banca y seguros) o que contratan principalmente con ‘papá-estado’ (constructoras y defensa). En todos estos negocios la libertad de mercado, caracterizada por multitud de oferentes y demandantes, o bien es muy reducida o simplemente no existe.

No hacen falta grandes dotes de observación y análisis para darse cuenta de que pocas de estas firmas cumplen con la responsabilidad social a la que las especiales condiciones en las que actúan les obligan. La pretendida liberalización de sectores como las telecomunicaciones y la energía ha resultado en facturas crecientes para todos sus clientes. Perdónenme si peco de simple, pero es que no lo entiendo: ¿Por qué asumimos entre todos supuestos déficits tarifarios de empresas con beneficios y ejecutivos cada vez más multimillonarios? ¿Cómo es que la supuesta introducción de competencia ha concluido en mercados monopolistas o a los sumo oligopolistas con servicios más caros?

La pérdida de respeto por el dinero

En cuanto a la banca, la situación es conocida. En épocas de bonanza, su liberalidad en conceder crédito sin prestar atención al riesgo (total, si pasa algo ‘papá-estado’ me ampara) ha contribuido de manera impagable a la pérdida de respeto por el dinero. Este milagroso pilar (una política monetaria de manga anchísima o, para entendernos, dinero barato y a espuertas), similar a la multiplicación de los panes y los peces y principal sostén de la crisis que vivimos, acaba beneficiando (y perjudicando) a los mismos de siempre. En la recesión, los bancos,  pese a contar con la ayuda estatal, han cerrado el grifo del crédito. Limitar el crédito al consumo era algo imperativo pero cortar la financiación a las pymes, tiene efectos nefastos sobre el empleo y la capacidad productiva. Me asombra el consenso de políticos y líderes de opinión para animarnos al consumo (acto patriótico se ha llegado a decir) en lugar de al ahorro para canalizar este hacia la actividad productiva y generadora de empleo. Claro que lo urgente siempre debe ir antes que lo importante, o el corto plazo delante del largo.

El poder de todos estos transatlánticos de los negocios y de quienes dirigen su rumbo aumenta tanto en tiempos de bonaza como de borrasca. Yo creo que su gigantismo conduce lentamente a una sociedad menos libre. Si nos atenemos a los datos publicados, es patente que obtienen un resultado bien distinto al de la sociedad en general. La llamada crisis final del capitalismo global no les afecta. Es más, yo diría que les beneficia pues son los mejor situados para pescar en este río tan revuelto. Creo que finalmente se manifiesta la falacia del libre mercado y amanece la verdadera cara de una ‘globalización del poder’ (el gran capital deslocalizado, o localizado en paraísos fiscales, es el que circula libremente y el trabajo el que padece sus idas y venidas). Por eso traigo aquí este tema tan economicista. Porque afecta a nuestras libertades. En el llamado primer mundo, donde se han garantizado derechos fundamentales, el derecho a un trabajo no esclavizante y el derecho a crear (y aquí incluyo la posibilidad de dar forma a una idea mediante la creación de una empresa) deberían ser prioritarios. Hoy ambos están en grave peligro.

Me asombra el consenso de políticos y líderes de opinión para animarnos al consumo en lugar de al ahorro para canalizar este hacia la actividad productiva y generadora de empleo

Poco podemos esperar de quienes tienen en sus manos el gobierno del estado. No porque hoy sus conocimientos de economía sean más bien escasos (se aprendieron en dos tardes, ¿recuerdan?) sino porque unos y otros, gobierno y oposición (en esto hay unanimidad), son parte interesada. Los sillones de los consejos y de la alta dirección de las grandes empresas están ocupados por políticos (‘de políticos a idiotas’. Perdonen si vuelvo a referirme a lo ya publicado en este blog) retirados o ¡incluso en activo!, que, sin ningún pudor, reafirman el papel subsidiario del estado frente a la gran corporación, objeto de deseo para cuando toque retirarse de la política. Además, las soluciones que ofrecen para disminuir el desempleo brillan por su ausencia. Aquí parecen coincidir con los sindicatos y sus representantes. Explíquenme si no cómo una medida aparentemente sencilla y que se ha seguido con éxito en otros países aquí ni se plantea. Me refiero a mantener empleo a cambio de que el estado renuncie al cobro de cotizaciones y lo subvencione con las cantidades que irían a sufragar el coste del desempleo. No, mejor despedir y matar dos pájaros de un tiro: la gran empresa reduce costes y aumenta beneficios y bonuses de la cúpula y el gobierno mantiene una clientela mediante el miedo (“si vienen los otros te recortarán los subsidios”).

Tampoco conviene tocar mucho las narices con impuestos excesivos para los que más mandan en las empresas. Y si no, ¿cómo es que el tipo marginal del IRPF es el mismo para quien gana 100.000 euros que para quien gana 10 ó 50 millones? ¡Viva la progresividad fiscal! (claro que progresividad o regresividad… son chorradas, según dijo a nuestro presidente su entonces consejero y hoy ‘asesor de alto nivel’ de una gran multinacional).

Las multinacionales y el mal de altura

He formado parte de ese grupo privilegiado de gestores de multinacionales. Sé de los méritos y deméritos de esa casta, del esfuerzo y de la ambición que hacen falta para mantenerse con ese estatus y de lo fácil que es enfermar con el ‘mal de altura’, creerse que uno está ahí por derecho divino y por ser más que otros, perder la visión de la realidad que rodea a uno y de los fines sociales que toda empresa debe mantener entre sus objetivos si quiere (para mi esto es una obligación) contribuir a una sociedad mejor. Todo esto me lleva a pensar que, como dijo John K. Galbraith, no sería erróneo pedir a los economistas (yo lo soy) que se identifiquen con el interés público, no con el de las grandes corporaciones y el sistema planificador. Nuestra tarea apenas ha comenzado. Si aceptamos como parte de nuestro sistema explicativo el factor poder, tenemos por delante muchos años de trabajo fructífero. Al estar en contacto con los problemas reales, que son los que inspiran pasión, nuestra vida volverá a ser gratamente polémica, y quizá hasta peligrosamente útil.

Para terminar una recomendación y una cita. Me he reído mucho leyendo ‘La economía no existe. Un libelo contra la econocracia’ de Antonio Baños. Esta obra no nos deja precisamente en buen lugar ni a los economistas (la verdad es que no deja títere con cabeza) ni a los altos ejecutivos. A mi juicio, de obligada lectura para quien quiera tener una versión ‘no oficial’ de la crisis y de las medias verdades que tratan de vendernos.

Y como cita (ya incluida ahora hace un año en este blog), vuelvo a utilizar al profesor Galbraith: “El carácter más nocivo de la economía neoclásica y neokeynesiana se refleja en no considerar el factor y el problema del poder. El poder es decisivo en todo lo que acontece. El sistema de mercado queda sustituido por el del poder de la gran corporación moderna… con gran influencia sobre sus precios y sus costos... Sobre el ejercicio del poder se cierne la densa aura de respetabilidad. Las personas que guían la gran corporación y sus asesores (financieros, legales, consultores, etc.) son los miembros más pudientes y prestigiosos de la comunidad. Constituyen el ‘establishment’. Sus intereses tienden a convertirse en interés público, que numerosos economistas encuentran cómodo y rentable refrendar. Negar el carácter político de la gran empresa es más que evadirse de la realidad. Es disfrazarla. Los beneficiarios son las instituciones cuyo poder disimulamos de esta manera. La economía, tal como se enseña, se convierte, por más inconscientemente que sea, en una parte de la maquinaria mediante la cual se impide al ciudadano o al estudiante ver de que manera está siendo gobernado o habrá de estarlo” (de ‘Anales de un liberal impenitente’, libro que también les ánimo a leer).

Alma, Corazón, Vida
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