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Convirtiendo la culpa tóxica en culpa saludable
  1. Alma, Corazón, Vida
UNA EMOCIÓN PODEROSA QUE UTILIZA EL FRACASO Y LA ENFERMEDAD COMO CASTIGO

Convirtiendo la culpa tóxica en culpa saludable

Como ocurre con la mayoría de las emociones, no debemos analizar la culpa sólo desde una perspectiva unidireccional. Además de sus aspectos negativos, que los tiene y

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Convirtiendo la culpa tóxica en culpa saludable

Como ocurre con la mayoría de las emociones, no debemos analizar la culpa sólo desde una perspectiva unidireccional. Además de sus aspectos negativos, que los tiene y muy poderosos, es también una notable  herramienta para la mejora personal. La culpa es inherente a toda forma de civilización, pues es una reguladora de los comportamientos humanos, y es la que nos recuerda que tenemos conciencia y que somos capaces de empatizar con el prójimo. Sin embargo, posee también una vertiente más dañina y perjudicial, más informe y abstracta, que prolifera en las actitudes humanas del siglo XXI. Es la que se ha considerado como culpa tóxica.

El filósofo francés Albert Camus diagnosticó esta situación hace más de sesenta años cuando decía que “vivimos un tiempo en el que los hombres, conducidos por ideologías mediocres y feroces, se sienten avergonzados de todo. De ser felices, de amar y crear, de nosotros mismos… Así que hemos de sentirnos culpables. Nos hemos arrastrado a la confesión laica, la peor de todas”. Se trata de un sentimiento habitual, que muchas veces aflora al finalizar el día, tras concluir la jornada laboral. Es en ese momento cuando se activa un sentimiento agazapado que aflora al revisar nuestro comportamiento. ¿He sido demasiado duro con mis compañeros? ¿No he prestado la atención que debía a las demandas de mi familia? O, incluso, ¿no debería haber comido aquel postre tan sabroso pero tan calórico?

Juan Carlos Albaladejo, psicólogo clínico y analista jungiano, señala que "existe una culpa persecutoria que se produce cuando ni siquiera se aborda la situación con la persona a la que se ha dañado. Es muy sencillo convertirse en un juez sadomasoquista con los demás y con uno mismo, muchas veces gratuitamente. Estas culpas persecutorias dificultan, impiden, alteran y deforman la vida íntima y laboral". La psicoanalista Helena Trujillo coincide en que "la culpa mala es aquella que se cierne sobre nosotros como una guadaña: no la controlamos y busca castigo constantemente". Para Trujillo, "el sentimiento de culpabilidad que nos afecta a todos es un sentimiento inconsciente. El hombre normal no es tan sólo mucho más inmoral de lo que cree, sino también mucho más moral de lo que supone".

Reparar el daño

El problema de esta clase de sentimientos es que condiciona nuestra vida diaria, puede herir nuestras relaciones personales y llevarnos a cometer decisiones erróneas. Una persona culpable es fácilmente manejable. Y también alguien que puede llegar a herirse, tanto física como mentalmente, pues como dice Trujillo, "utilizamos el fracaso o la enfermedad como medio de autocastigo para aliviar ese sentimiento inconsciente por desear algo prohibido". Albaladejo incluso cita la célebre película de Brad Anderson El maquinista, protagonizada por Christian Bale, para ilustrar hasta qué niveles puede llevar este tipo de vivencia patológica, que se encontraba ya presente en obras claves de la literatura universal como Crimen y castigo de Fiódor Dostoievsky.

Debemos, por lo tanto, llevar a cabo un proceso de conocimiento y acción que nos ayude a alejarnos de ese lastre. El primer y más importante paso es abordar ese sentimiento con la persona a la que pensamos que hemos dañado, y aceptar las consecuencias. Y más tarde, reparar en la medida de lo posible el daño causado, pues la culpa se convierte en tóxica cuando no se aborda. La autoflagelación en ningún caso resulta útil. No podemos exigirnos ser mejores de lo que nuestra naturaleza nos permite; ser conscientes de este aspecto hará que mejoremos muchas facetas de nuestra vida sin sufrir inhibiciones. Resulta vital, pues, aprender a distinguir entre ese sentimiento que nos arrastra a un pozo oscuro de aquel otro que nos ayuda a tomar conciencia de nuestras actitudes, entre un instrumento que nos ayudará en nuestra formación como seres humanos de otro que limita profundamente nuestras posibilidades.

La culpa ha sido considerada en ciertas ocasiones como un sentimiento que debía extirparse al no considerarse productivo. Se ha dicho que es egoísta, puesto que se pliega sobre sí misma al hacer sentirse mal al culpable, y al mismo tiempo, utiliza el sufrimiento propio como signo de expiación de los posibles pecados. Es el caso de algunos delincuentes, que buscan mediante la entrega voluntaria un castigo que ponga fin a esa culpa. Según esta visión, sentirnos mal es nuestra penitencia por haber sido malos, y la importancia de enmendar nuestros errores o mejorar nuestra actuación es relativa, pues se entiende que sólo el castigo podrá acabar con nuestra desazón. Pero, en realidad, está situación debería darnos la oportunidad de reconocer nuestros errores, ya que no hay mejor eliminador de culpa que el reconocimiento, la reparación y el análisis de la propia conducta.

Nos hace recapacitar

Existe, así, una culpa saludable que se relaciona estrechamente con aquella que sentíamos cuando éramos críos , cuando los mayores nos ayudaban a distinguir el bien del mal. La culpa es un factor importante en la socialización de los niños, especialmente en aquellos que carecen de autocontrol, pues es aquella desagradable emoción que provoca que el pequeño recapacite antes de volver a actuar incorrectamente. En un reciente estudio realizado por Grazyna Kochanska y publicado en el Journal of Personality and Social Psychology, la investigadora concluía que el posterior sentimiento de culpa provocaba la mejora en el comportamiento del infante ante la perspectiva de volver a sufrir una vez más ese remordimiento. Llevando esta consideración a su extremo, la ausencia de cualquier sentimiento de culpa es uno de los factores que convierten a los psicópatas en lo que son.

Así pues, no deberíamos tener miedo a sentirnos culpables. Si lo hacemos porque hemos actuado mal, utilicémoslo como herramienta para conocernos y para mejorar. Y si la culpa comienza a transformarse en una indefinida y espesa niebla que nos rodea, que emana de nuestros miedos, de la rigidez de nuestros juicios y de nuestro afán de perfeccionismo, sentémonos, pensemos si ha sido merecida o no, tratemos el tema con nuestros posibles ofendidos y deshagámonos de esa pesada carga que nos hemos impuesto.

Como ocurre con la mayoría de las emociones, no debemos analizar la culpa sólo desde una perspectiva unidireccional. Además de sus aspectos negativos, que los tiene y muy poderosos, es también una notable  herramienta para la mejora personal. La culpa es inherente a toda forma de civilización, pues es una reguladora de los comportamientos humanos, y es la que nos recuerda que tenemos conciencia y que somos capaces de empatizar con el prójimo. Sin embargo, posee también una vertiente más dañina y perjudicial, más informe y abstracta, que prolifera en las actitudes humanas del siglo XXI. Es la que se ha considerado como culpa tóxica.