¿Cómo elegimos a nuestra pareja?
  1. Alma, Corazón, Vida
HAY QUIEN SÓLO BUSCA SUPLIR SUS PROPIAS CARENCIAS O SER SALVADO POR EL OTRO

¿Cómo elegimos a nuestra pareja?

Cuando elijo una pareja en base a mis carencias espero que rellene mis huecos. Con estas expectativas puestas en la otra persona, inevitablemente, terminaré odiándola cuando

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¿Cómo elegimos a nuestra pareja?

Cuando elijo una pareja en base a mis carencias espero que rellene mis huecos. Con estas expectativas puestas en la otra persona, inevitablemente, terminaré odiándola cuando no me dé lo que yo esperaba. Y después de esa pareja, tendré otra y luego otra… y así terminaré quejándome de mi mala suerte. No pensaré que ni yo, ni las elecciones de mis parejas tengan algo que ver con lo que me sucede.

Algunas de las carencias, de las que se puede ser más o menos consciente a la hora de elegir una pareja, es la soledad. El simple hecho de querer tener a alguien a mi lado. Y a lo mejor eso es lo que pondré por encima de todo, del tipo de persona con la que me gustaría estar, de qué aspectos me atraen y de qué aspectos me repelen de alguien.

Además de suplir las carencias propias, otra de las cosas que pueden primar a la hora de constituir una pareja es la mera atracción física, la pasión o la primera fase del enamoramiento. Ése es un factor que con el tiempo, las responsabilidades, la llegada de los hijos, etc. suele ir estabilizándose en la pareja hasta alcanzar otro lugar donde sostener y seguir alimentando la relación. Por ejemplo: el apoyo mutuo, un proyecto común, la confianza, la intimidad, el compromiso, etc.  Y si durante ese tiempo en que la pasión alimentaba la relación de pareja no se consigue avanzar a otros aspectos más profundos, las propias cargas de la vida terminarán por romper la relación.

Aunque otra opción es que esa misma relación no se rompa definitivamente y se convierta en una montaña rusa en la que las reconciliaciones sean a través de las relaciones sexuales -y las rupturas- porque se sigue sin avanzar hacia un mayor compromiso, supongan un gran malestar y un gran desgaste emocional. Una relación, en definitiva, insana y que generará un importante sufrimiento.

Sálvate de tí mismo

No esperar que nadie me solucione la vida es un buen comienzo para romper esa cadena, así como proponerse encontrar en uno mismo lo que uno piensa que le tiene que dar el otro. La pareja no nos salva de nada y no nos rescata de nada tampoco. La idea es poder encontrar a alguien con quien compartir un proyecto de vida y que exista un deseo mutuo del uno por el otro. Que la pareja nos permita seguir creciendo, aprendiendo, disfrutando, y que con ella podamos compartir una  intimidad emocional y física.

Otra creencia que puede hacer que se elija a una persona en particular es que pensemos que el otro nos necesita para salvarle. Ahora en la pareja uno será el salvador y el otro el que tiene que ser salvado. Uno no tiene que salvar a nadie de nada, ni resolver los conflictos de nadie. Al contrario, nos hará sentir más felices encontrar a alguien que nos sume y no que nos reste. Alguien que despierte nuestros aspectos positivos más dormidos y nos haga avanzar. Alguien con quien sintamos cómo nos desarrollamos y aprendemos, que nos genere bienestar y en quien nos podamos apoyar ante las dificultades, confiando nuestros sentimientos más íntimos a la persona que queremos. Alguien a quien admiremos en distintos aspectos, aunque existan otros que nos irriten, porque la perfección no existe y lo ideal tampoco.

La pareja no es la salvación, es un encuentro

Otra creencia que puede guiarnos a la hora de elegir pareja es la de pensar que el otro cambiará. Insistimos, nos peleamos, todo para que la otra persona sea distinta o cambie algo que nos irrita o nos genera dolor. Y ahí estamos eternamente, en esa pelea con la pareja. O en esa espera interminable para que se dé cuenta de que tiene que cambiar esos aspectos para que nosotros seamos felices.

En general es muy difícil cambiar, es costoso. Quien no lo crea, que piense en sí mismo. Por ejemplo, seguimos insistiendo y haciendo las mismas cosas para que el otro se dé cuenta, modifique su actitud, pensando siempre que nosotros tenemos razón y que el otro se equivoca. Ahí nos podemos fijar en lo difícil que es hacer otras cosas diferentes a las que nos salen de forma natural. Y además tenemos siempre la excusa perfecta para seguir en lo mismo: “él o ella no me hace caso, es que lo que hace me enfada, me dice esas cosas…”, y todas las frases que se nos ocurran del comportamiento de la otra persona que parece que irremediablemente nos perpetúa en nuestra posición.

Si lo pensamos así, podemos ser más conscientes de lo dificultoso que es hacer cambios porque nos damos cuenta de que la otra persona también tiene sus excusas para seguir con ese comportamiento que tanto nos molesta. Lo que pasa es que siempre nos parecen menos justificables que las propias. En algunos casos, puede ser realmente cierto y nosotros tenemos razones para querer cambios en la pareja, pero después de haberlo intentado por un lado y por el otro, continuamos peleando para que se dé cuenta. ¿A qué espero? A que la pareja cambie. ¿Por cuánto tiempo? ¿Habré hecho lo suficiente para conseguirlo? Siempre encontraremos alguna justificación que nos mantenga en ese bucle sin hacer cambios.

Es difícil, y todo tiene su ritmo, tanto para uno mismo, como para su pareja. Conviene aplicarse la máxima de Ghandi “debemos ser el cambio que deseamos ver en el mundo” y pensar que uno puede estar equivocado. Aunque buscar otros pensamientos que no sean el responsabilizar a otros de nuestras circunstancias y hacerles cargo de nuestra felicidad sea difícil, es muy recomendable intentarlo. Porque esta idea es la que nos ofrece el control de nuestra vida y la fórmula para que, dentro de las posibilidades reales que tenemos cada uno, nuestra vida se parezca lo máximo posible a lo que nos hace más felices.

Si la cosa es grave, si la pareja lleva tiempo atascada, también puede ser muy positivo solicitar ayuda profesional. Así ambos podrán encontrar un lugar dónde poder entenderse y ver la posibilidad de resolver los conflictos, tomar decisiones de forma consensuada y ser respetados por la otra parte. No se puede cambiar a la gente, sólo se les puede mostrar un camino y luego intentar que tengan ganas de seguirlo, intentando ajustar más las expectativas y los resultados, es decir, lo que desean y lo que hay.

Mónica Calzada Pereira* es psicologa-psicoterapeuta, www.psicologasmadrid.com