mi gran y kitsch boda china

El hotel en que se casan los chinos en Madrid

Un antiguo caserón de piedra de la sierra regentado por chinos acoge las ceremonias de sus compatriotas, respetando sus gustos, horarios y costumbres

Foto: Fachada principal del hotel Sierra Oriente.
Fachada principal del hotel Sierra Oriente.

Los invitados llegan en varios autobuses. A esas horas, las 11 de la noche de un lunes, ya no circula casi nadie por la carretera. En una pequeña recta escondida entre las revueltas del Alto del León, casi en Segovia, un tradicional hotel serrano de piedra aguarda a los asistentes al evento. Pero ni el hotel resulta ser tan convencional, ni los invitados son los que uno esperaría: son todos chinos. Estamos en el Sierra Oriente, regentado desde hace poco más de un año por chinos y especializado en celebrar bodas... para chinos. Tiene tres salones, a cual más enorme y colorido, todos ellos decorados con los clásicos jarrones, acuarios y flores de loto. También una discoteca con neones verdes, rojos y rosas con su cabina de Dj incluida.

El resto de los días, especialmente los fines de semana hasta primavera, las demás dependencias del lugar se van deteriorando poco a poco (no funcionan varias de las puertas de acceso, ni algunos de los baños) y los niños y empleados ven la televisión, hacen los deberes en la recepción, o deambulan por el enorme establecimiento como si fuera un día de asueto. De hecho, han pegado su móvil al cristal de la puerta “por si viene alguien, que nos pueda localizar”. La cafetería queda desatendida y hay que adentrarse en las tripas del edificio para encontrar a alguien que te haga caso.

El momento de trabajo y el que más exige su atención es de lunes a jueves, y desde casi la medianoche hasta lo que se prolongue la fiesta. Una fiesta, eso sí, para la que aún mantienen el espíritu de ambivalencia del local: lo mismo te ofrecen un cochinillo al horno de leña que un pato laqueado. No le hacen ascos a ninguna posibilidad de negocio.

Depende de la inspiración del local, pero es típico que para los tallarines se escoja algo que simbolice la eternidad del matrimonio, “porque son largos”

Pero en el hotel, cada plato del extenso menú, que puede tener hasta 30 distintos, no se llama como se llama. Eso es frecuente en las bodas chinas. Es decir, que un solomillo no es un solomillo, sino “un atardecer bajo los tilos suspirando de amor”, o lo que corresponda realmente —está en chino y nadie se presta a traducirnos—. En cada ceremonia, varía y depende de la inspiración poética del local, pero es muy típico que para los tallarines se escoja una metáfora que simbolice la eternidad del matrimonio, “porque son largos”, según explica Sxihua, del Centro Cultural Chino de Madrid. También comen cangrejos, anguila o berenjenas. Alimentos propios de la cocina cantonesa, la más habitual entre los chinos residentes en España.

Durante el banquete, la novia puede llegar a cambiarse de vestido en dos o tres ocasiones. Al principio, y por contagio de la moda y las películas occidentales, vestirá de blanco. Después de cortar la tarta, se pondrá el tradicional vestido rojo. Y, en ocasiones, al hacer el brindis y prologar el baile, puede cambiarse por tercera vez. El novio es más soso y viste igual durante todo el tiempo. En el escaparate de la agencia de bodas y 'boutique', se alternan los vestidos blancos y rojos.

La litera roja

Una anécdota, la de los tallarines, que remite a otro aspecto no tan irrelevante de las uniones entre chinos: “La familia es una empresa y la empresa una familia”, explicó en su día en un estudio la profesora de sociología de la Universidad de Salamanca Marta Gutiérrez Sastre. “Las elecciones de pareja están elegidas desde el pragmatismo más que por los sentimientos”, afirmaba la académica, que recogía en su trabajo testimonios que lo corroboran: “Si te casas por sentido, te casas y puede que en unos meses, ¡pum!, solo ‘te quiero mucho’, pero en unos meses te puede matar porque solo es sentimiento”. Lo más importante de un matrimonio es que sea "sólido y dure". En definitiva, que sea largo "como los tallarines".

Las bodas chinas son un asunto serio lleno de cuestiones protocolarias y muchas actividades obligatorias. La cosa comienza cuando el novio se presenta en casa de la novia junto a sus padres. Allí, tanto él como ella se arrodillarán para ofrecer una taza de té a los progenitores de ambos. Luego, deberían coger una litera roja y trasladar en ella a la novia. Como eso en los tiempos que corren, y menos en España, no es sencillo, se montarán en el coche del novio para llegar juntos al hotel.

Aunque antes eran los padres o algún familiar, ahora el maestro de ceremonias es un ‘speaker’ contratado que va desgranando chistes

Los enlaces en China son un poco más temprano, sobre las ocho o nueve, pero en España, por el sector en el que trabajan casi todos los ciudadanos chinos, la hostelería o el comercio de “horarios flexibles”, las ceremonias se inician a las 10 u 11 de la noche. Una vez en la carpa San Francisco de Asís, comienza el 'show'. La ceremonia está concebida como una fiesta y aunque antes la conducían los padres, ahora lo hace un ‘speaker’ contratado al efecto. Un tipo que va desgranando chistes y obliga a los invitados a presentarse uno a uno, por ejemplo.

También irá mostrando a los presentes las fotos previas que se han hecho los novios. Seguramente las haya hecho Wei. Su estudio, en Usera, recibe al año más de 200 peticiones para hacer el 'book' de boda previo al enlace. “Calidad, elegancia y buen gusto” es su lema. Las mujeres hacen cola en el local con un catálogo de vestidos en las manos. La mayoría de las fotos se hacen en el parque del Retiro: “Conocen la zona y es agradecida para hacer fotos”.

Desayuno obligatorio

El dueño del hotel se mueve de lado a lado correteando sobre sus pequeñas piernas. Es muy sonriente, pero no para quieto. “Bodas chinas y bodas de otras clases”, asegura mientras cierra algún negocio con una mujer cubierta con un velo e introduce cifras en un ordenador del que solo se distinguen símbolos chinos. Es amable, pero no quiere comentar los pormenores de su negocio, ni siquiera de modo general. Los chinos en España son reservados. “Ningún chino te va a abrir su casa y posar en la barbacoa, como los americanos. Somos amables, pero nuestra casa es solo nuestra”, recalca Wei.

Advertencia para el desayuno.
Advertencia para el desayuno.

El caso es que por el hotel uno sí puede deambular recorriendo todas sus estancias. Incluida la cafetería, en la que un cartel advierte a los huéspedes de que se coman todo el desayuno (en horario de 9:10 a 11:10) porque hay muchos pobres en el mundo y está mal desperdiciar los alimentos. También la discoteca, donde concluirá la fiesta. Después, los novios se irán a dormir a la cabaña canadiense de 30 metros cuadrados y bañera cubierta de bambú. También muchos de los invitados se quedarán a pasar la noche en las habitaciones del hotel. Al día siguiente tendrán más actividades, como excursiones por la zona, y después ya se dará por concluido el evento.

Antes, habrán entregado un sobre rojo con dinero, o algún regalo. No es casual que todos los objetos importantes en la ceremonia sean rojos: la silla de la novia, el vestido, los sobres... Eso es porque el rojo es el color de la suerte en China. Da igual cuál sea la zona del país que sean. En el caso de España, hay que localizar en el mapa Zhe Jian. Es un trocito diminuto pegado al azul del mar. De allí, de ese pedacito de China cerca de Cantón, proviene la inmensa mayoría de los 171.508 chinos que viven en España. Pero el mapa engaña. “Esa región es casi como media Península”, explica Polin, profesora de español para chinos. “Es gente humilde que proviene del campo”, prosigue en su explicación frente a una especie de mesa camilla. Gente sencilla que vive de manera discreta. Y una curiosidad: hablan chitanés, no mandarín. Dos lenguas que no tienen intercomprensión.

La fiesta se acaba. Los invitados desean felicidad protocolariamente y por turnos a los recién casados, que tendrán que ir al juzgado o a la embajada a formalizar su unión oficialmente. Los neones del Sierra de Oriente siguen encendidos, aunque ningún conductor de los que van a comer cochinillo o cordero repare en ellos.

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