Noé y su tropa del arca tuvieron la posesión inmemorial del récord de permanencia en altitud. William Whiston, que sustituyó a Newton –recién iniciado el siglo XVIII– como titular de la Cátedra Lucasiana de Matemáticas de la Universidad de Cambridge, calculó que la montaña sobre la que se posó el arca tenía cerca de diez mil metros de altura, novecientos más que el Everest. Bien entrada la Edad Contemporánea y parece que superada la mitología, Nicolás Jaeger, médico y alpinista francés, permaneció durante 60 días en la cumbre del Huascarán, en los Andes peruanos (6.768 metros), estableciendo en 1979 el primer récord homologado de permanencia en altitud. 

Recuerda Fernando Garrido que Jaeger le "engañó". "Leí su libro y parecía fácil estar dos meses en una cumbre, pero fue una experiencia terrible". En 1986, este 'aragonés' nacido en Madrid estableció un nuevo récord que está durando más que el de Noé. Cuando se recuperó, fue al Himalaya y se metió entre pecho y espalda la primera ascensión invernal en solitario a un ocho mil, el Cho Oyu con 8.201 m. Nadie lo había hecho antes.

Con Fernando, con este extraordinario deportista, El Confidencial se va al Aconcagua. Queremos que nuestros lectores vivan una expedición de alta montaña de la mano de un compatriota que es, con seguridad, el más experimentado en ascensiones al Techo de América. En el prólogo de su libro 7.000 metros. Diario de supervivencia, lo describe así: "Reino de silencio y desolación, fascinación de la altura. Es una montaña trágica. Aquí no hay señal de vida. Ni una brizna de hierba. Todo es soledad blanca, encubriendo el peligro que acecha a cada paso. Los andinistas saben que el Cerro no es particularmente difícil de escalar, pero las condiciones de supervivencia son tan extremas que, en poco tiempo, la energía humana se ve diezmada y comienzan los dolores, las depresiones anímicas, las alucinaciones. Es cuando aumenta el margen de error y los riesgos se multiplican".

Reconoce Fernando que el montañero es ilógico: "¿Cómo se explica que vamos a sufrir, a pasar hambre, cansancio, peligros? No es fácil de entender. Pero es un gran juego, apasionante, que engancha y te refuerza. Y, por supuesto, te ayuda en la vida".

En enero de 1986, Fernando Garrido pasó 62 días con sus noches a 6.962 metros de altitud, en la cumbre del Aconcagua, en condiciones extremas. Traspasó la frontera del miedo, sintiendo que se le acababa la vida al soportar una tormenta eléctrica "como jamás pudo imaginar que existiera". Illapa, el dios inca del rayo, le dejó proseguir. Esa noche, el Cerro y él se fundieron indisolublemente. El reto más duro de su vida deportiva, hace 28 años de ello. Durante esas interminables jornadas la competición se tornó en contemplación. Aceptó la 'visión aérea' a la que le invitó Hermes, al igual que este incitó a Menipo en Los diálogos de los muertos de Luciano de Samósata y se transformó en un kataskopos, ese observador distanciado que mira desde lo alto y ve lo insensato de la manera de vivir de los hombres.

El vuelo de regreso lo hizo en primera clase por invitación de Iberia. Nada que ver con el viaje de ida: de Zaragoza a Marsella en autobús; en el vuelo más económico se fue a Rio de Janeiro y desde ahí a Santiago de Chile por carretera atravesado los Andes, ¡4.000 kilómetros en autobús!

En algunas ocasiones es difícil romper las inercias. En los medios escritos de nuestro país se cuentan con los dedos de una mano y te sobran tres los que de manera periódica informan sobre asuntos de montaña. Andoni Arabaolaza, lo hace los lunes en Gara. La Federación Española de Deportes de Montaña y Escalada le premió hace unos meses, reconociendo su trabajo informativo. Juan Manuel Sotillos, escribe los viernes en El Diario Vasco. En El Confidencial creemos que el alpinismo, la montaña, se merecen algo más y vamos a apostar por ello. Los hermanos Garrido –Fernando y Javier– y su socio Juan Bazán dirigen Aragón Aventura, una de las empresas españolas con más experiencia y solvencia en expediciones de altitud. Todos los años, en enero, organizan ascensiones al Aconcagua y esta vez, El Confidencial los va a acompañar. 

Llevan semanas de preparación y nos han dado muestras de su buen hacer. Fernando es un maño minucioso, lo que quiere decir que su minuciosidad es muy superior a la de cualquier otra persona. Nos dice que "cuando El Confidencial se puso en contacto con nosotros y propusieron escribir la crónica del Aconcagua, nos pareció una gran oportunidad para que sus lectores conociesen cómo es una expedición de este tipo, algo apasionante en su preparación y en su desarrollo, lejos de las noticias que asocian montaña con accidente o excesos de adrenalina".

Lo primero que planteó Fernando es que su compromiso con el periódico no podía afectar al trabajo como guía de la expedición: "Yo soy el responsable de ese grupo de personas y mi misión es hacer todo lo posible para que logren sus objetivos personales y montañeros, en especial que hagan cumbre". No ha sido difícil dar con un sistema que despeje las preocupaciones de Fernando y proporcione a los lectores de este periódico la que, seguramente, será la crónica más completa de una expedición no profesional al Aconcagua. Desde su llegada a la ciudad de Mendoza y durante veinte días estableceremos comunicaciones diarias. Las crónicas de sus peripecias ocuparán un lugar destacado en nuestra información. Fernando nos dice que hará todo lo que esté en su mano, si el Cerro lo permite, "para dejar la enseña del periódico en el Techo de América y traer esa foto para todos ustedes". Que así sea.