UNA OBRA QUE PROPUGNA UN CAMBIO DE VALORES ANTES DE QUE SURGIERA EL MOVIMIENTO SOCIAL

El movimiento 15M toma el teatro

Los dioses están indignados. Júpiter se quiere cargar a la humanidad, que anda también indignada ocupando las calles, y les ha dado un día para liberar a

Foto: El movimiento 15M toma el teatro
El movimiento 15M toma el teatro

Los dioses están indignados. Júpiter se quiere cargar a la humanidad, que anda también indignada ocupando las calles, y les ha dado un día para liberar a la humanidad de la obsesión y otorgarle la libertad de sentir. Afrodita monta en cólera, y Marte alucina. Jeroni Guiem empezó a escribir este guión en 2005 pensando en crear una tragicomedia clásica, una obra de entretenimiento con un trasfondo que invitara a pensar en un “cambio de valores”. Lo que no sabía es que se iba a convertir en toda una profecía de lo que iba a suceder en las calles españolas años después. Para más coincidencia, la edición del libro salió a la venta el mismo 16 de mayo de 2011. La obra se ha ido convirtiendo en una metáfora tal de la realidad que el propio movimiento 15M la adoptó como suya. Incluso la han traducido al inglés. El próximo 15 de mayo, a las 11:30 horas, se estrenará en el lugar donde emergió todo: la madrileña Puerta del Sol.

Un supuesto jefe de Estado –que porta corona- aparece con los bolsillos repletos de billetes y cheques diciendo ¡Cuántos millones¡ ¡Viva, vivan las comisiones financieras! Discute con Marte, uno de los dioses romanos protagonistas, además de Júpiter, Baco, Juno y Apolo. Entre medias se cuela la griega Afrodita, quien, según Guiem, es la representación del “quiero y no puedo”. Otro paralelismo más.

Los humanos se interrelacionan  y se intercambian los papeles con los dioses en una tragicomedia que pretende llevarse a todas las plazas representativas del movimiento social. Las siguientes candidatas son la Plaza de Cataluña de Barcelona o el espacio conocido como las “Las Setas” de Sevilla. Sin excluir la posibilidad de actuar en algún teatro, Guiem reconoce que es muy complicado mover una obra donde los actores no cobran nada. Y es que esta representación se ha financiado a coste cero. El lugar de ensayo es la sede de la Escuela Popular de Prosperidad, una asociación cultural madrileña que ha ofrecido además su “tienda gratis” para suministrar parte del vestuario. El resto de la utilería lo han aportado los propios actores.

El proyecto de cambio de valores que se extrae de la obra ha tenido como respuesta un firme apoyo de la Unión de Actores y Actrices, quienes han publicado vídeos con la lectura del Monólogo de Marte, a propuesta del grupo de teatro. Nibir es el grito de guerra con el que culmina todo un manifiesto de defensa de la cultura, que “no es un lujo, sino una necesidad”, según apunta Guiem. Pero además, el texto de La guerra de las imágenes ha traspasado fronteras gracias a la traducción en inglés realizada por la comisión de traducción del 15M, y también cuenta con el apoyo de otros movimientos como el Occupy Wall Street.

La humanización del poder

En el infierno, entre afligida o afectada por alguna sustancia, se encuentra una Madre Teresa de Calcuta con una fe pervertida por completo. Ella, que había terminado su labor en vida con creces, apunta Sasa, la actriz que interpreta a la santa. Su personaje es uno de los puntos clave de lo que transmite la obra: la fe pertenece al ser humano, no a la religión. Se lo dice el propio Júpiter: Cree en el dios que quieras, cree en ninguno, pero no pierdas la fe. Una reflexión más dentro de un texto cómico que alberga una gran carga filosófica.

Además de creador y director de la obra, Guiem está especializado en teatro terapéutico. Con La guerra de las imágenes, lo que realmente pretendía es invocar la creación de una cultura emocional, lo que constituye para él “la revolución del siglo XXI”. “No solo lo defiendo yo”, apunta. La libertad de sentir o el conocimiento del mundo emocional se ha convertido en la nueva frontera por traspasar por muchos intelectuales del momento, desde Punset hasta Claudio NaranjoAntonio Damasio, neurobiólogo, premio Príncipe de Asturias, y uno de los pioneros en el estudio de las emociones desde el punto de vista de las neurociencias.

 

“Esta obra habla de acabar con el absolutismo de las creencias”, apunta el autor. Los rusos Chéjov y Stanilasvky, el resto de humanos de la representación, son dos maestros del teatro que durante toda la obra intentan transformar a un dios en un humano, dándole todas las capacidades de sentir. Para su creador, todo esto es una metáfora de las relaciones de poder, tanto en la política “porque tienen una responsabilidad mucho mayor”, como de toda las personas que vivimos en una sociedad “que no está conectada con la realidad emocional”.Las personas no tienen capacidad de autogestión emocional

Asegura que debemos aprender "a no imponer nuestras creencias", y a darle más importancia “a la colectividad y a los acuerdos”. “Estamos en un momento donde los máximos dirigentes se mueven en el mundo de la dominación y entienden que si no dominan a toda costa no son nadie. Entender eso es tener cultura emocional”, explica el director. Parece que el ser humano tiene por delante una gran tarea de conocerse a sí mismo, ya que según Guiem “las personas realmente no tienen capacidad de autogestión emocional”. Se puede vivir con la dominación y sumisión, porque es parte de la realidad, prosigue, pero también hay que saber decir que no. Un cambio que se antoja complicado de asimilar, aunque Guiem asegura que es mucho más sencillo de lo que parece: "La cultura emocional se crea con vivencias y el teatro es una forma de concebirlas". 

El próximo miércoles 15 de mayo se inaugurará el segundo aniversario del movimiento que ocupó las plazas del país con esta propuesta tragicómica por el cambio de valores. Doce actores y actrices, sin escenario y en 360º harán un primer intento por crear ese cultivo del interior que promueven los intelectuales del área. Ataviada con su traje de monja, Sasa -o Teresa de Calcuta- implora un último deseo: que haya mucha gente por la Puerta del Sol, o que al menos no se la encuentren acordonada por la policía.

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