Sara Montiel, el extraño caso de un icono sexual, feminista y gay en pleno franquismo
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EL PAPEL DE LA ACTRIZ EN EL IMAGINARIO DE LOS AÑOS CINCUENTA ESPAÑOLES

Sara Montiel, el extraño caso de un icono sexual, feminista y gay en pleno franquismo

Dicen que Sara Montiel tenía tendencia a la fabulación. En su defensa hay que señalar que su vida fue tan exagerada que hasta la verdad podría

Foto: Sara Montiel, el extraño caso de un icono sexual, feminista y gay en pleno franquismo
Sara Montiel, el extraño caso de un icono sexual, feminista y gay en pleno franquismo

Dicen que Sara Montiel tenía tendencia a la fabulación. En su defensa hay que señalar que su vida fue tan exagerada que hasta la verdad podría pasar por parodia. Nació en Campo de Criptana (más manchega imposible) en 1928. Sus padres eran campesinos, pasó hambre y debutó en el cine siendo analfabeta. No menos inverosímil resulta que Miguel Mihura le enseñara a leer y escribir y el exiliado León Felipe completara la lección en México. La analfabeta Sarita Montiel atraía a los intelectuales. Un magnetismo que perdura hasta hoy: basta con cambiar intelectuales por teorías culturales. Su rol en el imaginario de los cincuenta y sesenta españoles, su papel icónico en la pantalla franquista, ha generado un alud de teorías. La palma se la lleva la película que le convirtió en estrella y mito, El último cuplé (Juan de Orduña, 1957), repleta de “subtextos” y “connotaciones”, según Román Gubern, catedrático de Comunicación Audiovisual de la UAB. O como una cinta de medio pelo y destinada a fracasar se convirtió en un brutal éxito comercial y semiótico. Bajo su aparente banalidad, El último cuplé refleja una Sara Montiel transformada en icono sexual, feminista, gay y vintage. Mucha tela para la España de 1957. 

Todo empezó en los años cuarenta. El star system nacional era entonces muy precario. Muchas de las estrellas de los tiempos de la República estaban en el exilio. “Sólo quedaba Imperio Argentina, y Montiel era mucho más joven”, cuenta Gubern a El Confidencial. Montiel, que entonces no pasaba de actriz secundaria, se convirtió en el primer mito erótico del franquismo mediante la simple acción de enseñar el ombligo en pantalla. O casi. El momento erótico fundacional sucedió en Locura de amor (Juan de Orduña, 1948), donde la joven Sarita, ataviada de princesa mora, lució un dos piezas. “No llegaba a enseñar el ombligo porque lo tapaba la falda, pero dio igual. Estábamos en el año 1947 y aquello era el destape”, añade Gubern, autor de varios ensayos sobre la historia del cine español. 

El destape sui géneris de Sarita generó hasta leyendas urbanas. Gubern, que entonces tenía 14 años, recuerda que se decía que uno podía acostarse con ella si pagaba la astronómica cifra de 500 pesetas. En otras palabras: si una enseñaba carne de más, igual es que era un poco puta. Lo que nos sitúa frente al rol de Montiel como icono feminista. Sarita Montiel, la mujer liberada que dictaba sus propias reglas en el amor. 

José Enrique Monterde, profesor de Historia del Arte de la Universidad de Barcelona, lo explica así: “La mayor aportación de Sara Montiel al imaginario de su época -es decir, desde los años cuarenta a los sesenta- radicaría en la sugestión de un modelo femenino distinto del imperante desde una moral nacional-católica asumida oficialmente por el franquismo y buena parte de la sociedad española. Un modelo de autosuficiencia, libre albedrío, provocación sensual (no tanto sexual), carencia de temor al pecado, rechazo de la subordinación a los hombres, un cierto cosmopolitismo (por rancio que fuese...), etc. Aunque todas esas actitudes debiesen verse castigadas -al final de las películas- con un desenlace trágico o una penitencia redentora”, razona Monterde, autor de los dos capítulos dedicados a los años cincuenta y sesenta en el ensayo de referencia Historia del cine español (Cátedra, 2009).

Pero el verdadero quilombo no llegó hasta el estreno del folletín musical El último cuplé, la historia de una cupletista venida a menos que rememora sus glorias sentimentales y artísticas pasadas. “Era un melodrama para porteras que nadie quería estrenar”, recuerda Gubern. Montiel estaba todavía buscando su sitio en España tras una década de periplo mexicano y hollywodiense. Mientras, el director Juan de Orduña, estaba en decadencia tras una carrera que se remontaba a las postrimerías del cine mudo. “A finales de los cincuenta se vislumbraba ya una primera modernidad estética en el país. El último cuplé nació desfasada. Por otro lado, Juan de Orduña era gay y se notaba mucho en sus melodramas”, apunta Gubern.

El último cuplé batió récords históricos de taquilla gracias al boca a boca. Según Gubern, la película fue “el primer guiño de Montiel a su futura y nutrida parroquia gay” ¿Parroquia gay en 1957? Se trata sobre todo de una actitud estética que vincula a Montiel con el camp, el kitsch y el mundo artificial de las pasiones desbocadas. Para entender esto hay que saltar unos años atrás. Montiel se instaló en Hollywood en los cincuenta para participar como secundaria en películas como Veracruz (Robert Aldrich, 1954) y Yuma (Samuel Fuller, 1957). De allí trajo su gusto por la imitación de los modos y maneras de las divas. La Sara Montiel de El último cuplé sería la versión “cañí” del “glam” de Elizabeth Taylor. Para bien y para mal. “Sara Montiel como una travesti del Hollywood dorado que ella conoció en los cincuenta. Sara Montiel como una de esas transformistas de bares de ambiente cutres que imitan a Sara Montiel; lo mismo hizo ella, pero con otras divas, como Liz Taylor. Sara Montiel era la travesti mujer de Liz Taylor. Era una versión cañí en ese bar marica cutre que era España -dictada por un señor con bigote al que le iban los uniformes- de Liz Taylor y el glamLentejuela, muslamen, canalillo y chinchón”, asegura el novelista y crítico de televisión Bob Pop.

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La grotesca deriva final de Sara Montiel, mezcla de chismorreo rosa, espectáculo cutre de travestis y autoparodia sexual de sí misma, ya estaba en parte en su cinta icónica de 1957 “¿Qué tiene de gay El último cuplé? De gay de entonces, todo. Lo mismo que Ha nacido una estrella (George Cukor, 1954) o cualquier otra película de diva hermosa acabada, como una protagonista de una novela de Manuel PuigEl último cuplé es más travestismo: Broadway travesti. Sara Montiel es un fenómeno del transformismo, de la imitación, de lo camp. Sara Montiel como la gran travesti que acabó comprándose joyas (casi) más caras que aquellas de quienes se disfrazó”, zanja Bob Pop.

Más madera para acabar. En Crónica sentimental de España (1971) emblemático ensayo de Manuel Vázquez Montalbán sobre la cultura popular durante el franquismo, no faltaron las referencias a El último cuplé. Ahora que está tan de moda el vintage y la nostalgia es bueno recordar que Montiel fue una de sus pioneras españolas. “No es extraño que, a punto de inaugurarse la era del American Way, los adultos de entonces introdujeran por primera vez en España un asomo de la cultura de la nostalgia. La cumbre de aquel síntoma fue El último cuplé; su rostro y su voz: Sara Montiel. La comercialización del recuerdo tuvo entonces tanta importancia como ahora empieza a tener la intelectualización del recuerdo”, se lee en el libro. Según Vázquez Montalbán, “zambullirse en la nostalgia del cuplé” era un modo de escapar de “la angustia por aquella hora presente”. La nostalgia como refugio ante la realidad.

Lo contradictorio de esta huida es que El último cuplé proponía una escapada metafórica del franquismo… para caer rendido a los encantos de la dictadura de Primo de Rivera. Nuestros extraños felices años veinte. “Era la moda del cualquier tiempo pasado fue mejor. El paraíso sentimental perdido. Un fenómeno de esa época con películas como ¿Dónde vas, Alfonso XII (Luis César Amadori, 1958)”, zanja Gubern. La nostalgia, como ven, está de moda y es negocio desde tiempos inmemoriales. Y la carga el diablo.