LA SUBASTA GLOBAL Y EL DECRECIENTE VALOR DE LAS TITULACIONES DE PRESTIGIO

La guerra secreta por el trabajo de nuestros hijos

En el sur de China, una isla ha sido convertida en un megacentro de alta educación que alberga 10 universidades en las que estudian 120.000 alumnos. Fue

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La guerra secreta por el trabajo de nuestros hijos
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    En el sur de China, una isla ha sido convertida en un megacentro de alta educación que alberga 10 universidades en las que estudian 120.000 alumnos. Fue construida en un año y medio y cuenta con una línea directa de metro con la ciudad de Cantón (Guangzhou). Ha sido dotada con  la más avanzada tecnología de la información, con laboratorios de última generación, con espléndidas bibliotecas y con un estadio olímpico para practicar deporte. Además, da cabida a 50 centros de investigación dedicados a áreas punteras del management, las tecnologías de la información, la medicina o ingeniería. Y no es más que uno de los ejemplos, señala Phillip Brown, profesor de Ciencias sociales en la Universidad de Cardiff, y autor, junto con Hugh Lauder y David Ashton, de The Global Auction (Oxford), que nos señalan de manera palpable cómo los países emergentes están invirtiendo gran parte de su superávit en formar profesionales muy cualificados.

    Hasta ahora, explica Brown, el trabajo parecía ser una cuestión de calidad o coste. Existían unas instituciones educativas en Occidente que eran las encargadas de proveer de materia gris a las empresas globales, y unos países con una laxa legislación laboral en Asia o Iberoamérica que encontraban su hueco en el mercado gracias a mano de  obra masiva y barata. Sin embargo, esa situación está cambiando radicalmente, ya que, como asegura Brown, estamos ahora ante un problema de calidad y coste que está generando consecuencias notables para los profesionales europeos y estadounidenses. “Estamos asistiendo a un incremento muy rápido de la capacidad de los titulados asiáticos para ocupar puestos de gran responsabilidad empresarial. En Occidente creíamos que la competencia de Asia iba a durar poco, ya que su crecimiento estaba ligado a los trabajadores baratos, mientras que nosotros íbamos a ganar la partida gracias a nuestras mejores oportunidades educativas”. Pero eso no es cierto hoy, asegura Brown, para quien Occidente está perdiendo esta guerra secreta por el trabajo de nuestros hijos. “El primer mundo ya no cuenta con ventajas competitivas. Hoy no es nada probable que un europeo o un estadounidense con una titulación de prestigio vaya a contar con un puesto de trabajo bien retribuido y socialmente reconocido. Las cosas ya no funcionan así”.

    Brown señala en The Global Auction (La subasta global) que estamos asistiendo a una nueva era taylorista. Ya no se trata de que, como a inicios del siglo XX, una pequeña parte de estructura empresarial fuese la encargada de pensar (los managers) y que el resto de trabajadores se limitase a formar parte de la cadena de montaje, ni tampoco de que, como en tiempos recientes, el primer mundo planifique y el resto fabrique, sino de que lo que distingue a nuestra época, eso que Brown llama taylorismo digital, es que gran parte de la mano de obra que había sido contratada por su talento está siendo igualmente estandarizada y, por tanto, va a percibir salarios mucho menores.

    Empresas españolas sin españoles

    “Ingenieros, abogados y arquitectos occidentales están peleando tanto contra los profesionales de países emergentes cuyos sueldos son mucho más bajos como contra formas de organización de la empresa que están priorizando la utilización de software. Si antes pensábamos que para realizar operaciones complejas que exigían capacidad de decisión debíamos contar con profesionales preparados provenientes de las mejores universidades europeas y estadounidenses, ahora no es así ni de lejos. Esa ecuación que equiparaba educación de calidad, buena ocupación y elevados ingresos ya no funciona”.

    Ello supondrá también una reestructuración del mercado de trabajo adecuada al nuevo contexto global. Una empresa española no tendrá por qué contar con empleados nacionales y su estructura se adecuará a un modelo de funcionamiento de 24 horas al día que se llevará a cabo en red. “Las grandes compañías de cualquier país tendrán centros en todo el mundo y ubicarán, por ejemplo, uno en Madrid, otro en California y otro en Bangalore que estarán funcionando todo el día y en los que emplearán a gente de todo tipo de países”. Para Brown, las grandes empresas quizá se planteen en un futuro irse a países más baratos, como China, pero de momento no lo tienen en mente. Prefieren funcionar con este modelo de red global”.

    Y eso es posible gracias al cambio operado en el mismo concepto de talento. Antes, señala Brown, la cúspide de la pirámide burocrática debía estar ocupada por aquellas personas que poseían muy buenas credenciales educativas. Grandes notas en una universidad de prestigio suponían el pasaporte a los estratos superiores de las empresas más poderosas. “Hoy, sin embargo, las firmas demandan lo que llaman top performers, personas que hayan demostrado palpablemente su valía en la práctica cotidiana. No quieren buenas notas, quieren personas que hayan demostrado lo que valen.” Además, el ámbito de elección se ha ampliado mucho, porque en el entorno global una compañía no se fija sólo en las más importantes universidades de su país o en las personas más relevantes del sector nacional en el que opera, sino que “pueden seguir a candidatos de cualquier parte del mundo”.

    Títulos que no llevan a ningún sitio

    En estas circunstancias, es fácil caer, asegura Brown, en la trampa de la oportunidad, ya que muchas personas en Europa y EEUU gastan cada vez más tiempo, dinero y esfuerzo en conseguir una titulación que probablemente no les lleve a ningún sitio. Según Brown, “una buena credencial académica garantiza que se podrá entrar en la subasta, pero nada más. No va a procurar reconocimiento social ni un buen sueldo y seguramente tampoco conduzca hacia un tipo de trabajo satisfactorio. La educación universitaria está cada vez más alejada de lo que se pretende conseguir con ella, además de que sus costes son crecientes, lo que provoca que mucha gente esté endeudándose (especialmente en los países anglosajones) para poder conseguir un título”.

    En esas circunstancias, encontrar una solución es complicado, ya que la formación universitaria no garantiza nada y su ausencia aún menos. Brown sólo recomienda ir a la universidad “si se está convencido de que allí se va a encontrar algo en lo que uno esté interesado o si, para optar al tipo de trabajo que se pretende, resulta imprescindible tener un título, en cuyo caso tendrá que realizar una inversión defensiva sólo para poder participar en la subasta global”.

    En todo caso, avisa Brown, hemos de ser conscientes de que estamos pasando momentos críticos para nuestras sociedades (“y no sólo por la crisis”) que nos van a obligar a redefinir por completo el mercado de trabajo. “Tenemos que pensar en quién queremos que haga qué y qué obtiene a cambio. Debemos regresar a las preguntas que se hacían los economistas tiempo atrás, y dar nuevas contestaciones a interrogantes como qué se entiende por contribución a la sociedad, qué es el éxito o cómo definimos la dignidad. Sea cual sea la respuesta a estas preguntas, no cabe duda de que vamos a tener que compartir mucho más”.

    Alma, Corazón, Vida
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