La razón contra el buen rollo
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La razón contra el buen rollo

Hay una extendida sensación de fracaso entre los expertos respecto de los niveles educativos españoles. Una parte de los estudios culpan al sistema escolar, otra a

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La razón contra el buen rollo

Hay una extendida sensación de fracaso entre los expertos respecto de los niveles educativos españoles. Una parte de los estudios culpan al sistema escolar, otra a los profesores y una tercera señala a unos padres que consienten excesivamente a sus hijos. En realidad, esta vertiente quiere subrayar que vivimos en una época en la que los niños se han quedado solos, bien porque los padres dedican todo su tiempo al trabajo, bien porque prefieren centrarse en sus propios intereses. Así, cuando llegan a casa, en lugar de prestarles atención y enseñarles las normas, prefieren ignorar cómodamente esos comportamientos inadecuados. Para el profesor de filosofía José Sánchez Tortosa, autor de El profesor en la trinchera (ed. La esfera de los libros), “algo de eso hay. Es evidente que por cuestiones sociales o económicas, los padres tienden a delegar su función educativa en la escuela, lo que obliga a ésta a realizar una serie de tareas para las que en principio no está preparada”. Como consecuencia, cada vez tienen mayor importancia en los sectores educativos psicólogos y pedagogos, “reduciéndose los márgenes de la exigencia académica”.

Para Sánchez Tortosa, la enseñanza, esto es, la lucha contra la ignorancia, debe prevalecer sobre todos estos nuevos objetivos pedagógicos que quieren dar a los chicos lo que no encuentran en sus hogares. Y para conseguir esa meta, argumenta Tortosa, no le queda más remedio que meterse en la trinchera y tomar parte en la batalla diaria “por acabar con la tiranía de unos alumnos que defienden su ignorancia”. Y esto es va más allá de que existan o no comportamientos violentos entre los alumnos, ya que al margen de las diferencias psicológicas que puedan existir entre ellos, “comparten una esencia, una serie de impulsos naturales que tratan de alejarles del conocimiento. Por lo tanto, la principal tarea del docente sería vencer esos obstáculos que les impiden aprender”.

En segundo lugar, el marco normativo el que ha de desenvolverse el profesor tampoco favorece ese proceso: “la Logse ha fomentado mucho más la relajación que la exigencia y el esfuerzo”, consiguiendo que “las estructuras objetivas con que hoy se encuentra el alumno hagan mucho más difícil su desarrollo intelectual”. La concepción predominante de la enseñanza en España, asegura Sánchez Tortosa, “tiende a dar mayor valor a la espontaneidad y a lo afectivo que al conocimiento, lo que fomenta un entorno que deteriora el crecimiento intelectual y que determina que un rendimiento escolar menor”.

Educación para la Ciudadanía

Esa tendencia se nota especialmente “en el temario de Educación para la Ciudadanía, asignatura en la que se nos pide que califiquemos afectos y sentimientos, cuando éstos blindan la ignorancia del alumno. Si el sistema nos impide que ayudemos a que los alumnos extraigan el conocimiento de sí mismos, está cumpliendo funciones contrarias a las que debería llevar a cabo”. En realidad, señala Sánchez Tortosa, vivimos en un mundo que no confía en lo intelectual y que prefiere privilegiar los sentimientos, olvidando que “si uno ha desarrollado su racionalidad, será más capaz de controlar sus afectos y de dirigirlos hacia usos positivos”. Ahora, por el contrario, lo que se pretende en la escuela “no es que se fomente el espíritu crítico del niño y que aprenda a razonar, sino que sea feliz”.

Ello hace que tampoco el profesor disponga de los mecanismos disciplinares necesarios para conseguir sus objetivos. El problema de fondo es que “los alumnos no ven que la figura de autoridad sea una fuente de conocimiento, sino que perciben al profesor o bien como una especie de enemigo o bien como una figura insignificante”. En esas circunstancias, si no se pueden imponer los mecanismos disciplinarios precisos, “se está dificultando que los alumnos sean libres, ya que no pueden interiorizar los instrumentos que les permiten pensar por sí mismos y desarrollarse al máximo”. Para Sánchez Tortosa, “la enseñanza hoy no les prepara para afrontar los problemas a los que deben enfrentarse. El alumno, desde Platón, tiene que ser protagonista de su propia educación. Sin embargo, la pedagogía actual, partiendo de ese supuesto, ha olvidado que el alumno no puede aprender por sí mismo, que para descubrir los contenidos siempre necesita a alguien”.

Claro que la presencia y las enseñanzas del profesor no siempre resultan positivas. Según Sánchez Tortosa, aunque la influencia del docente en el alumno sea menor que en otras épocas, “no hay que olvidar que no deja de ejercerla. Cuando al adolescente se le da el trabajo hecho y se le ofrecen ideas frente a las que no se deja resquicio a la duda, cuando el profesor cae en el error de dirigirle un discurso doctrinal, el alumno siempre le prestará oídos, porque prefiere las ideas que le dan como ciertas en lugar de aquellas otras que ha de someter a análisis”. El adolescente tiende a lo seguro y para ello reclama el juicio continuo de una personalidad autorizada, y eso es justo lo que no se le debe dar. Más bien “se le han de ofrecer distintos puntos de vista desde los que enfocar el problema para que él los someta a crítica y a juicio”.

Y esa es una parte de la educación a la que jamás se debe renunciar, en tanto, es la que permitirá que surjan ciudadanos libres. “Cuando Platón escribe La República, la parte central es la que tiene que ver con la educación. Porque sin una formación sólida que nos permita utilizar los resortes de la razón, que contribuya a que los individuos piensen por sí mismos, la democracia es pura retórica”. Así, la idea de que todo el mundo puede opinar, algo hoy de moda, es para Sánchez Tortosa negativa porque “lleva consigo la idea de que opinar no requiere esfuerzo, que basta con decir lo que a uno se le pasa por la cabeza”.

Más al contrario, “los individuos deben tener unas mínimas destrezas racionales en las que basar sus opiniones. De hecho, las personas que se han formado ciertos hábitos racionales son precisamente las más cuidadosas a la hora de emitir su opinión, mientras que aquellas que carecen de datos y argumentos, suelen opinar con mucha facilidad. Parece que la posibilidad de tomar la palabra en el espacio público dispensa del esfuerzo por argumentar y razonar cuando es todo lo contrario. Y eso no significa que se limite la libertad de opinión, sino que subraya como ésta requiere de una educación. Porque sólo bajo esos presupuestos racionales puede haber comunicación entre los seres humanos”.