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Una semana en Puglia a la sombra de San Nicolás, Virgilio y Mediaset
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el erizo y el zorro

Una semana en Puglia a la sombra de San Nicolás, Virgilio y Mediaset

No tiene el encanto de Nápoles ni la naturaleza desbordada de Sicilia, y si en el pasado hubo ruinas griegas y romanas, prácticamente han desaparecido

Foto: Foto: Marta Valdivieso
Foto: Marta Valdivieso

No estaba seguro de que hubiera sido buena idea irse de vacaciones a finales de junio, mientras el mundo seguía funcionando a pleno ritmo. Pero, en todo caso, tenía un plan secreto: me pasaría toda la semana que íbamos a estar en el sur de Italia —en la parte que me parecía más anodina, la Puglia, el tacón de la bota— encerrado en nuestros sucesivos apartamentos viendo la tele. Concretamente el Canale 5 de Mediaset. Mirar algunos canales de televisión es una manera tan buena como cualquier otra de conocer un país. En Italia eso es particularmente cierto.

De modo que, justo al llegar al primero de los apartamentos, en Bari, me tumbé en la cama en calzoncillos y camiseta y le di al 5 en el mando a distancia. Daban un concurso musical: tres mujeres jóvenes y atractivas competían contra tres hombres feos de mediana edad adivinando datos relacionados con canciones mientras más mujeres jóvenes bailaban con poca ropa y un presentador de mediana edad gesticulaba y gritaba. “¿Tu plan es pasarte la semana viendo esto?”, me preguntó mi mujer un poco perpleja. “Sí”, respondí con una mezcla de orgullo e impaciencia, mientras miraba de reojo cómo en mi móvil no entraba absolutamente ningún mensaje de trabajo. “Bien. He reservado mesa en el que dicen que es el mejor restaurante de pescado de la región. Supongo que puedo ir sola”. Cogió el bolso con una lentitud teatral y se dio la vuelta hacia la puerta. Yo me levanté. Me puse los pantalones y las zapatillas y la seguí con la cabeza gacha. Mi plan había fracasado a los cinco minutos. Y menos mal.

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Foto: Marta Valdivieso

Puglia no tiene el encanto del subdesarrollo de Nápoles. No tiene la naturaleza desbordada de Sicilia. Si en el pasado hubo ruinas de los griegos y los romanos que pasaron por ahí, prácticamente han desaparecido. Las ciudades que visitamos —además de Bari, Monopoli, Lecce y Nardò— tienen centros preciosos, dominados por una discreta arquitectura barroca y edificios de piedra calcárea beige, pero, con alguna salvedad como el elegante ensanche de Bari, están rodeados de atroces barrios de viviendas baratas de los años sesenta. Hay unas cuantas iglesias bonitas, encantadoras calles torcidas de suelo irregular y tejados que se abomban bajo el sol implacable, pero ni un solo museo memorable o un edificio o monumento que merezcan de por sí el viaje. La comida es buenísima, sencilla y satisfactoria, pero carece de la imaginación un poco lasciva de la de otras partes del sur. Es de las pocas regiones vinícolas del sur de Europa en las que los expertos te dicen con cierta reticencia que su mejor vino es un rosado joven hecho con una uva llamada “primitivo”.

Nicolás y los rusos ausentes

Pero después del disgusto de tener que abandonar las hipnóticas imágenes de Mediaset, el viaje fue perfecto. En el centro de Bari, los ancianos que siguen viviendo en las viejas casas de pescadores del centro sacan por las noches las sillas y charlan y fuman mientras ven pasar a los turistas que descienden de los cruceros, llenan la ciudad durante unas horas, y luego desaparecen repentinamente. Como en otros lugares del sur, los jóvenes parecen multiplicar sus extremidades y conducen su “motorino” mientras sostienen un cigarrillo en una mano, consultan el móvil con la otra, hacen gestos ofensivos a los coches que se les cruzan con otra y saludan a las chicas con otra. Allí está enterrado Nicolás, un santo venerado por la Iglesia ortodoxa de Grecia y Rusia; el propietario del bed & breakfast en el que nos hospedamos nos contó, gesticulando, que la ciudad siempre estaba llena de rusos que acudían a honrar los despojos de Nicolás, y que la estatua del santo que había en la ciudad la había pagado el mismísimo Putin, pero que ahora no había rusos por la guerra y las sanciones. Había vecinos que habían pedido que se retirara la estatua, pero al final el alcalde había decidido no hacerlo por los niños. Mi italiano es imperfecto y no entendí del todo su expresión, que repetía una y otra vez: “Es una pena por los niños, claro, pero con la guerra…”

La ciudad siempre estaba llena de rusos que acudían a honrar los despojos de Nicolás pero ahora no había por la guerra y las sanciones

Nos movíamos de un sitio a otro en trenes regionales, baratos y eficientes. Cuando en Monopoli y Nardò preguntamos cómo llegar hasta las playas —alejadas de los centros, pequeñas, incómodas y preciosas— empezaron a darnos indicaciones que cortamos rápidamente para explicar que no habíamos ido con coche. La mirada de nuestros interlocutores era parecida a si les hubiéramos dicho que teníamos una enfermedad no letal pero incurable: “¿Senza macchina?”. En el primer caso anduvimos dos horas bajo un sol salvaje y en el segundo cogimos un autobús desvencijado en el que los demás pasajeros eran adolescentes demasiado jóvenes para conducir. Nunca habíamos sudado tanto, y yo nunca había deseado tanto estar en un apartamento viendo la tele. Pero luego, de vuelta en el centro abrasados por el sol, con las alpargatas llenas de arena, nos sentábamos a beber una cerveza y buscábamos un restaurante en el móvil, y acabábamos comiéndonos un pulpo frito, unas albóndigas de caballo, unas croquetas de patata con menta y queso, una pasta con garbanzos o unos calamares rebozados con, invariablemente, una botella de rosado primitivo, y luego volvíamos al apartamento y nos quedábamos inmediatamente dormidos con el aire acondicionado puesto. Al cabo de dos días estaba, al mismo tiempo, quemado y resfriado.

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Foto: Marta Valdivieso

Nuestra última parada era Brindisi, donde cogeríamos el avión de vuelta si la huelga de Ryanair no lo impedía. Comimos en la enésima trattoria de pescado y nos sentamos aburridos en una escalinata ante el mar mientras esperábamos que se hiciera la hora de ir al aeropuerto. Levanté la mirada y vi que la calle se llamaba Virgilio. Luego vi una placa en una casa que decía que allí murió Virgilio, el gran poeta romano, cuando acababa de regresar de un viaje a Grecia. Junto a la casa había dos altas columnas que señalaban el final de lo que había sido la vía Apia, la más importante calzada romana, que cruzaba la península y unía Roma con este puerto, y se convirtió en un símbolo de la cohesión y la eficiencia de la República de Roma. Desde debajo de las columnas me quedé mirando el mar. Por un momento, pareció que me iba a poner solemne pensando en el azar que nos había llevado allí tras un viaje tan poco sofisticado intelectualmente, que iba reflexionar sobre la vieja cultura clásica, el papel del Mediterráneo en la historia y el destino de aquella región una y otra vez colonizada por los pueblos del levante y casi siempre empobrecida.

Pero Italia lo impidió otra vez: pasó ante mí un crucero que, de no haber sido por las sanciones, habría pensado que era ruso, en cuya cubierta iban unas cuantas mujeres jóvenes en biquini acompañadas por dos o tres hombres panzudos de mediana edad. Se reían y parecían beber vino rosado. Era tal cual una escena sacada de algún programa de Mediaset. Miré de nuevo la placa en la que se homenajeaba a Virgilio y me encogí de hombros. El vuelo salió con retraso, pero salió. Sentados en la oscuridad de la cabina, le dije a mi mujer que tenía un plan fantástico para el próximo viaje a Italia.

No estaba seguro de que hubiera sido buena idea irse de vacaciones a finales de junio, mientras el mundo seguía funcionando a pleno ritmo. Pero, en todo caso, tenía un plan secreto: me pasaría toda la semana que íbamos a estar en el sur de Italia —en la parte que me parecía más anodina, la Puglia, el tacón de la bota— encerrado en nuestros sucesivos apartamentos viendo la tele. Concretamente el Canale 5 de Mediaset. Mirar algunos canales de televisión es una manera tan buena como cualquier otra de conocer un país. En Italia eso es particularmente cierto.

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